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Modelo de Interacciones Primordiales: recuperar nuestra Identidad Universal.

“No hay dicha más grande en la vida que este reencuentro con nuestra naturaleza, libres de lo mecánico y artificial de nuestra personalidad. Cuando esto ocurre, nuestros vínculos florecen en autenticidad y profunda entrega”. Así lo afirma Daniel Taroppio, creador del Modelo de Interacciones Primordiales y de la Danza Primal®.

Este Modelo de Interacciones Primordiales, cuyos métodos de aplicación son el coaching primordial y la psicoterapia primordial, es un modelo de desarrollo humano que concibe la crisis de nuestra civilización como resultado de la pérdida de las raíces universales y que procura devolver al ser humano su sentido de pertenencia al universo.

Para abarcar todos los ámbitos de la experiencia humana combina tres tipos de prácticas: la Danza Primal®: para la dimensión corporal-emocional-energética; la Comunicación Primordial: para la dimensión lingüístico-cognitiva y la Meditación Orgánica como práctica contemplativa.

Necesitamos recuperar la identidad universal, nuestros orígenes, nuestra naturaleza, nuestra identidad cósmica: es decir el vínculo primordial*.

Ahora bien, ¿qué es el vínculo primordial? ¿Cuándo se rompe? ¿Por qué es importante recuperarlo? El Vínculo Primordial es la conexión con la totalidad del universo, es el sentirnos que como seres humanos somos una configuración más del flujo primal que es y contiene el universo.

Y a su vez existe lo que se llama una herida básica que es producida por la ruptura de nuestra conexión con la totalidad, la que se encarna físicamente en el nacimiento y la pérdida del vínculo materno original, que es en realidad una metáfora de una pérdida mucho mayor y más profunda. Esta pérdida no resuelta genera el desarrollo de dos estados básicos de la mente: el estado de pérdida y el estado compensatorio.

El estado de pérdida consiste en la profunda experiencia de vacío, temor, soledad, incertidumbre y sinsentido que aparece cuando el contacto vital con el universo se pierde. Este estado de alienación, de desarraigo, es tan profundo y doloroso que la mayor parte de nuestras vidas consiste en un esfuerzo sistemático para evitarlo a toda costa. Es el núcleo central de todas las formas de patología. Cuando se manifiesta atravesando las defensas que hemos construido para ocultarlo (lo que suele ocurrir en períodos de crisis o grandes pérdidas) la vida se torna extremadamente penosa, oscura y carente de todo significado.

El estado compensatorio (reactivo o defensivo), está conformado por todas las estructuras de la personalidad que procuran evitar el contacto con la pérdida esencial. El estado reactivo es la obra del ego disfuncional y se caracteriza por un comportamiento rígido, defensivo, limitante y profundamente empobrecedor; algo que podría definirse como “dime de que presumes y te diré de lo que careces”. Es el intento permanente y agotador de ocultar los sentimientos básicos de desolación mediante compensaciones que procuran hacernos aparecer (ante nosotros y ante los demás) como lo opuesto de lo que en realidad tememos ser.

En la mayoría de los casos nos relacionamos con el mundo y con nosotros mismos desde estos estados, es decir desde la carencia, esperando que el otro nos complete, siendo dependientes y demandantes; o desde la compensación, ocultando ante el otro nuestra necesidad apremiante y mostrándonos desinteresados y distantes. Obviamente, en cualquiera de los casos, el amor no puede florecer.

El Modelo de Interacciones Primordiales procura reintegrarnos como seres humanos con el flujo primordial del cosmos, lo que implica recuperar el libre fluir de la energía única y universal dentro de nosotros y en nuestros vínculos.

Este proceso de regreso a nuestra naturaleza original, a la espontaneidad y la frescura, implica la dificultosa tarea de observar y sanar todas las manifestaciones de nuestro estado reactivo (manipulaciones), para llegar a la mucho más difícil tarea de contemplar, abrazar y sanar nuestro estado de pérdida. Sólo así podemos sanar nuestra herida básica y renacer en el indescriptible gozo de nuestra identidad original.

El Flujo Primordial recorre nuestro sistema psicofísico, estimulándonos bajo el aspecto de impulsos, emociones y sentimientos que pulsan por expresarse en las capacidades básicas de la persona plenamente viva.

Daniel Taroppio nos señala además: “el trabajo vivencial de la psicología transpersonal nos lleva a estados de consciencia en los que realmente somos uno con la totalidad de la vida. Una persona que accede a estos estados no necesita cursos de ética y/o moral. Una persona así, sana su división esencial, encarna el bien y lo expresa espontáneamente en su vida”.

En tal sentido, los diferentes programas de formación internacional que propone la Escuela de Psicología Transpersonal-Integral (EPTI) brindan una sólida y completa instrucción académica que comprende una profunda experiencia teórica, vivencial y práctica para formar agentes de crecimiento y cambio personal, institucional y social en los diferentes ámbitos del ser humano.

(*) Taroppio, Daniel. 2007. “El Vinculo Primordial. Un camino hacia el corazón de la Evolución Cósmica, el Desarrollo Personal y las Relaciones Humanas”. Ediciones Continente.

Psicología Transpersonal Integral: recuperar nuestra versión original.

Decía Carl Gustav Jung: “El problema de la mayoría de los seres humanos es que nacen siendo originales y mueren siendo duplicados”.

Doloroso, pero ¿real?. Pensemos un poco acerca de esta reflexión que habla ni más ni menos sobre cómo evolucionamos las personas. Todos, en nuestros primeros años de vida, somos potencialmente capaces de crear sin límites, de equivocarnos y de soñar sin restricciones, sin juicio y sin miedo al qué dirán. Pero con el tiempo, “entramos en el sistema” y vamos incorporando mandatos, educación y permisos que nos colocan dentro del paradigma de lo socialmente correcto; de lo que deberíamos ser y hacer y de lo se espera de nosotros.

Es durante ese proceso que terminamos siendo “duplicados”. Todos nos parecemos un poco, pensamos más o menos parecido y actuamos dentro de los límites de lo aceptable. Como si fuera poco, vivimos en sociedades y en culturas que nos hacen creer, a través de estímulos constantes, que un coche nuevo, una casa más grande o un trabajo mejor nos hará más felices.

Así es que vivimos escondiéndonos detrás de máscaras, acumulando objetos, coleccionando logros “llenos de nada” y sin darnos cuenta que ese camino de fuera hacia adentro es la felicidad efímera, la que únicamente acaricia al ego.

La felicidad no es lo que tenemos, ni lo que hacemos y muchísimo menos lo que aparentamos. La felicidad es un estado del Ser y es el único camino posible para llegar a ella es de adentro hacia fuera.

Ahora bien, ¿cómo hacemos para ir más allá de las historias personales, más allá de todo y de todos y comenzar a “Ser” en el sentido más estricto de la palabra? ¿Podemos trascender toda esta programación? ¿Podemos trascendernos a nosotros mismos?

Es posible y es el camino que propone la psicoterapia transpersonal (PT).

Jung, cuyas palabras citábamos al inicio, es considerado el padre de la Psicología Transpersonal y ha vertido una serie de conceptos e ideas que renovaron y vertieron luz sobre la psicología y sobre muchas otras ciencias. De alguna manera, surge como una alternativa para integrar los conocimientos de las psicologías tradicionales de occidente con la sabiduría de los grandes maestros de oriente, dándole especial importancia a las modificaciones de los estados de conciencia más allá de los límites mentales, corporales y emocionales. 

Ciertamente, se llama transpersonal porque es el estudio psicológico de las experiencias transpersonales -a través de la persona-, es decir, aquella en las que el Self -uno mismo-, se extiende más allá del individuo y llega a abarcar aspectos de la humanidad, la vida, el psiquismo y el cosmos que habitualmente son experimentados como ajenos.

La Danza Primal como técnica primordial de la PT y como medio para trascender, para Ser.

“Tenemos que salirnos de nosotros, de nuestro ruido y de nuestra agitación interior para encontrarnos; para ello, no hay mejor manera de aquietar la mente que poner el cuerpo en movimiento”. Así reflexiona Daniel Taroppio, director de la Escuela de Psicología Transpersonal-Integral (EPTI) y creador de la Danza Primal.

La Danza Primal es una metodología de trabajo corporal-energético-emocional basada en la recuperación de movimientos primales que movilizan el cuerpo con posturas, movimientos, respiraciones, gestos, sonidos, imágenes y ejercicios. Cada uno de los movimientos activan y armonizan -individual y conjuntamente-, los siete chakras del Yoga. Los chakras, por cierto, son centros desde los cuales fluye la energía vital del organismo.

Qué es y qué no es esta práctica:

La Danza Primal no es un baile. En ella no hay coreografía a seguir o pasos de baile previamente estandarizados. Su práctica sólo es una invitación a redescubrir, armonizar, integrar y liberar nuestras energías. Es un regreso a los movimientos simples, a los gestos originales, a los sonidos primigenios y al redescubrimiento de nuestro propio cuerpo como energía vibrante”.

La Danza Primal es una forma de meditación porque nos permite experimentar la no dualidad, por ejemplo, con la música. Es decir, en un momento de la práctica dejamos de sentir la música como algo ajeno a nosotros y vivenciamos que somos parte de lo mismo. Somos energía manifiesta perfecta y armoniosamente equilibrada. Desde esa expansión de la conciencia es posible adoptar verdaderas perspectivas “limpias” -sin condicionamientos ni estereotipos- sobre los problemas y sobre la vida en general.

También puede ser definida como una práctica para acceder en forma sistemática, natural y sin riesgos a estados de expansión de la conciencia. Este sistema destinado a despertar y armonizar las energías sanadoras y creativas desde un nivel molecular hasta la total trascendencia, no trata de aprender sino de recordar y reconocer lo que pertenece a la naturaleza primaria, a lo original.

La Danza Primal posibilita el despliegue de todas las cualidades naturales que tenemos, pero que en tantos casos hemos olvidado. Los diferentes programas de formación internacional que propone la Escuela de Psicología Transpersonal-Integral (EPTI) brindan una sólida y completa instrucción académica que comprende una profunda experiencia teórica, vivencial y práctica para formar agentes de crecimiento y cambio personal, institucional y social en los diferentes ámbitos del ser humano.

Tipos de inteligencia y talento. (Descubre tus talentos).

¿Se nace con talento o se hace? Si estamos convencidos de que se trata de algo innato, nos hemos predeterminado y ya no podemos hacer nada. Es inútil intentar cultivarlo y potenciarlo. De una u otra forma, nos hemos dictado sentencia y condena para permanecer en la jaula de nuestros pensamientos limitados.

Los últimos avances en diversos campos científicos indican que, independientemente del talento, inteligencia y recursos que tengamos al nacer, podemos hacer muchas cosas para disfrutar de nuestra existencia, y contribuir a que los demás también la gocen. Sea cual sea ese punto de partida del viaje de nuestra vida, es posible disfrutar de su recorrido, asombrarnos de nuestros descubrimientos y crecer como personas. 

Howard Gardner encontró en 1983, ocho inteligencias entre las personas:

  1. Lingüístico-Verbal
  2. Lógica-Matemática
  3. Visual-Espacial
  4. Musical
  5. Corporal-Cinestésica
  6. Intrapersonal
  7. Interpersonal
  8. Naturalista

Sin dudarlo, me permito añadir dos tipos de inteligencia más:

  1. Sistémica
  2. Espiritual
Estas capacidades de entender, relacionarnos y adaptarnos al mundo que nos rodea, son distintas y en parte dependientes. La inteligencia de cada persona es una combinación de ellas en determinados subconjuntos y en proporciones muy distintas.

Estas diferencias desafían al sistema educativo basado en la idea que todos pueden aprender las mismas materias del mismo modo y que basta con una medida uniforme y universal para poner a prueba el aprendizaje de los alumnos. Las actividades de la escuela deberían dejar de girar en torno a las dos primeras inteligencias, como ocurre hoy. Si no aprenden igual, tampoco se les puede enseñar de la misma manera.

Cada individuo es una combinación particular de inteligencias.

Y no sólo se diferencian en la intensidad, sino también en el cómo recurren a ellas y las combinan para llevar a cabo diferentes labores, solucionar problemas y progresar en distintos ámbitos.

De sobra sabemos que para desenvolverse en la vida, no basta con tener un gran currículum académico. De hecho, en cada campo se utiliza un tipo de inteligencia distinto. Albert Einstein no es más ni menos inteligente que Miguel de Cervantes, Gaudí, Mozart, Michael Jordan, Nelson Mandela o Steve Jobs. Sus inteligencias son diferentes. Todos tenemos inteligencia, aunque no tengamos inteligencia para todo.

Creamos lo que creemos.

Toda inteligencia tiene una parte innata y una parte que se puede desarrollar. Ahora bien, para que nuestra inteligencia y nuestro talento puedan desarrollarse, florecer y expresarse, necesitan de la pasión, del placer y de la energía. Todo ello nos impulsa al esfuerzo sin esfuerzo, o al esfuerzo que nos permite alcanzar un gran resultado, a encontrar el apoyo de las personas adecuadas y a conseguir los recursos que necesitamos.

Ver tocar el piano a Arthur Rubinstein o cabalgar una ola al surfista Kelly Slater ayuda a comprender ese estado en el que todo fluye en atención y satisfacción plena.

Sin embargo, esas condiciones previas no se cumplen en muchos casos. Cuando nos falta pasión y energía, todo se nos hace pesado en vez de ligero y entonces, aunque hagamos grandes esfuerzos, conseguimos pocos resultados. Es un síntoma que nos dice que hay algo que debemos arreglar en nosotros ¿Cómo buscarlo y encontrarlo?

Las constelaciones sistémicas para descubrir y arreglarnos.

En un taller de constelaciones sistémicas, una joven:

Comentó: “Disfruto bailando y tocando el violín. Tengo dificultades para trabajar y vivir de ello. Ahora me estoy formando como terapeuta”.

Más adelante afirmó: «Mi padre y mi madre son artistas. Él no ha dejado ejercer de artista a mi madre porque es difícil ganarse la vida como tal. Mi padre ha trabajado como artista y no ha ganado dinero”.

 Y luego mencionó: «Mi padre está delicado de salud y, cuando yo era pequeña, me dijo: Cuando yo sea mayor, tú cuidarás de mí”.

Le sugerí entonces, que se colocara frente al representante de su padre y que le dijera: «Querido papá, yo cuidaré de ti, pero como tu hija, no como terapeuta. Dame tu fuerza y tu permiso para seguir mi camino, aunque dicho camino no sea el que tu quieres para mí”.

Al cabo de unos meses recibí un correo suyo. Se había convertido en la primera bailarina de un espectáculo en uno de los teatros de la ciudad.

Con frecuencia estamos inconscientemente enganchados a lealtades, mandatos y patrones ciegos, a creencias limitantes, a herencias tóxicas. No las vemos, pero nos condicionan. La señal de alarma salta cuando sentimos que algo hay.

Sólo a nosotros nos corresponde decidir y actuar. Descubrirlas y exponerlas a la luz es la mejor manera de soltarlas. Liberamos así nuestra energía allí bloqueada. La ponemos al servicio de nuestro talento. Ahora ya podemos fluir.

Libera tu talento y fluye con la vida.

Cada uno tiene su propio talento e inteligencia. No obstante, tanto antes como después de nacer, pueden suceder hechos que impidan o dificulten que ese talento pueda desarrollarse, florecer y expresarse. Pero hoy, podemos remover ese impedimento o dificultad. Sólo necesitamos aprender el significado de su mensaje.

Al efecto, la Inteligencia Sistémica nos ayuda a:

  • Detectar estos mensajes implícitos en los síntomas de que algo limita la libre expresión de nuestro talento.
  • Superar esas barreras sutiles y no siempre visibles.
  • Fluir y disfrutar.
  • Conseguir los mejores resultados con el menor esfuerzo.

Ciertamente, es una de las herramientas más potentes y eficaces que hay para lograr el bienestar, el equilibrio y fuerza interior de las personas y de los sistemas familiares, laborales y organizacionales a los que pertenecen.

Viajar con Inteligencia Sistémica es entrenarse en actitudes positivas hacia la exploración, el autoconocimiento y el fortalecimiento interior de uno mismo.

Aprender lo esencial para una vida mejor.

¿Qué es lo esencial para mí? ¿Poder comer? ¿Tener un techo? ¿Un trabajo? ¿Ser rico? ¿Poderoso? ¿Famoso? ¿Ser libre? ¿Recibir el reconocimiento de los demás? ¿Mantener unas buenas relaciones con las personas? ¿Alcanzar la reconciliación con mis seres queridos? ¿En mi familia? ¿En mi país? ¿Ayudar a otros? ¿Estar conectado con Dios?

La respuesta adecuada para mí, lo es para mí, pero difícilmente lo es para los demás. Cada uno de nosotros es un ser único, con sus herencias genéticas, emocionales, económicas, históricas y culturales únicas, con sus experiencias de vida únicas, con sus creencias, pensamientos y emociones únicas.

¿Qué faro o criterio utilizo para orientarme y llegar al puerto de lo esencial para mí? ¿En qué dirección me desplazo?

De hecho, no tengo una carta de navegación con un puerto final de llegada. La travesía raramente sigue una línea recta. Los vientos cambian constantemente de dirección y de intensidad. Con frecuencia, dejo estelas en zigzag al navegar. A medida que voy avanzando, suceden hechos y los vivencio, y en base a ello, me paro, sigo o corrijo.

“Caminante no hay camino. Se hace camino al andar”.

¿Cómo sé que voy en la buena dirección? El criterio que yo utilizo para orientarme es sentirme mejor. Cuando avanzo por una cierta ruta ¿Me siento mejor o peor? ¿Sigo o cambio de rumbo? ¿Qué he de aprender en base a ello?

De tanto en cuanto aparece una tempestad. A veces conviene refugiarse en algún lugar seguro. Otras veces, necesito reparar una avería, limpiar el casco o hacer acopio de víveres y de otros recursos antes de iniciar la siguiente etapa. Voy haciendo escala en distintos puertos. En ocasiones, tengo la ilusión de llegar al puerto soñado. Y cuando llego a él y lo descubro, me doy cuenta que aún no es el puerto que busco.

¿Cómo sé que he llegado al buen puerto? Lo sé cuando me siento bien conmigo mismo. Cuando hay coherencia entre lo que siento, lo que pienso, lo que digo y lo que hago. Cuando vivo en atención plena, en el aquí y en el ahora. Cuando siento lo que los demás sienten, sin verme arrastrado por sus emociones y con la energía adecuada para poder actuar en consecuencia. Cuando fluyo sin límites. Cuando amo plenamente la vida tal como es. Cuando siento agradecimiento por lo que soy y por lo que vivo.

¿Cómo puedo acercarme y arribar a este buen puerto de mi vida?

Hay una condición previa: decidir hacer el viaje y actuar en consecuencia. Pero no todo el mundo recibe este don o impulso, y desconozco la razón. Si a mí me ha llegado el impulso de realizar el viaje para mejorar mi vida, el siguiente paso es elegir el mejor barco, las terapias o las herramientas más adecuadas para mí y la Inteligencia Sistémica es una de ellas.

La inteligencia sistémica para hacer un mejor viaje.

La persona que ha decidido iniciar el viaje para mejorar esencialmente su vida, utilizando la Inteligencia Sistémica, se verá ayudada para:

  1. Interpretar lo que encierra su lenguaje y bucear en las aguas profundas de su discurso sobre el asunto que quiere tratar.
  2. Descifrar los síntomas de lo que no va bien.
  3. Sentir, explicitar y dar sentido a sus emociones.
  4. Visualizar sus escollos, rompientes, tempestades y naufragios vividos.
  5. Poner de manifiesto las corrientes de fondo imperceptibles que la desvían de su ruta. Detectar los factores climáticos diversos que, pesar de sus orígenes lejanos, condicionan su viaje, su bienestar y el de su sistema básico.
  6. Vivenciar lo anterior y encontrar mejores significados a ciertos hechos.
  7. Descubrir el lugar que nos corresponde en la vida.

Del pensamiento lineal al sistémico y dinámico.

Conocerme mejor es un profundo deseo, un anhelo que tengo por una necesidad insatisfecha y que no siempre logro expresar. Pero una vez lo he podido explicitar, surge inmediatamente la pregunta: ¿Cómo? ¿Cómo conocerme mejor? Hoy disponemos de varias respuestas válidas pero una clarísima: puedo conocerme mejor mediante la Inteligencia Sistémica.

Suelo plantearme este profundo anhelo de conocerme mejor cuando paso por una situación que me resulta incómoda o dolorosa, y que permanece en el tiempo porque no dispongo de los recursos necesarios para resolverla. Cuando mi corazón no está en paz, mi mente se afana por encontrar una explicación. Suele encontrar una. Pero no es la buena, porque si lo fuera, yo ya no permanecería en el sufrimiento. Estoy precisamente anclado en él porque mi discurso no es el adecuado.

La mayoría de las situaciones por resolver no consisten en una simple relación lineal de causa efecto. Suelen ser más complejas, circulares, con varias causas y variables a veces no medibles (la ira o el miedo por ejemplo) e interdependientes de distintas maneras. En general desconozco el esquema completo y las características de las energías que circulan por el mismo. En estas condiciones es difícil saber dónde está la diana y el arco y la flecha que debo utilizar para dar en ella.

Mi incapacidad para resolver procede con frecuencia de ocupar un punto de observación inadecuado, de mirar una parte y no el todo, y de mirar la situación de forma superficial en vez de bucear y ver lo que ocurre en zonas más profundas. Según Albert Einstein: “Los problemas no se pueden solucionar al mismo nivel de conciencia con el que fueron creados”.

La Inteligencia Sistémica me ayuda precisamente a situarme en ese nivel superior necesario para resolver mi situación dolorosa, y como consecuencia, a conocerme mejor. Ello es posible porque la Inteligencia Sistémica ve al ser humano, no aislado y de forma individual, sino como un miembro perteneciente a su sistema y relacionado con los demás. Cuando encuentra una buena solución para mi sistema como un todo, sé que también lo es para mí que he solicitado inicialmente la ayuda.

La Inteligencia Sistémica es un amplio, profundo y sutil campo de conocimiento vital sobre el ser humano y los distintos sistemas de los que forma parte: familia, escuela, equipo deportivo, universidad, empresa multinacional, familiar u otra, hospital, organismo público, partido político, asociación, ONG, ciudad, sociedad, etc.

La Inteligencia Sistémica es la eclosión de la convergencia e integración de numerosos descubrimientos y avances previos en distintos campos.

Sus fuentes nutrientes más importantes son:

  • Las matemáticas, la física, la química, la cibernética y los sistemas no vivos.
  • La biología, los sistemas vivos y abiertos y la teoría general de sistemas.
  • El cuerpo humano, las emociones, la mente y el espíritu.
  • La comunicación, la programación neurolingüística y colindantes.
  • La psicología, el psicoanálisis, terapias y aledaños.
  • Las constelaciones sistémicas familiares, enfermedades, organizacionales, etc.

El impulso dado por Bert Hellinger y sus discípulos ha sido decisivo para la puesta a punto de una metodología que se muestra altamente potente y eficaz a nivel práctico, en la que se puede plantear en confianza los propios asuntos, explorarlos, vivenciarlos, aflorar información esencial, dinámicas disfuncionales, desórdenes y bloqueos del sistema, e inducir soluciones buenas para todos sus miembros.

También ayuda en plan preventivo a no entrar en dichas situaciones difíciles. Lo anterior se logra entre media hora y dos horas, mediante un trabajo en grupo o en sesión individual.

La Inteligencia Sistémica constituye también un entrenamiento profundo de actitudes positivas de apertura hacia lo incierto y desconocido, hacia la exploración, el autoconocimiento, el bienestar, el equilibrio y el fortalecimiento interior de uno mismo y de los respectivos sistemas familiares, laborales, empresariales y organizacionales. Constituye la parte invisible de lo que las personas necesitan hoy para disfrutar, fluir y ser efectivas.

Nuestras creencias Vs nuestro cuerpo.

Los artículos anteriores permitieron comprender que la conexión entre nuestro cuerpo y nuestros pensamientos, creencias y emociones, se produce a través de la energía a distintos niveles de condensación y frecuencia. Y ello nos abre otras maneras de ver la enfermedad y en cómo sanarla. En este quinto artículo y siguientes centraremos la atención en hechos que nos amplían esta comprensión. 

Un ejemplo claro de que nuestros pensamientos o emociones provocan cambios fisiológicos en nuestro cuerpo, se pone de manifiesto cuando a raíz de una pérdida vital, nos invade y sorprende algo sutil e invisible que denominamos tristeza, y que se traduce a su vez en algo tan maravilloso, visible y líquido como las lágrimas que emergen de nuestros ojos. ¿Te has preguntado alguna vez cuánta energía requiere el proceso de agrupación de ciertas moléculas de agua en nuestro cuerpo hasta la aparición de una lágrima? 

Para representar la influencia que nuestras creencias pueden ejercer en nuestro cuerpo, citamos algunos ejemplos: 

1. Efecto placebo: la efectividad de un tratamiento suele comprobarse con dos grupos de personas. A uno se le administra el fármaco real y al otro un medicamento placebo como es una simple pastilla de azúcar. Los pacientes no saben cual de ellos reciben. Sólo cuando la proporción de personas curadas en el grupo que ha recibido el fármaco auténtico es estadísticamente mayor que en el grupo placebo, se puede concluir que el tratamiento es efectivo. En la mayoría de los estudios sucede que en el grupo placebo hay personas que se curan. Si se consigue una curación con placebo del 48% y una del 82% con el tratamiento activo, sólo el 34% se cura gracias al medicamento. Simplemente el hecho de creer en la efectividad de un tratamiento, puede provocar la curación de algunas enfermedades. Este fenómeno, como mencionábamos, se denomina efecto placebo. A través de nuestros pensamientos y creencias más o menos adecuadas podemos afectar positiva o negativamente la marcha de nuestras enfermedades.

2.  Efecto nocebo: de la misma manera que creer en la efectividad de un tratamiento nos puede llevar a la curación, creer lo opuesto nos puede llevar justamente a todo lo contrario. Es el caso de las personas hipocondríacas, cuya interpretación preocupada u obsesiva de algún signo o síntoma en su cuerpo suele llevarles a la convicción de que padecen una enfermedad grave y a la generación de sus síntomas somáticos reales. La aparición de éstos, es el efecto nocebo.

3. Embarazos psicológicos: esta situación se da en mujeres que creen estar embarazadas sin estarlo realmente, pero los síntomas corresponden a como si lo estuvieran: el ciclo menstrual desaparece, el volumen abdominal y el peso aumentan, las glándulas mamarias secretan leche, las náuseas y vómitos tienen lugar. La infertilidad o las dificultades para desarrollar una adecuada gestación pueden llevar a la mujer a un gran deseo de ser madre. También se evoca como posible causa las emociones ocultas en ella que no han encontrado una apropiada vía de expresión. 

Un aspecto maravilloso de esta interrelación creencia-cuerpo es su capacidad de focalización y puntería, es decir, su capacidad de convertir la creencia en una realidad fisiológica bien concreta y relacionada, y no en una cualquiera. Es decir, si creo que el tratamiento que sigo para la tos es efectivo, lo que terminará por desaparecer será la tos, y no el dolor de muelas que también tengo, por ejemplo. 

El hacernos más conscientes de que nuestras creencias condicionan nuestra salud, nos impulsa a cuidarlas al máximo. Somos responsables de la elección de nuestras creencias. No es lo mismo creer que mi cuerpo aguanta todo lo que le eche en calidad, cantidad y hora, que creer que mi cuerpo es sensible a todo ello. Mis actos serán distintos. 

¿Mis creencias se basan en la realidad, o la realidad se basa en mis creencias?

A mí me rompió mis esquemas limitados, Carmen. Después de un accidente de moto, estuvo tetraplégica un largo tiempo. Ya no lo está. Lo que para muchos es un diagnóstico irreversible, para mí ya ha dejado de serlo gracias a Carmen. Más tarde estuvo en coma varios meses. Hoy desarrolla una magnífica labor entre personas de una alta sensibilidad y conciencia. 

Lo anterior me lleva a pulir mis conversaciones con los demás. El otro día, una madre vino a verme porque su hijo es disléxico. Yo le dije: ”su hijo no es disléxico, sólo tiene dislexia”. El verbo “ser” se refiere a lo que es parte esencial de mi identidad, mientras que el “tener”, y también el “estar”, se refiere a algo temporal en mí, hoy sí, pero no necesariamente mañana. Es una manera de quitar hierro y reencuadrar nuestras creencias.

Carlos Surroca utiliza y aplica la Inteligencia Sistémica para detectar -y desbloquear- atascos emocionales, vencer limitaciones y esclarecer motivaciones.

Clarificar los caminos a seguir, en su trabajo de acompañamiento individual a personas, líderes, emprendedores, empresas, empresas familiares y organizaciones.

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