Las Constelaciones Familiares dedicadas a casos de depresión.

La depresión según Alexander Lowen. 

Con este artículo, y siguientes, intento resumir algunos aspectos esenciales del libro “La depresión y el cuerpo” de Alexander Lowen, evocar así su claro y profundo trabajo al respecto, y mostrar la utilidad de sus conceptos para las Constelaciones Familiares dedicadas a casos de depresión.

¿Qué es la depresión?

  • Es una pérdida de sentimientos, intereses y deseos.
  • Es una condición con escasa vida, vivacidad, excitación y respuesta.
  • Es un estado variable compuesto de ciclos repetitivos con bajos depresivos, seguidos de altos (euforia, manía, derrumbe) y de bajos de nuevo.
  • Es patológica, pero también puede ser un fenómeno recuperativo.

Síntomas de la depresión.

  • Derrumbamiento energético del cuerpo.
  • Decaído, encadenado, hundido.
  • Pérdida de energía para respirar profundamente.
  • Un abatimiento profundamente doloroso.
  • Vacío interior y carencia de auténtico placer.
  • Anulación del interés por el mundo exterior.
  • Inhibición de toda actividad.
  • Pasarse gran parte del día en la cama.
  • Incapacidad para responder.
  • Carencia de entusiasmo interior.
  • Mirada perdida en el tiempo.
  • Pérdida de autoestima.
  • Pérdida de la capacidad de amar.

Posibles causas de la depresión.

Melanie Klein estudió la depresión infantil con niños muy pequeños. Lowen presenta su trabajo con algunas discrepancias.

Si el pecho y la leche de la madre están a disposición del niño el tiempo necesario para satisfacer sus necesidades orales, el destete no genera un trauma, porque la pérdida de este placer se va compensando con otros nuevos. Pero si esta pérdida del placer de mamar y, por tanto, del amor, bienestar y seguridad asociados, se produce en unas condiciones inadecuadas, genera frustración, rabia y hostilidad hacia la madre. Cuando el niño siente que todo ello está perdido y es irrecuperable, lo normal es que se deprima. No acabaremos de entender la reacción depresiva si aceptamos como normales la frustración y la privación infantiles. En nuestra sociedad, con sus exageradas demandas de tiempo y energía a la madre, es inevitable cierto grado de frustración y privación infantiles. Si esta exigencia social tiene prioridad sobre las necesidades del niño, puede ser una fuente de dificultades posteriores.

René Spitz estudió el efecto directo que ejerce sobre el niño la pérdida del contacto físico con la madre. Observó el comportamiento de niños separados de sus madres presas en instituciones penales, a los seis meses de vida. En el primer mes de separación, los niños se esforzaban por recuperar el contacto con la figura materna. Lloraban, gritaban y se agarraban a cualquiera que les diera calor. A medida que esos intentos de recuperar la anterior relación con su madre fracasaban, iban encerrándose en sí mismos. Al cabo de tres meses mostraban un rostro rígido, el llanto había dado paso a una especie de gimoteo y se iban amodorrando. Si persistía la separación, aumentaba esta actitud de retirada, rechazaban todo contacto y se quedaban inmóviles en la cama. Tanto en su actitud corporal como en su conducta, estos niños mostraban las mismas características que los adultos depresivos.

John Bowlby observó los efectos de la separación en bebés y niños que estaban entre los seis y los treinta meses de edad cuando ocurrió la separación de la madre. En todos los casos en los que la separación se prolongó, el niño cayó en una reacción depresiva caracterizada por desapego, falta de respuesta y apatía.

Karl Abraham estudió los pacientes maníaco-depresivos y relacionó la depresión del adulto con una reactivación y un regreso a una “depresión primaria durante la infancia”, por una pérdida de amor y por el odio sentido por el niño hacia sus padres, principalmente hacia la madre. Al tener que reprimir la respuesta instintiva a esa pérdida y este odio, el paciente queda “debilitado y privado de su energía”.

Según Owen, la causa de la depresión es la represión de la emoción.

Visiones clave sobre la depresión.

Según Owen, cuando una persona ha experimentado una pérdida o trauma en su infancia que ha socavado sus sentimientos de seguridad y autoaceptación, se genera en ella una depresión. Su actitud y conducta están impregnadas de falta de realidad en el presente porque vive el presente con su mirada puesta en su pasado.

Y proyectará en su imagen del futuro la exigencia de invertir su experiencia inadmisible pasada. Si de niño experimentó una sensación de rechazo, se representará un futuro lleno de aceptación y aprobación. Si de niño experimentó una sensación de desamparo e impotencia, su mente generará una imagen futura en la que se sienta poderoso y dominante. La mente, en sus fantasías, intenta invertir una realidad inaceptable a base de crear imágenes que ensalcen al individuo e hinchen su ego.

Si una parte importante de su energía se centra en ellas, perderá de vista que su origen está en esta experiencia infantil, dispondrá de poca energía para el día a día y sacrificará el presente en aras de su cumplimiento. En estas condiciones, dichas imágenes se convierten en metas irreales, y por tanto, inalcanzables.

La irrealidad de la persona deprimida se manifiesta en su pérdida de contacto con su cuerpo. No se ve a sí misma tal como es, porque su mente está centrada en una imagen irreal. No se da cuenta de las limitaciones impuestas por sus rigideces musculares, pero estas limitaciones son las que hacen que no pueda realizarse como persona en el presente. No siente sus disfunciones corporales, su menor movilidad y respiración inhibida, porque está con su ego, su voluntad y su imaginación. La vida de su cuerpo, que es la vida en el presente, la descarta como irrelevante porque su atención está puesta en una meta futura que considera la única importante.

Las metas irreales dificultan entrar en relación directa con las necesidades básicas del ser humano.

Todo el mundo necesita amar y sentir que su amor es aceptado y en cierta medida correspondido. El amor y la estima nos relacionan con el mundo y nos dan la sensación de pertenecer a la vida. Ser amados facilita la expresión activa de nuestro propio amor. La gente no se deprime cuando ama. A través del amor uno se expresa y afirma su ser e identidad.

La autoexpresión es otra necesidad básica de todo ser humano, que subyace en toda actividad creativa y es fuente de nuestro mayor placer. La autoexpresión es expresión de sentimientos. Las vías a través de las cuales se expresan los sentimientos son los ojos, la voz y el movimiento corporal. Cuando la persona se halla en un estado depresivo, estas vías se han cerrado, los ojos están apagados, la voz es monótona y la movilidad reducida. El activar cualquier sentimiento, como la tristeza o la rabia, expresándolo con gritos o golpes, tiene un efecto inmediato y positivo sobre su estado depresivo.

Otra necesidad básica para todos es la libertad. La sociedad humana impone ciertas restricciones a la libertad individual en aras de la cohesión social. Pueden ser aceptadas si no restringen en exceso el derecho de autoexpresión. Pero no me refiero aquí a esta libertad exterior, sino a la interior, a la que permite autoexpresarse uno mismo y tener voz en la regulación de los propios asuntos. Hay prisiones interiores, a menudo más poderosas que las exteriores por ser inconscientes, que aíslan y limitan. La persona, mientras sobrevive en esta prisión, devana fantasías de libertad, trama planes para su fuga y sueña un mundo idealizado. Pero estas fantasías le impiden confrontar de manera realista las fuerzas internas que le atan. Antes o después, la ilusión se derrumba, el sueño se desvanece, el plan falla y cuando se encuentra cara a cara con la realidad, el individuo se deprime y desespera.

Las ilusiones nos llevan a metas, expectativas y a recompensas poco realistas: riquezas, éxitos, fama. Solemos creer que los ricos son unos privilegiados. Pero el rico se deprime tanto como el pobre. El dinero no da las satisfacciones internas que hacen que la vida merezca ser vivida. En muchos casos, la tendencia a ganar dinero justamente nos empobrece porque desvía nuestra energía de actividades creativas y autoexpresivas.

El éxito y la fama obedecen a otra motivación. Se basan en la ilusión de que aumentarán nuestra estima y nos ayudarán a lograr esa aceptación y aprobación que parece necesitamos de los demás. Pero estos logros aparentes aportan bien poco a la persona interior. Muchos triunfadores se han suicidado en la cumbre del éxito. Con la fama, pocos han encontrado verdadero amor y han superado la sensación interna de soledad. No muchos son los aplausos y ovaciones que llegan al corazón.

El verdadero objetivo que hay tras la lucha por el dinero, el éxito o la fama es la autoaceptación, la autoestima y la autoexpresión. Este anhelo profundo quedó marcado a fuego durante la infancia buscando la aceptación de los padres, transferido más tarde a los demás. La verdadera vida se vive en un nivel mucho más interior y personal.

Si queremos encontrar a la verdadera persona tras la fachada de su conducta social, tenemos que mirar su cuerpo, sentir sus sentimientos y entender sus relaciones. Sus ojos nos dirán si puede amar, su cara si es autoexpresivo y sus movimientos si dispone de libertad interior. Cuando estamos en contacto con un cuerpo vivo y vibrante, sentimos enseguida si estamos ante “Alguien”, sin tener en cuenta su posición social. La vida se vive realmente en este nivel personal donde un cuerpo se relaciona con otro o con su entorno natural.

Si pensamos que podemos autoaceptarnos, autoestimarnos y autoexpresarnos con fuentes externas a nosotros, con todos los adelantos materiales y tecnológicos, nos veremos lamentablemente desilusionados, y posteriormente deprimidos.

Persona autodirigida o heterodirigida.

Podemos ahondar nuestra comprensión sobre la depresión si distinguimos las personas autodirigidas de las heterodirigidas, las que se dirigen desde su interior de las que se dejan dirigir desde fuera. Éstas son más vulnerables a la depresión que aquellas.   

La persona autodirigida no se deja influir fácilmente por el entorno. Su personalidad tiene orden y estabilidad interna. Descansa en la solidez de la autoconciencia y autoaceptación. Se sostiene sobre sus propios pies y sabe dónde está.

La persona heterodirigida carece de estas cualidades, tiende a depender y necesita apoyarse emocionalmente en otros. Si pierde este soporte, se deprime. Sus necesidades infantiles de apoyo, aceptación y experiencia de contacto físico y calor no fueron satisfechas. Al sentirse insatisfecha, no tiene razones para tener fe en sí misma ni en la vida.

Mientras la persona autodirigida pone su fe en sí misma, la heterodirigida la pone en los demás, arriesgándose así a una decepción constante. Vive con la esperanza inconsciente de que los demás reconozcan su valor y le respondan con amor, aceptación y ayuda.

La persona autodirigida actúa y hace las cosas para y como expresión de sí misma. Se realiza a través de su respuesta al mundo, no de la respuesta del mundo a ella. Fueran las que fueran las necesidades insatisfechas que tuvo de niño, no espera ahora que los demás se las satisfagan.

A menudo las apariencias engañan. La persona heterodirigida con frecuencia aparenta que los demás le necesitan y cree así que es independiente. Pero es una indicación clara de que la persona está dirigida desde fuera. Bajo esa fachada de autosuficiencia, intenta satisfacer su necesidad de dependencia, mientras se engaña a sí misma y a los demás. La persona que expresa abiertamente su necesidad de dependencia no es tan propensa a deprimirse como la que la esconde bajo una máscara de independencia.

Estos dos tipos de personalidad también se diferencian en la forma cómo reconocen sus problemas y definen sus deseos. La persona autodirigida sabe lo que quiere, con autoconciencia, y lo expresa de forma concreta: “Siento que me estoy forzando demasiado y necesito parar”, “Mi cuerpo está tenso y respiro muy superficialmente, necesito abrirme”. La persona heterodirigida no puede hacerlo. Sus demandas son generales, amplias y poco claras, como “Quiero amor”, “Quiero ser feliz”, lo cual indica que le falta un fuerte sentimiento, autoconocimiento y centrarse.

La autodirección interior viene dada por un sentimiento fuerte que sólo permite un curso de acción. Esto no significa que la persona autodirigida esté dominada por un solo sentimiento y que se mueva en una sola dirección. Tal actitud implicaría rigidez, que se vendría inevitablemente abajo cuando la persona no pudiera mantener la necesaria tensión. En una persona sana, los sentimientos cambian constantemente. Se puede estar disgustado y amable, triste y después alegre. Cada emoción fuerte crea una nueva dirección que es la respuesta personal del organismo a su entorno. Toda emoción auténtica es una expresión directa de la fuerza vital que existe dentro de la persona.

Lo que normalmente uno siente son las diferentes emociones. Cuando se actúa con emoción o con un fuerte sentimiento, se actúa con fe: fe en la validez de los propios sentimientos y fe en uno mismo.

La persona que carece de fe ha suprimido todas sus emociones fuertes y las ha sustituido por un conjunto de creencias o ilusiones que guían y dirigen su conducta. Si un estudiante radical cree que la violencia es la única forma de derrocar el sistema establecido al que ve como opresor, reunirá mucha energía y evocará lo que pueden parecer sentimientos auténticos. Pero éstos no son personales. No está enfadado a causa de un insulto personal, o triste por una pérdida personal. Ha dejado a un lado sus sentimientos personales por lo que él cree que son las necesidades de los demás. Esta acción revela que es una persona dirigida desde fuera. Si la causa por la que lucha, sufre un revés, puede caer en depresión.

Antes de preocuparse por otros, nuestra primera preocupación debería ser la de nuestro propio bienestar. Si cada cual pudiera valerse por sí mismo y satisfacer sus propias necesidades, el mundo marcharía indudablemente mejor. La persona autodirigida no es egoísta. Está centrada en sí misma, y ello le permite darse cuenta de que depende del bienestar del resto de su comunidad. Y es realmente humanitaria, porque es consciente de su propia humanidad, de su propio ser como persona.

Si la sociedad tiene la culpa de las desgracias que me ocurren, es ella quien debería resolver mis problemas, pero como la sociedad son los otros, nadie se siente personalmente responsable. Puesto que la sociedad es una entidad vaga que carece de verdadero poder, desplazamos la carga de todos nuestros males personales y sociales al gobierno. Es difícil imaginar cómo el gobierno puede ayudarnos a superar nuestras depresiones, curar nuestras tendencias esquizoides, protegernos contra la ansiedad, etc. Cuando los ciudadanos, uno a uno, olvidan su responsabilidad personal de mantener limpia la comunidad, en orden y segura, es difícil que el gobierno pueda proporcionar siquiera los servicios esenciales. Creer que todo lo que tiene que hacer el gobierno es proporcionar más dinero y que con eso se arreglarán todos los problemas sociales, es una ilusión. Esas ilusiones son de una persona heterodirigida.

Una combinación de fe y responsabilidad personal es el núcleo de todo sistema religioso. Si el individuo no asume la responsabilidad de defender la moral y los principios éticos que dan sustancia vital a las creencias religiosas, la fe religiosa no tiene sentido. La fe y las creencias forman un todo integral cuando ambas forman parte de la vida diaria. Entre los que poseen esta combinación hay mucha menos tendencia a la depresión.

Y para los que se han deprimido poseyendo esta combinación de fe y responsabilidad personal, la conclusión es que su esfuerzo no salió del corazón, no lo hicieron por su propio valor, sino como medio para lograr aprobación y aceptación. Esta responsabilidad engañosa es totalmente distinta de la sincera creencia religiosa por la que cada individuo maduro es responsable ante sí mismo y ante Dios de lo que hace con su vida. El coraje de la gente auténticamente religiosa para afrontar dificultades impresionan. Pero posturas tan firmes son poco corrientes hoy día. 

Conclusiones de Alexander Lowen.

Una persona se deprime cuando no vive con los pies en la tierra, carece de fe en sí misma y ha entregado su independencia a cambio de la promesa de satisfacciones por parte de los demás. Ha invertido sus energías en su intento de realizar un sueño imposible. Su depresión significa su quiebra y desilusión. Pero si la entiende y maneja de forma adecuada, la depresión puede abrir el camino hacia una vida mejor.

Muchas personas han logrado superar su depresión con la ayuda de una terapia que les ha puesto en contacto con sus sentimientos, con su ser interno, les ha ayudado a recuperar cierto equilibrio e independencia, y les ha vuelto a orientar hacia el yo personal. Cuando el resultado es positivo, la persona termina por restablecer la fe en sí misma. Si quiere superar su tendencia depresiva, tendrá que terminar por ser una persona autodirigida.

Estas ideas de Lowen, generan en mí los siguientes comentarios:

Transferir los problemas a los demás y exigir su solución, es señal de que la persona está dirigida desde fuera. ¿Cuándo en la vida se da, de una forma natural, el poder sobre uno mismo a otros? Pues, cuando se es niño y el poder sobre uno está en los padres. Si siendo adulto, doy la culpa de lo que me ocurre a otros, les doy el poder sobre mí, lo que corresponde a una actitud infantil que hay en mí siendo adulto. En esa parte de mí, no he madurado, no he crecido. No tomo yo la responsabilidad (habilidad para responder) de mí en mí.

El culpar a otros de mis desgracias, es, pues, una señal de que algo doloroso ocurrió en mi infancia. Por haberme cogido por sorpresa, por no haber tenido en ese momento los recursos necesarios para procesarlo y soltarlo, por haberlo vivido en soledad y por no haber podido expresarlo, ¡Me lo tragué! De este hecho doloroso, me tragué todas las imágenes, todos los sonidos, todos los olores, amarguras y asperezas. Y me tragué todas las energías asociadas a esas memorias, con sus diversas tonalidades de rabia, odio, miedo, tristeza, asco, etc. ¡Todo eso me tragué!

¿A dónde fue a parar todo eso que me tragué? A un sótano profundo, oscuro, a un lugar recóndito del que no quiero acordarme, que a veces me sale llamarle “inconsciente”, pero que cuando lo nombro así, suelo decirlo en un tono despectivo, como si fuera un basurero maloliente y putrefacto que, cuanto más lejos esté de mí, mejor. A todo este proceso de tragarse memorias y energías de un hecho doloroso que no he podido procesar ni liberar, hasta almacenarlas en mi “inconsciente”, lo suelo llamar “Reprimir emociones”. Al hacerlo, al someterlas al ostracismo, quiero creer que ya las tengo bajo control. ¿He resuelto así mi malestar?

Veamos. A medida que vivo, experimento emociones, y voy acumulando memorias y energías de los hechos dolorosos no procesados ni liberados, en mi “inconsciente”, como si fuera un congelador, un cúmulo de desechos plásticos en el océano o un estercolero.

Mi tendencia a despreciarlo, me impide verlo, y menos mirarlo. ¿Es por mi ignorancia? ¿Es porque siento que algo en él está fuera de mi control? ¿Es porque tengo miedo a enfrentarme a algo desconocido e intuitivamente doloroso? La palabra “emoción” connota “energía” y “movimiento”. Todas esas energías asociadas a las memorias de aquel hecho doloroso ¿Se van a quedar quietas en este oscuro “inconsciente” hasta la eternidad, cuando las características esenciales de la energía son su agilidad, fluidez, rapidez y su capacidad de transformarse y de conectar? Puede que permanecieran congeladas un tiempo, dormidas como ciertas brasas entre cenizas, o como el estiércol, esperando a fertilizar la tierra. Hasta que, súbitamente, sucede un hecho cuya energía sintoniza y conecta con ellas, las despierta y las hace revivir. A lo largo de la vida suceden muchos hechos en los que aquella remota y aparentemente olvidada experiencia revive de nuevo y se manifiesta dolorosa y repetitivamente en forma de depresión para recordarme que aún está ahí en mí. Su insistencia es para que me dé cuenta de su existencia y permanece así en mí hasta que yo decida buscar ayuda, encuentre la causa, deshaga el nudo y pueda, así, liberarla de mi prisión.

Visto así, mi “inconsciente” es mi tesoro más inconscientemente temido y escondido que contiene las claves de mi bienestar y salud.

¿Por qué me cuesta tanto darme cuenta? Porque entrar en mi “inconsciente” supone entrar en contacto, aunque sea sólo por un momento, con algo muy doloroso para mí. Yo persigo y disfruto todo lo que me da placer, y rehúyo y sufro todo lo que es dolor. Por propia iniciativa, no me moveré sólo para reencontrarme con mi dolor. Pero puedo hacerlo acompañado de un profesional especial en quien confíe.

Las Constelaciones Familiares facilitan toda esa tarea de forma sustancial.

Constelaciones Familiares: sanar heridas emocionales del pasado.

La frase: «Quien no conoce la historia, está condenado a repetirla” suele referirse a pueblos, naciones y civilizaciones en situaciones difíciles y similares a otras ya sucedidas en su propio pasado. Esta rotunda afirmación surge de estudios de investigación de historiadores. ¿Qué hace que una sociedad reincida en lo doloroso? ¿Es su dura cerviz? ¿Es su inconsciente colectivo, según Jung? En otro nivel, ocurre lo mismo en las personas y familias ¿Se puede superar esta contumaz reincidencia en comportamientos inadecuados que nos hacen sufrir?

¿Cómo se produce una herida emocional?

En el vivir experimentamos continuamente hechos. Si tenemos los recursos suficientes, los procesamos, aprendemos y crecemos gracias a ellos. Pero cuando un hecho nos resulta dramático, doloroso, nos impacta por sorpresa, no tiene solución en el momento en el que se produce, se vive en soledad y no se puede expresar, toda su potente energía nos invade a nivel físico y psicológico. Esta energía, asociada a un hecho con las características específicas anteriores, afecta nuestros procesos biológicos y nuestras estructuras mentales y emocionales, como lo hace un ejército que invade un país o un ataque cibernético que penetra por los resquicios de un sistema de información.

Ejemplos de hechos a nivel personal que pueden haber dejado en nosotros una huella indeleble son: un abandono, un abuso sexual, una agresión, una separación, un accidente de tráfico, una ruina económica, un anuncio desafortunado de una enfermedad grave, una muerte inesperada de un ser querido, o vivir una guerra.

¿Qué entendemos por pasado?

Es el conjunto de estos hechos que hemos vivido y que sabemos y sentimos que están impresos en nosotros al retroceder desde ahora. Así, visitamos nuestra vejez, adultez, juventud, adolescencia, infancia, período de creación de nuestros vínculos afectivos, nuestro nacimiento, un embarazo, una fecundación, etc., hasta nuestros padres, abuelos, bisabuelos..¡Sí, hasta más allá! ¿Es necesario? ¿Y es posible?

Una aportación esencial de la práctica de las Constelaciones Familiares es su capacidad para mostrarnos contumazmente que todas aquellas energías que se alojaron a la fuerza en alguno de nuestros antepasados debido a hechos brutales que vivieron, y que no pudieron procesar, permanecen presas en nuestro sistema familiar a la espera de que alguien de una nueva generación pueda liberarlas; por lo cual, no sirve sólo para sanar esta persona que siente y decide trabajarlo ahora, sino para todo su sistema familiar. Mientras esto no suceda, el sistema continuará mostrando la existencia de esta dolorosa herencia y su lealtad ciega a ella, reproduciendo comportamientos inadecuados y generando síntomas que hagan patente la necesidad de salir de este círculo vicioso.

La física nos muestra que la energía es diversa: potencial, cinética, calórica, eléctrica, magnética, electromagnética, etc. La energía que nos mueve a los humanos también puede expresarse bajo distintas tonalidades: odio, ira, miedo, asco, tristeza, alegría, confusión, etc. Cada hecho doloroso vivido y no procesado nos impone una o varias tonalidades energéticas. El conjunto de todos ellos nos carga con una mezcla energética única para cada uno de nosotros. Y es, precisamente, esta pócima energética mágica y única, la que nos mueve a comportarnos de una manera única. Todo ello nos conecta con la frase de Jung: ”Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, seguirá dirigiendo tu vida, y tu lo llamarás destino”. Un preso a quien atendí lo denominó de otra manera: “Mi cajón de mierda”.

¿Significa que cada uno de nosotros estamos programados en base a este brebaje energético único que llevamos encima?

Mi respuesta es sí; pero no es una maldición sobre la que no podamos actuar y modificar hoy. Gracias a todo lo que nos ha precedido, pertenecemos a la primera o segunda generación que tenemos el privilegio de poder ser conscientes de ello, y disponer de ciertos recursos para limpiarnos, liberar ciertas energías que nos complican la vida, acoger otras que nos la facilitan, y cambiar, así, a mejor, la tonalidad resultante de esa mezcla energética que nos hace comportarnos de una manera única.

Todo ese proceso de mejora profunda en nosotros exige reconectar por un instante con aquello que resultó doloroso, para poder darle la mano y sacarlo del hoyo profundo y recóndito en el que se encuentra, y liberarlo. Sólo entrando en nuestro inconsciente, y limpiándolo, podemos cambiar nuestro destino.

Hay personas que renuncian a hacerlo, prefiriendo quedarse donde están. Otras, hartas de tanto sufrimiento, tienen la intención decidida de afrontarlo y van a por ello. Continúa siendo un misterio para mí, por qué unas personas sí y otras no.

Las que se atreven a buscar ayuda en las Constelaciones Familiares, suelen recibir como regalo el comprender con el corazón, que no es entender con la cabeza, es ir más ligero y la paz de una vida más fluida y plena.

Dos preguntas finales para reflexionar:  

¿Hay energías a liberar en un país que ha sufrido una Guerra Civil a una o dos generaciones de distancia? ¿Qué síntomas me pueden inducir a iniciar un proceso profundo de mejora en mi mismo/a?

Constelaciones Familiares y Procesos de Duelo.

Duele el perder a un ser querido. El dolor generado por la pérdida toma una tonalidad distinta y evoluciona de forma diferente en el tiempo, según las circunstancias únicas de cada doliente. Todos vivenciamos varios procesos de duelo. Si éstos se complican o se paran, las Constelaciones Familiares pueden ayudar a desatascarlos, a completarlos y a abrirse a la esperanza y a la vida.

Nuestros seres queridos lo son porque mantenemos un apego, un vínculo y una relación emocional con ellos. Puede ser de amor, de seguridad, de anhelo, de rechazo y/o de odio. Su pérdida supone una ruptura, un vacío, un dolor.

Para una persona doliente, su dolor único depende de varios aspectos:

  • De la calidad e intensidad del vínculo que ha habido con la persona desaparecida: padre, madre, hijo, hija, hermano, hermana, abuelo, abuela, gemelo, mellizo, padre adoptivo, adoptado, tutor, etc.
  • Del modo en cómo se ha producido la pérdida: por enfermedad, precedida de un duelo anticipatorio, muerte repentina, inesperada, accidente de tráfico, aborto natural o provocado, suicidio, desaparición, secuestro, asesinato, pérdida múltiple, etc.
  • En relación con los dos aspectos anteriores, el dolor también depende de desde dónde se ha vivido el duelo: desde la incredulidad y la negación, desde el miedo a la realidad (a nuestra herencia emocional, a nuestra vulnerabilidad, al fracaso, al futuro), desde la rabia, el rencor, el resentimiento, la tristeza, la angustia, la culpa, la soledad, el abandono, la desconfianza, el desamparo, el lamento, la insensibilidad, etc.

Esteban y María acaban de perder a su hijo Pablo, con 32 años, de forma repentina. Tenía una pequeña disfunción cerebral y desde los diez años, sufría ataques epilépticos, cuya intensidad y frecuencia habían disminuido sustancialmente gracias al tratamiento que seguía. La dedicación de sus padres ha sido inmensa por encontrar los entornos más adecuados para Pablo: escuelas especiales, constitución de una asociación (que más tarde se ha abierto a otras discapacidades al darse cuenta de la sinergia de su mezcla), consecución de un puesto de trabajo en un banco central que ejerce verdaderamente su responsabilidad social acogiendo en su organización a personas diferentes, formándolas, creando actividades especiales para ellas, facilitando alojamientos sencillos donde vivir independientemente de sus padres, etc. La tensión y preocupación de sus padres ha sido intensa y constante, sin respiro. Se llamaban unas cuatro veces al día. Su madre María decía últimamente: ”Ya no podemos estar presos del miedo por lo que pueda ocurrir ¡Hay que vivir! “. Y Pablo mostró que vivía intensamente: hacía deporte, bicicleta, excursiones, escalada, viajaba, ayudó a sus padres a reconstruir una casa en ruinas, ayudaba y activaba a sus compañeros en los momentos difíciles, los invitaba y ellos lo invitaban, iban al cine, pintaba, sus regalos los preparaba con meses de antelación, etc. Su ceremonia de despedida fue una explosión de sentimientos y reconocimientos por parte de sus padres, familiares, compañeros, los padres de éstos…por todo lo vivido y aprendido juntos con Pablo. El toque de saxofón de su hermana en el momento de su entierro, ante unas cien personas, fue memorable. Y ahora después, es cuando el vacío se hace inmenso y denso, es tiempo del duelo. Sus padres y su hermana lo viven diferentemente. Toda esa ingente cantidad de energía volcada en su preocupación y dedicación intensa y constante a Pablo durante años, se hace añicos y se transforma ahora en dolor. La culpa, el vacío, la tristeza, la desorientación, la fragilidad, la vulnerabilidad, y otras, aparecen y están ahí, como nuevos acompañantes, con distintas intensidades y proporciones para cada uno. Procesar la energía asociada a esas emociones requiere un tiempo. Y en ese tiempo, es cuando esa energía con tonalidad de dolor se puede transformar a su vez en otra con otra tonalidad, más hacedora y constructora de un nuevo proyecto que dé un nuevo sentido al vivir.

En el delicado proceso de acompañamiento en el duelo, en su momento oportuno, pueden resultar útiles preguntas como las siguientes:

¿Cuáles son las palabras que mejor describen tu estado de ánimo?

¿Qué crees que Pablo te diría al ver tu estado de ánimo?

¿Qué es lo mejor que puedes hacer para respetar y honrar todo lo que has vivido y aprendido con Pablo?

¿Cuáles son tus recursos para ello?

¿Qué recursos vas a solicitar de otras personas?

¿Qué puedes hacer hoy, mañana, la semana próxima, el mes próximo?

Según Elisabeth Kübler-Ross y David Kessler, el proceso de duelo consta de cinco fases: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación.

Según José Carlos Bermejo y Consuelo Santamaría, de Los Camilos, el duelo pone en nuestra vida una gran verdad. 

Reclama, desde la soledad radical que lo caracteriza, una profunda reflexión sobre la limitación de nuestra condición, sobre nuestros vínculos y sobre el valor del instante, que siempre puede ser el último.

Reclama elaborar el dolor sanamente. Los emotivos testimonios y las pautas recogidas en su libro “El duelo” buscan ser una luz en la oscuridad, un consuelo, una esperanza que invita a trascender lo que vemos y sentimos.

Las Constelaciones Familiares son un potente recurso para procesar, limpiar, desbloquear, reconciliar y cerrar los duelos que se lentifican, que se paran a medio camino o se eternizan; y así, liberar al doliente de pensamientos, creencias y energías tóxicas que complican la vida.

Describo a continuación dos casos reales:

Elena (E), 63 años, siente un profundo malestar, sobre todo desde la muerte de su padre. ¿Qué hechos importantes están relacionados con tu padre? Pensaba que era el propietario del cuerpo de sus hijos e hijas, y en base a ello, actuaba. Llora. Le pido que elija entre los participantes del taller abierto, a un representante para ella (RE) y otro para su padre (RP), y los posicione. Los coloca enfrentados. RE no puede mirarle, mientras que RP la mira agitada y fijamente. Al preguntar a RP por lo que le ocurre, dice que siente una indescriptible y fuerte exacerbación y tentación sexual hacia RE. Pregunto a E: ¿Qué ocurrió con tu abuela paterna? Tuvo tres hijos, y durante la Guerra Civil tuvo que hacer de todo para sobrevivir. Pido a E que elija a un representante para su abuela paterna (RAP). E posiciona a RAP detrás de RP. No sucede nada. Doy media vuelta a RP, de manera que RP da ahora la espalda a RE y encara RAP. Se produce un largo silencio. Al final, RAP mirando a RP, le dice: ”Tú eres el resultado de una violación”. Los ojos de Elena se abrieron como platos, lloró, espiró en profundidad, su semblante cambió radicalmente y dijo: ”Ahora todo tiene sentido”. La constelación terminó con un abrazo de los tres representantes RE, RP y RAP. Elena se vació de su miedo y de su rencor hacia su padre. Se fue aliviada.

Ana, 54 años, extranjera, vino mal vestida y con un aspecto descuidado al primer taller abierto de un curso compuesto de varios. Hacía años que había dicho a su marido y a sus dos hijos que no fueran a un determinado lugar. Fueron y los asesinaron. Su dolor salía por los poros. Le pedí que eligiera y posicionara a los representantes de su marido, de sus dos hijos y de dos asesinos. Ella se puso de rodillas ante su marido e hijos, tendidos en el suelo. Tocándolos con sus manos, lloró desde lo más hondo de su ser. Luego se levantó y encaró a los representantes de los dos asesinos. Les dijo: “Ahora os puedo ver, formáis parte de mi sistema (por el fuerte vínculo emocional de odio y venganza que mantenía con ellos) y os podéis ir cuando queráis”. Se produjo un largo silencio, durante el cual nadie se movió. Después, sin mediar palabra, los representantes de los dos asesinos se giraron y salieron de la sala donde se realizó la constelación. Ana lloró hasta vaciarse del dolor de su múltiple pérdida. Había logrado iniciar el movimiento de cortar el cordón emocional de rabia y resentimiento que la había mantenido hasta entonces presa y atada a los asesinos. Al mes siguiente no vino. Tampoco al otro. Al cuarto mes asistió de nuevo como participante. Pero esta vez, arreglada y vestida con colores alegres.

Las Constelaciones Familiares constituyen un novedoso y potente saber hacer.

Al utilizar otras formas de mirar, pensar, sentir, decidir y hacer, ayuda a las personas y a los sistemas humanos a los que pertenecen a lograr cambios sustanciales y positivos, y a salir de situaciones difíciles persistentes.

Constelaciones Familiares: ¿qué es el autosabotaje y cómo identificarlo?

¿Cuántas veces he tratado de alcanzar un sueño, lograr un objetivo o hacer algo, y no lo he conseguido? Es posible que con una cierta distancia temporal y emocional, descubra que muchos de mis “fracasos” se debieron a mi personal manera de actuar. Pero en aquellos precisos momentos, no me di cuenta de que me estaba auto saboteando. Pocas personas saben que lo padecen.

Ejemplos de autosabotaje:

  • Por fin he podido quedar con alguien que me gusta mucho. Llegado el momento, me pongo enfermo o entro en pánico y no acudo a la cita.
  • He discutido con mi pareja, le he comprado un pequeño regalo y se me olvida en casa o en el lugar de trabajo.
  • Estoy esperando una llamada muy importante para mí y se me olvida dejar mi teléfono móvil cargado y encendido.
  • Me preocupa tanto la opinión o la crítica de los demás, que nunca hago lo que a mí me gusta hacer.
  • Voy a una entrevista de selección y sin saber por qué ni cómo, digo un despropósito, entro en contradicción o revelo algo de mí que no quería mostrar. A raíz de ello quedo eliminado.
  • Me inscribo en un curso, pierdo el autobús el primer día y llego tarde, o falto a muchas clases.
  • Hago un trabajo muy importante para mi futuro pero de pronto me disperso en mil cosas, como cambiar la instalación eléctrica de la casa, buscar actividades para el verano de mis hijos, llevar el coche al taller, etc.
  • Me he entregado en cuerpo y alma a un proyecto y lo dejo justo en la recta final.
  • Empiezo firmemente una dieta para adelgazar y sucumbo al primer pastel que veo, o al cabo de una semana me concedo el homenaje de un gran atracón o la interrumpo constantemente diciéndome que mañana la empiezo de verdad.
  • El médico me ha recetado un tratamiento y curiosamente se me olvida con frecuencia tomar mis medicinas.
  • Dejar de fumar es muy fácil porque lo hago todos los días. Y también lo es porque lo retomo diariamente.
  • Ahorro dinero para comprarme un coche nuevo, y cuando ya casi lo tengo, me lo gasto en un viaje.

Puedo pensar que un olvido, perder el autobús o llegar tarde, es algo frecuente y normal en esta época de tráfico denso y estrés, y que no necesariamente ha de significar que me estoy autosaboteando. Puede ser cierto si sólo me sucede muy de vez en cuando y si casi siempre logro mis objetivos. Pero si me sucede con frecuencia que no los alcanzo a pesar de mis considerables esfuerzos, tengo sobrados indicios para pensar que me estoy autosaboteando.

Todos estos hechos reales son síntomas de que algo no va bien en mí. Pero desconozco sus raíces, sus causas, y menos aún, sus posibles soluciones.

Mientras estoy saboteando mis intentos por triunfar, mi mente ya está dando vueltas y vueltas para justificar que estoy tomando la mejor decisión, mi mente ya busca afanosamente razones (aparentemente lógicas) para mantenerme en mi inconsciencia, porque así se ocupa, justifica su existencia e intenta mantener su poder sobre mí. Y de esta manera intenta hacerme creer:

  • Que tengo mala suerte.
  • Que soy víctima de la crisis, de las circunstancias, de mi entorno.
  • Que lo que me he fijado lograr, es demasiado difícil.
  • Que la culpa de mis errores o fracasos la tienen los demás.
  • Que los otros se aprovechan de mí o ponen piedras en mi camino.
  • Que olvidarse de las cosas le puede ocurrir a cualquiera.
  • Que destrozar mi dieta, volver a fumar o gastarme el dinero ahorrado para otro fin, fue simplemente porque no lo pude evitar o por mi falta de voluntad.
  • Que si no me dio tiempo de hacer lo que tenía que hacer, fue porque tal actividad se alargó de forma imprevisible y fuera de mi control, etc.

Pero la solución no está en el ámbito mental y racional, aunque puede ayudar bajo determinadas condiciones.

¿Qué me autosabotea?

Según la teoría de la “Irracionalidad Humana» de Ellis, hay algo en la naturaleza del ser humano, que denominó «conducta neurótica», que le impulsa a sabotear su felicidad de manera frecuente.

Según Aaron, el sufrimiento subjetivo se basa en que las personas realizan interpretaciones inadecuadas (incorrectas, exageradas o incompletas) al procesar la información ambiental, lo que les genera problemas emocionales e interpersonales.

Según las teorías sobre el “Apego” de Bowlby, las causas del autosabotaje son las pautas disfuncionales aprendidas en la infancia.

Según Adler, nos saboteamos por causa de traumas adquiridos en la infancia. Supuso que los niños aprenden a sentirse invalidados, humillados, subestimados, a nivel familiar y social y que esto los impulsa de por vida a ciertas formas de defenderse ante las excesivas demandas de perfección, cercanía o dependencia de los padres; por ejemplo, a esforzarse y hacerse valer, para demostrar que son valiosos. Es en este contexto mental y emocional, cargado muchas veces de resentimiento y ansiedad, que los sujetos desarrollan formas patológicas de comportamiento.

El miedo puede ser una causa del autosabotaje. Si bien puedo decir e incluso creer que quiero lograr algo, interiormente y de manera no muy consciente, puedo tener miedo:

  • Al cambio, porque implica enfrentarme a lo desconocido y eso me angustia.
  • Al éxito y a las responsabilidades y obligaciones que se derivan del mismo.
  • A terminar desmoralizado/a y sin fuerzas si no sale bien. No confío en mí.
  • A las pérdidas materiales e inmateriales que se pueden producir si alcanzo mis metas, como alejarme de mi familia, renunciar a ciertas actividades, generar envidias en algunos, perder las relaciones con mis mejores amigos, etc.
  • A demostrar mi capacidad, porque cuando se den cuenta de ella, unos me van a exigir más, otros van a esperar demasiado de mí, y entre los que me ayudan y apoyan, puede que algunos ya no lo hagan y se alejen.

Una baja autoestima también puede ser una causa del autosabotaje.

Suele manifestarse a través de expresiones del tipo: «Soy incapaz de hacer, lograr o tener éxito». Pienso que no me merezco tener éxito, por lo tanto, no me esfuerzo lo necesario para lograrlo. El autosabotaje simplemente refuerza y/o refleja mi forma de pensar.

No soy consciente de mis verdaderos deseos y necesidades. Las metas que tengo no son mías, me las imponen, me pueden rechazar si no las acepto o las persigo sólo para gustar a alguien. En estos casos, no estoy suficientemente motivado para hacer el esfuerzo necesario.

En base a su observación experimental, Yagosesky distingue tres mecanismos frecuentes e identificables de autosabotaje:

El autoengaño: Yo valoro de forma imprecisa mis fortalezas o debilidades, mis posibilidades o amenazas, lo que me lleva a tomar decisiones inadecuadas y a padecer resultados indeseados, a veces desastrosos. Desde el autoengaño, yo puedo imponerme metas inalcanzables o sentirme muy especial para los demás, aunque las evidencias digan lo contrario.

La autoinvalidación: Yo pienso negativamente sobre mí mismo, y actúo de manera coherente con esos pensamientos, lo que limita mis éxitos y recompensas emocionales. La autoetiquetación negativa y el pesimismo son frecuentes en mí.

El autoabandono: Yo me ignoro, me olvido de mí mismo y por lo tanto descuido las acciones de autocuidado requeridas para la preservación de la vida, la salud y la buena imagen social. El déficit de aseo, el desorden y la improvisación, caracterizan este mecanismo de autosabotaje.

Desde otra perspectiva, Barda describe los cuatro tipos de autosabotaje más frecuentes:

No acabar las cosas: Empiezo muchas cosas y las dejo a medias, o bien le dedico mucho trabajo y esfuerzo a algo y cuando estoy a punto de acabar, lo abandono con cualquier excusa. Si nunca acabo nada no tendré que enfrentarme a la posibilidad de fracasar, de no estar a la altura, de cometer errores, o a la posibilidad de no saber lidiar con el éxito. Claro que tampoco descubriré el placer de conseguir mis objetivos y de demostrarme a mí mismo que sí estoy a la altura, que soy competente e inteligente.

Posponerlo todo hasta el último minuto (procrastinar): La razón “oculta” es sencilla…si lo dejo todo para el final y no me esfuerzo todo lo que puedo, siempre tendré esa excusa si las cosas no salen del todo bien, es una especie de escudo protector de mi supuesta ineptitud. No sea que le dedique todo el tiempo y esfuerzo, no salga perfecto y se descubra que no soy competente. Por supuesto, también hay otras razones como que simplemente no me gusta nada la tarea, y la retraso lo máximo posible. Pero, en general, es miedo al resultado final.

Perfeccionismo: Ese viejo conocido…O está perfecto o no lo hago, para mí si no está perfecto está mal y empleo (o más bien pierdo) muchísimo tiempo en revisiones, en aprender más. Con esto consigo no acabar las cosas y estresarme. Como no sé hacer esto a la perfección, no lo hago (evito correr el riesgo de fracasar o de no estar a la altura), hasta que esto no esté perfecto no lo envío (horas innecesarias de trabajo y estrés). La solución no es fácil pero es sencilla: arriesgarme. Primero con pequeñas cosas, para ver que no pasa nada si no es perfecto, que bueno es suficiente y que es mejor tener las cosas en marcha que tenerlas paradas esperando a que sean perfectas. Se puede conseguir. A veces me saldrá mejor, a veces peor, es normal. Nadie es perfecto y es muy cansado aspirar siempre a la perfección.

Poner excusas: Soy demasiado mayor, soy muy joven, no tengo dinero, las cosas están muy mal, no tengo tiempo…Son simples disfraces del miedo. De sobra sé que hay personas de todas las edades que han conseguido lo que se han propuesto, y sé que cuando algo es importante para mí, encuentro el tiempo y la forma de conseguirlo. Hago de mi objetivo mi prioridad y me dejo de excusas.

Estas son algunas de las estrategias que utilizo para sabotearme. Tienen su beneficio: me protegen del fracaso, de no quedarme en ridículo y de todos mis miedos, pero también tienen su precio. Lo importante es que yo sea consciente de las estrategias que utilizo, del miedo que se esconde detrás y del precio que estoy pagando. En cuanto me descubra poniendo en práctica alguna de estas estrategias me preguntaré por qué me estoy comportando así y qué precio estoy pagando. ¿Si no tuviera miedo y supiera que no puedo fracasar, qué haría? Pues me dejo de excusas y lo hago. Bien, pero ¿Cómo?

¿Qué hacer?

Cuando me autosaboteo, no me doy cuenta de que lo estoy haciendo y mucho menos de por qué lo hago. El autosabotaje es el grito manifiesto de un conjunto de emociones reprimidas y no aceptadas acerca de mí mismo que han ido adquiriendo una gran fuerza desde la sombra. Precisamente es esta sombra o inconsciente quien toma el control de mis comportamientos reales de una forma inoportuna, inesperada, desagradable y a veces brutal. Son precisamente estas conductas inapropiadas las que me invitan a mirar justo hacia el lugar dentro de mí donde no me apetece mirar ni explorar. Pero es justamente en mi inconsciente donde está la clave.

¿Cómo hacer?

Desde la visión sistémica, las Constelaciones Familiares son de gran utilidad para desmontar las estrategias de autosabotaje.

La más corta constelación que recuerdo haber realizado fue aquella en la que Petra planteó su dificultad para encontrar trabajo y su obsesión por la perfección. Le pedí que sacara a dos representantes para la perfección y la imperfección, y que luego se colocara ella en relación a las dos. Su reacción fue inmediata. Me dijo: ¡Pero si son mi padre y mi madre! ¡Ya no necesito más!

Juan vino a constelar su dificultad para terminar sus estudios. Le pedí que sacara representantes para:

  1. Él.
  2. Su situación actual.
  3. Su situación deseada (estudios recién aprobados).
  4. El beneficio inconsciente de no alcanzar su situación deseada.
  5. Tareas a realizar una vez alcanzada la situación deseada.

La Constelación Familiar permitió a Juan ver en poco tiempo que su beneficio era quedarse en casa de sus padres hasta aprobar y que sus tareas posteriores serían dejar la universidad, buscar un trabajo, trabajar y afrontar su proyecto de vida.

El desbloqueo se produce cuando hacemos consciente esta parte de nuestro inconsciente relacionado con el asunto planteado.

Constelaciones Familiares: las emociones en la familia.

Nuestra familia es la primera y para muchos la mayor fuente de emociones en nosotros. Unas nos hacen sentir alegría y felicidad. Otras, tristeza, ira, odio, asco, miedo. Me centraré en estas últimas, en esas que suelen complicarnos la existencia, y que, precisamente por esta razón, son de las que más podemos aprender y experimentar una mayor satisfacción, si logramos abrirnos a ellas.

Cuando un hecho importante y doloroso nos sucede, si podemos procesarlo emocionalmente, nos queda su memoria, pero no su energía. Pero si la magnitud del hecho es muy superior a nuestra capacidad de procesamiento, y además nos sorprende, lo vivimos en soledad y no podemos expresarlo; entonces para sobrevivir en el momento que nos sucede, deslizamos sigilosa e inconscientemente su memoria y su energía asociada a ese recóndito refugio sagrado que es nuestro inconsciente.

En este segundo caso, hacemos lo mismo que con una hipoteca. Resolvemos el presente a costa de hipotecarnos parte o todo nuestro futuro.

Nos libramos de la hipoteca cuando devolvemos todo el capital y todos los intereses. Nos libramos de la emoción de ira, miedo, etc., que nos complica la vida cuando logramos soltar su energía de nuestro inconsciente. Las Constelaciones Familiares constituyen una metodología muy eficaz para proceder a este tipo de liberación.

Estos hechos importantes y dolorosos nos pueden suceder e impactar en vida. Muchos de ellos tienen lugar durante nuestra infancia, en la que no hemos tenido aún tiempo suficiente para pertrecharnos de los recursos necesarios para procesar las emociones generadas por aquellos.

Los casos siguientes muestran la importancia de las emociones generadas en familia y cómo las Constelaciones Familiares contribuyen a encontrar soluciones:

El caso de Ana. Cincuenta años. Sin pareja, adoptó una niña extranjera con siete años, ahora tiene trece. Le preocupa su confusión y su falta de fuerza en relación al comportamiento alterado y desconcertante de su hija. Las adopciones no suelen ser actos de generosidad, sino más bien actos que inconscientemente buscan compensar una profunda necesidad insatisfecha del potencial adoptante. Pregunto a la mujer por sus padres. No encontró el afecto deseado en ellos. Según ella, su padre era débil, ido y bebedor social, sin llegar al alcoholismo. Su madre, fría. Al explorar sus respectivas vidas, se vio que la relación entre sus padres fue difícil. Sufrieron dos abortos naturales. Perdieron a su tercer hijo después de un mes de nacer. Más tarde vino su hermano y luego ella. El trabajo sistémico, en sesión individual, permitió mostrar también la muerte de dos hermanos del padre durante la Guerra Civil y la muerte trágica de un hermano de la madre. También consideró el abandono, los padres biológicos y una hermana de la hija, la parte niña herida de Ana, tanto su ira como la de su hija, una posible pareja, la armonía familiar y ¡el gato!, elemento clave y calmante cuando la relación se tensa entre Ana y su hija. Una vez recogida toda la información esencial, la Constelación Familiar resultante permitió visualizar los desórdenes existentes, las diversas opciones y elegir la mejor. Asimismo, se efectuaron los actos de integración, inclusión y reconciliación necesarios y se ordenó el sistema. Después de una potente liberación de emociones, dimos la Constelación Familiar por terminada ante la serenidad, fuerza y aquiescencia de Ana.

El caso de María. Cincuenta y ocho años. Vive en el extranjero. Mi relación de ayuda sistémica con ella es sólo telefónica. Es la segunda de tres hermanos y la única excluida por su familia. Su padre vivió una infancia llena de hechos dolorosos. Padeció asma. Su comportamiento tocaba los extremos, el todo o nada, el incesto y reacciones explosivas. El Alzheimer alcanzó a su madre. Curiosamente, su marido es una repetición de su padre. Constituyeron una empresa exitosa hasta que María, siendo su directora, cayó gravemente enferma. Cerró la empresa. No se veía con fuerzas para seguir. Las relaciones tóxicas con sus padres, con sus hermanos y con su marido la agotaban. Su hijo e hija quedaron bajo su influencia y manipulación. Se divorció. Sus intentos por comunicarse y relacionarse con su hija, que la evita y rechaza, han sido fallidos hasta hoy. Su hijo ha optado finalmente por ser excluido y salirse de ese infierno. Los temas económicos pendientes con su familia están aún bajo juicio. El trabajo sistémico con María ha consistido en recoger información, acoger sus emociones, sentirlas, ver y reconocer sus orígenes, ver y reconocer que un 50% suyo procede del sistema familiar de su padre y que el otro 50% suyo procede del sistema familiar de su madre, que gracias a todos ellos, y a pesar del dolor sentido, María tiene el privilegio de vivir. Desde esta nueva posición, puede decir a cada uno de ellos: “Gracias por vuestra exclusión. Gracias a ella me habéis protegido de vuestra locura”. Después de este acto final de reconciliación, la paz y la energía se han instalado en María. Su experiencia única y su formación especial son esenciales ahora en sus eficaces procesos de acompañamiento a personas en crisis.

Rosa, con 32 años, vino a constelar en taller abierto con la intención de comprender sus relaciones difíciles con su padre y mejorarlas. Diversas dinámicas del trabajo sistémico que se realizó, permitieron satisfacer su intención inicial. Pero su Constelación Familiar dejó un interrogante sin contestar: ¿Qué miraba Rosa que la dejó tan absorta? Curiosamente, un año después, Rosa descubrió “por casualidad” que tenía un hermanastro por parte de su padre. Cuando la primera pareja del padre se dio cuenta que estaba embarazada, desapareció sin decir nada. Socialmente no estaba admitido. Al cabo de unos años, ella volvió a su ciudad. También su hijo. Pero aún hoy, el padre de Rosa desconoce su primera paternidad. Su actual esposa y madre de Rosa, también. Rosa tuvo un primer novio. Luego, lo dejaron. Ahora ha descubierto que su primer novio fue su hermanastro. Un día, Rosa tanteó a su padre ¿Y si hubieses tenido un hijo? Pero, ¡Qué preguntas haces! ¡Yo estoy muy contento con vosotras dos! Creo que no hace falta insistir en las emociones implicadas en este proceso y en esta familia. Hoy, Rosa, depositaria de un secreto familiar, se plantea qué es lo mejor que puede hacer. Su mayor nivel de conciencia le ayudará a encontrar la mejor acción.

Las Constelaciones Familiares constituyen un novedoso y potente saber hacer que, al utilizar otras formas de mirar, pensar, sentir, decidir y hacer, ayuda a las personas y a los sistemas humanos a los que pertenecen a lograr cambios sustanciales y positivos y a salir de situaciones difíciles persistentes.

Paradójicamente, las Constelaciones Familiares ayudan a encontrar soluciones sencillas a situaciones complejas.

Constelaciones Familiares: depresión y tristeza sin causa aparente.

La depresión está cada vez más presente en nuestra sociedad. En base a sus datos, la Organización Mundial de la Salud, la ha denominado «la mayor epidemia del siglo XXI».

Muchos podemos caer o ya hemos caído en las garras de la depresión. El tiempo no cura. Avergonzarnos y esconderla nos esclaviza; sufrirla nos corroe. Hay mejores opciones. Las Constelaciones Familiares es una de ellas.

Veamos, antes de continuar, algunos de los síntomas a través de los cuales se manifiesta la depresión:

  • Tristeza, sentimiento de vacío.
  • Cansancio, pérdida de energía.
  • Pérdida de todo interés por casi todas las actividades.
  • Sentimiento de desvaloración.
  • Pesimismo, pensamientos negativos.
  • Rumiaciones ansiosas.
  • Insomnio o todo lo contrario.
  • Trastornos de concentración y de memoria.
  • Ideas suicidas.

No es lo mismo estar triste que estar deprimido. La tristeza en una persona no le impide levantarse todos los días, comer, andar, trabajar y tener amigos. Su vaso lo ve medio lleno porque a pesar de su tristeza, está en la vida. La tristeza se mueve en el ámbito psico-emocional y mental y puede estar ligada a la pérdida de un ser querido, por ejemplo.

Recuerdo el caso de una mujer profundamente triste de unos sesenta años. El trabajo sistémico exploratorio que realizamos nos llevó hasta su nacimiento, en el que descubrimos que también nació su hermano gemelo, pero muerto. Aquel viaje a su inconsciente nos dio la clave. Durante los nueve meses de embarazo, su embrión en desarrollo convivió estrechamente con el de su hermano en el volumen contenido del vientre materno. Cada vez que ella quería mover su brazo necesitaba que su hermano le dejara el espacio necesario realizando un movimiento simultáneo para ocupar el espacio equivalente vaciado a su vez por ella.  

Así, durante nueve meses de gestación se crean unos vínculos profundos entre gemelos. Si uno desaparece, el otro se queda sin su compañero entrañable. Este corte radical de comunicación y relación con el otro produce mucho vacío y dolor. Dado que un bebé no dispone de recursos para soltarlo, lo aparca en su inconsciente. Mientras el dolor de la pérdida se mantiene inconscientemente ahí, la tristeza es el síntoma que da testimonio de su existencia y que nos dice: ¿qué tenemos que aprender y resolver? Hay personas que necesitan más de sesenta años para encontrar su respuesta. Cuando ella se dio cuenta de su implicación, su cara se transformó y se iluminó.

Hemos visto de qué se trata la tristeza, pero entonces: ¿en qué se diferencia con la depresión?

En que además del ámbito psico-emocional y mental, la depresión se extiende al corporal, hasta la enfermedad. La persona que la sufre suele perder su impulso vital. El depresivo no suele llorar. Quien llora es el triste. El dolor de la persona depresiva es intenso y extendido. No avisa de sus acciones. Puede abandonar sus obligaciones de pareja, del hogar y del trabajo. Y en muchos casos, se aleja tanto de ellas que pone en peligro su propia vida o la de las personas que tiene a su lado.

¿Cuántas veces hemos oído afirmar desde la ignorancia que la persona depresiva “no quiere” asumir sus obligaciones? Es fácil criticar lo que se desconoce. Enjuiciar y criticar no sirve. Albert Einstein decía sabiamente: «Los problemas no pueden resolverse desde el mismo nivel de conciencia en el que fueron creados». De esta forma, yo prefiero creer que “no puede” asumirlas. Y así, puedo acompañar a la persona en depresión a buscar sus causas y posibles soluciones. Para ello me baso en las siguientes hipótesis:

  1. Cada emoción está compuesta por una memoria y una energía asociada.
  2. Cada uno de nosotros somos portadores de un cierto paquete de emociones reprimidas por lo dolorosas que fueron en su día, generadas en mi vida o procedentes de las vivencias no resueltas por los antepasados de mi sistema familiar y tomadas inconscientemente por cada uno.
  3. Por tanto, cada uno de nosotros lleva en su inconsciente un ramillete de energías de aquellas emociones de tristeza, ira, miedo, etc., que aún no hemos liberado.
  4. La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma.
  5. La energía puede transformarse en materia, y viceversa.
  6. La energía es el lazo de unión entre nuestro cuerpo, mente, emociones, alma y espiritualidad; y también con los demás y con el universo.
  7. La energía que llevamos cada uno de nosotros es personal y única.
  8. Esa energía específica puede interferir en los procesos y en las reacciones biológicas de nuestro cuerpo, facilitando unas y frenando otras por aquello que hay reacciones exotérmicas, neutras y endotérmicas, y producir desequilibrios, desórdenes y enfermedades.
  9. El cuerpo es, pues, el receptor de todas las emociones que no hemos sabido resolver antes. Si bien la enfermedad puede ahondar la depresión, también puede ser el detonante que nos lleve hacia la salud.
  10. No necesitamos enfermar para elevar nuestro nivel de consciencia, reaccionar en positivo y soltar todas esas cargas inconscientes que nos complican la existencia. Prevenir es menos doloroso y más humano, vital, dichoso, pleno y barato.
  11. Nunca es tarde para resolver, aliviar, reconciliar y encontrar la paz. Los profesionales de los cuidados paliativos lo saben muy bien.

Las Constelaciones Familiares muestran que la depresión puede estar provocada por un sentimiento de vacío.

Champetier de Ribes: “A la persona que la sufre, le falta respetar, amar y tomar a alguien de su sistema familiar con quien está identificado, el cual, vivió hechos dolorosos que no pudo procesar. Es probable que este antepasado rechazara tomar a su madre, y por tanto, la vida. En este caso, la persona deprimida tampoco toma a su madre, por transferencia”.

Hellinger: “La sensación de estar completo brota cuando cada uno que pertenece a mi sistema ha recibido su lugar en mi corazón. Éste es el auténtico sentido de estar completo. Sólo desde esta plenitud, la persona se halla libre para desarrollarse. Aunque sólo falte uno de los que forman parte de su sistema, la persona se siente incompleta”.

Las personas coléricas e irritables pueden esconder a una persona deprimida ¡Y al revés! La depresión puede esconder una profunda ira, resultante de hechos tan dolorosos como el abandono, el rechazo o la traición.

Si la depresión lleva al deseo de morir, puede ocultar la existencia de una energía asesina que merodea por el sistema familiar por las razones que fueran. En este caso, la depresión y los intentos de suicidio son modos de redimir las pulsiones nacidas de aquella, cuyas causas se pueden explorar y encontrar.

Comentaré otra situación. El caso de un hombre de 35 años con un enorme malestar.

Vino a un taller de Constelaciones Familiares. Lo sufría, pero desconocía la causa. Su nacionalidad era alemana y vivía en España. Durante el trabajo sistémico apareció su abuelo paterno, quien ejerció de oficial de las SS nazi durante la Segunda Guerra Mundial. La relación entre ambos se mostró difícil. Su nieto rechazaba sus actos, lo despreciaba, y al hacerlo, despreciaba un 25% de sus propios orígenes, se despreciaba a sí mismo. ¿Qué hacer ante tal legado? Tras diversos movimientos y ante un representante de su abuelo, su nieto le pudo decir: “Querido abuelo, hicieras lo que hicieras, continúas siendo mi abuelo”. Se produjo una explosión emocional, lloros profundos y abrazo. El nudo se deshizo. Después de esta reconciliación, vino la serenidad y la paz.

Las Constelaciones Familiares constituyen un novedoso y potente saber hacer que, al utilizar otras formas de mirar, pensar, sentir, decidir y hacer, ayuda a las personas y a los sistemas humanos a los que pertenecen a lograr cambios sustanciales y positivos y a salir de situaciones difíciles persistentes.

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