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Recursos Lúdicos.

Una herramienta de Risoterapia para Formadores.

El juego es un mecanismo natural que despierta la curiosidad, es placentero y nos permite adquirir capacidades imprescindibles durante toda la vida para desenvolvernos mejor en el mundo. Es, en sí mismo, un vehículo de socialización y una forma de comunicación y de diálogo. Ahora bien, ¿por qué en determinado momento dejamos de jugar? Donald Winnicot, el famoso pediatra y psicoanalista inglés, decía: “es en el juego y sólo en el juego que el niño o el adulto como individuos son capaces de ser creativos y de usar el total de su personalidad, y sólo al ser creativo el individuo se descubre a sí mismo».

Y entonces, ¿qué tal si volvemos a jugar?

Esta es la propuesta y el espíritu con el que Isolda Cárdenas ha concebido este Curso de Recursos Lúdicos para Formadores, que ella misma facilita a través de Espai Dodecaedre. Entre otras cosas, apunta a que las/os participantes puedan aprender y nutrirse de recursos lúdicos provenientes de la risoterapia y el juego expresivo para aplicar en el aula. Pero además, todas las dinámicas de la formación invitan a jugar, a vivir en primera persona ese estado de alegría, creatividad y serenidad que permite a las/os formadores oxigenar, revitalizar la pasión de la vocación y aplicarla a la práctica profesional. 

Por todo ello, este curso aborda el juego sobre cuatro ejes fundamentales:

1. Como facilitador del desarrollo integral.

Como seres humanos nos desarrollamos e interactuamos con otros naturalmente a través del juego. No obstante, como mencionábamos al inicio de este artículo, en un momento dado dejamos de jugar. Esto ocurre porque la educación, aún hoy y en muchísimos casos, sigue orientada para que desarrollar el aspecto cognitivo del alumnado. Sin embargo, tanto la Teoría de las Inteligencias Múltiples desarrollada por Gardner como el concepto de Inteligencia Emocional desarrollado por Daniel Goleman, nos hablan de una diversidad de inteligencias y de una serie de habilidades que son tan o más importantes que la inteligencia intelectual.

Es el juego, efectivamente, el que nos permite desarrollar diferentes y diversas capacidades tan importantes como el conocimiento y, de hecho, también favorecen su desarrollo. La curiosidad, por ejemplo, no es ni más ni menos que la búsqueda de saber, de aprender, de explorar, etc. Por ello, los recursos lúdicos no son una asignatura aparte, sino que son transversales a la adquisición de conocimientos, a la solución problemas, al afrontamiento de situaciones y a las relaciones que se establecen en aula. 

2. Como generador de climas psicoafectivos.

El juego aporta una mirada y una actitud más inocente. Entre otras cosas genera risa y alegría que se contagian, acercan, invitan a compartir, libera de prejuicios y promueve la aceptación. También ayuda a recobrar el contacto físico que necesitamos como especie y que como personas adultas no nos lo permitimos en el día a día.

Y todo esto, tiene un impacto importantísimo en el cerebro. La risa y la alegría liberan endorfinas -también llamada la hormona de la felicidad-,  y los abrazos, las palabras y los gestos de reconocimiento generan oxitocina, hormona que reduce el estrés y mejora el bienestar físico y emocional. Todos ellos, estados que favorecen el aprendizaje y promueven la construcción de vínculos saludables.

3. Como un estado vital.

En cierta forma se trata de recuperar el estado del juego, que es el estado en el que están los niños, pues sólo desde allí un/a educador/a puede implicarse en todo con una actitud de curiosidad, de alegría y entusiasmo. Incluso frente a un resultado adverso o una dificultad, el juego como actitud vital nos aporta una mirada renovada para descubrir y nos da flexibilidad para explorar nuevas y creativas formas de enseñanza-aprendizaje.

Desde este estado vital, las/os docentes también se adaptan mejor a las necesidades y al carácter particular de cada grupo de alumnos y alumnas y de cada aula. Entre otras cosas porque están más inspirados, más entusiasmados y mucho más predispuestos a disfrutar. Bernard Shaw decía que “no se deja de jugar porque se es viejo, sino que se es viejo porque se deja de jugar».

4. Como actitud lúdica del formador.

Esta actitud lúdica es la que permite al personal de la educación estar presentes, abiertos y receptivos con los grupos. Como señalábamos párrafos antes, les facilita responder a este nuevo paradigma educativo en el que los procesos de enseñanza-aprendizaje resulten mucho más significativos.

Porque lo cierto es que cuando una/o, en cualquier ámbito, está en un estado de creatividad utiliza todos los recursos de los que dispone para nutrirla y manifestarla. Es decir, usamos los recursos que aprendemos y los tomamos para crear, pero sin competir -que es el espíritu del juego expresivo-; simplemente porque hemos conectado con nuestra motivación intrínseca para hacerlo.

Entre otras cosas, este curso facilita a las/os educadores:
  • Recuperar el juego como generador de la motivación, el aprendizaje significativo y la cohesión grupal.
  • Experimentar el potencial de la actitud lúdica para la dinamización de grupos.
  • Adquirir recursos lúdicos para utilizar en las sesiones formativas.
  • Aprender a ver el mundo desde otra perspectiva -siendo en todo momento conscientes de la realidad- y transmitir esta nueva visión en nuestros entornos laborales.

Y sobre todo para revitalizar la pasión por la vocación y por la práctica profesional.

¿Jugamos?

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