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Gestión espiritual en la empresa: un cambio de actitud y de resultados.

La VII Encuesta de Adecco sobre “La Felicidad en el Trabajo” en la que se ha entrevistado a más de 3500 trabajadores españoles, revela que el 64% de ellos estaría dispuesto a sacrificar salario en beneficio de su felicidad laboral. Es decir, un buen salario es un factor importante, pero no es el único. Quienes se sienten más satisfechos son aquellos que valoran más los aspectos intrínsecos del trabajo -también llamado el salario emocional; es decir, hacer algo que a uno le gusta, que esté en línea con sus capacidades y valores y que le permita establecer relaciones sanas con los demás. En otras palabras, un trabajo en el que pueda disfrutar, fluir y encontrar un sentido y un propósito.

Para comprobar todo aquello no tenemos más que mirar a nuestro alrededor. De hecho, observando la realidad de hoy, podemos concluir rápidamente en que las personas no están satisfechas con un trabajo que simplemente les permita pagar el alquiler, cambiar el coche cada cierto tiempo o salir de vacaciones una vez al año. O sí, pero la mayoría de ellos se ha dado cuenta de que todo aquello supone cuestiones efímeras y, por ello, son cada vez más quienes buscan desconectarse del ruido y trascender los límites de la individualidad y el exitismo, para conseguir una vida personal, social y laboral más plena y con más sentido.

No obstante, como bien nos señala Ana Isabel Delgado Cánovas, creadora de H2O Organizaciones y Personas, muchas veces cuando los directivos deciden tomar acción para promover el bienestar laboral, consideran el plano físico, mental y emocional de las personas, pero suelen omitir la dimensión espiritual. Sin embargo, ella misma suscribe que sólo es cuestión de explicar la importancia, el impacto y la diferencia sustancial que supone incluir el trabajo espiritual en un programa de humanización empresarialA propósito de esto, Andrew Cohen, un filósofo y guía espiritual estadounidense, señaló mientras daba un curso de liderazgo:

“Para cambiar el mundo y para participar en su evolución, cada individuo tiene que abrir sus propias fronteras. Y cuando lo hace se da cuenta que la evolución se está produciendo a través de él; que no es algo que está fuera, sino que tiene que ver con cada uno de nosotros”.

Y no podemos concebir esa evolución sin espiritualidad. De hecho, todas las personas tenemos una inteligencia espiritual o primordial que se fundamenta en nuestros valores más profundos y es la brújula para la actuación de nuestra inteligencia racional y emocional. Es decir, mientras nuestra racionalidad actúa en el corto plazo para resolver un problema o realizar una actividad, y nuestra emocionalidad actúa en el corto y mediano plazo en la relación con uno mismo y con los demás, nuestra inteligencia espiritual representa el para qué de lo que hacemos; es la que nos conecta con nuestra intuición; con nuestra voz interior. Es cuando no la desarrollamos que nos sentimos insatisfechos y frustrados porque esperamos que todo venga de fuera.

Por ejemplo, en el mundo de la empresa, los líderes de gestión toman decisiones todo el tiempo y están en posición de privilegio para inspirar y contagiar a los demás -o todo lo contrario-. No obstante, si el para qué del líder -es decir, su inteligencia espiritual- está alineada con el para qué de la organización -es decir, su misión y valores- entonces se crea un marco de actuación óptimo en el que confluyen la consciencia individual y la mentalidad de servicio, con la consciencia empresarial y la utilidad del proyecto.

Este escenario es ideal para cualquier empresa y supone un único principio coherente.

Un proceso inicial de profunda introspección para que cada uno pueda comprenderse, aceptarse, conectar con toda su sabiduría interior y desarrollar su inteligencia espiritual o, como bien la hemos llamado párrafos antes, su inteligencia primordial.

En definitiva, ese para qué de las personas está íntimamente relacionado con el sentido de su aportación, independientemente del contexto en el que lo haga. Específicamente en la empresa, que es el ámbito que nos concierne en este artículo, marca esa diferencia sustancial entre tener un empleo -que supone cumplir un horario y prestar servicios a cambio de una remuneración económica- o querer lo que hace en su trabajo –que aunque también implica el horario y la remuneración, los trasciende. Es decir, las personas sienten que su aportación tiene sentido para ellas, para la empresa, para la sociedad y para todo el ecosistema de los que son parte.

Tomando como premisa todas las cuestiones que hemos venido mencionando, nuestra especialista ha diseñado esta formación de Sabiduría y Liderazgo. Su objetivo es facilitar este cambio de paradigma interno hacia la humanización; es acercar la espiritualidad a la empresa desde un prisma humanista, gestionando el cambio del entorno desde el cambio y la sabiduría interior de cada persona.

¿Cómo lo hace? Algunos de los abordajes de esta formación, por ejemplo, tienen que ver con:

  • La gestión del miedo.
  • La sabiduría según el Tao.
  • El Dharma.
  • El poder de la presencia y de la intención.
  • La obstaculización que el ego supone para la felicidad.
  • La conexión con el silencio, con la respiración y la meditación.
  • Liderazgo consciente.

De esta forma, la humanización empresarial y el desarrollo de la inteligencia espiritual de las personas es la respuesta, entre otras cosas, que podría resolver la insatisfacción de ese 64% de trabajadores que arrojaba la encuesta que citábamos al iniciar el escrito.

Humanizar la empresa: gestión espiritual, sabiduría y liderazgo.

A propósito de la humanización, el autor de The Business Romantic, Tim Leberecht, afirma: “Humano describe lo que somos, mientras que humanista significa lo que queremos ser. Un negocio siempre es humano, pero se convierte en humanista cuando busca un propósito que va más allá de sus propias necesidades, como es mejorar la vida y la condición humana.”

En tal sentido, humanizar significa centrar la atención en las personas, que son el eje, el núcleo, el motor de cualquier organización. Cada uno de ellos tiene emociones, inquietudes, pasiones, miedos, motivaciones, valores y propósitos que conviven todo el tiempo dentro del ecosistema empresarial. Ecosistema que, al igual que el micro-ecosistema que supone cada individuo, está sostenido en cuatro pilares básicos: físico, mental, emocional y espiritual.

¿Y que pasa si alguna de las partes del ecosistema no está en equilibrio?  Seguramente, en todo o en parte, más tarde o más temprano, entrará en “caos”. Ese caos, en una persona emerge en problemas de salud, de estado de ánimo, de relaciones, etc. ¿Cómo se traduce esto en una empresa? Podríamos ponerle al “caos” varios nombres: desmotivación, absentismo, ansiedad, falta de compromiso y un largo etcétera.

Ana Isabel Delgado Cánovas, creadora de “H2O, Organizaciones y Personas” como la materialización de un sueño personal, nos simplifica y nos revierte positivamente esta visión sistémica; en tal sentido señala:

“Sólo si miramos a cada persona como una fuerza con una dirección y un sentido, podremos mirar a la empresa como la unión de todas esas fuerzas que rigen en ella”.

Es decir, si todas las personas se sienten parte de una visión y de una misión de negocio y saben cuál es su aportación para llevarla adelante, entonces todo fluye natural y saludablemente con una fuerza poderosa, mágica e inesperada. Por supuesto, esto tiene que ver con el desafío empresarial que supone convertir el trabajo en un escenario privilegiado para contribuir a otros y permitir la evolución personal y colectiva.

Ahora bien, dentro de esa humanización lo que más “ruido” hace a los directivos de aquellos cuatro pilares básicos que mencionábamos con antelación, suele ser la gestión espiritual. En cierta forma, suelen velar por su bienestar físico, mental y emocional, pero suelen concebir erróneamente su dimensión espiritual. Curiosamente (o no), lo ven como si se tratase de algo ajeno a la empresa y ligado a lo íntimo, o como algo que tiene necesariamente una connotación religiosa. Nada más lejos. Ken O’Donnell, uno de los precursores del término espiritualidad, la define como “la capacidad de interactuar de una forma que es la mejor para ti, para los otros y para lo que tratas de hacer”. Es decir, no es una cuestión de religión, sino de creer profundamente en los valores del ser humano

Efectivamente, la gestión espiritual es la que le permite a cada persona tomar conciencia, conectar con el para qué hace lo que hace. Como decíamos párrafos antes, para entender su aportación en la misión, la visión y los valores de la organización.

Y aquí, volvemos a poner la mirada en lo sistémico. Si cada uno en su singularidad aprende a transformarse, a liderarse, a conectar con su sabiduría, con sus valores, sus miedos, con sus creencias y emociones, estaremos contribuyendo a su autoconocimiento y, en consecuencia, a su mejor autogestión. No obstante, producto de conocerse con mayor profundidad, la espiral de bienestar crece y se expande a las relaciones con los demás y en todos los entornos.

Tomando como premisas, entre otras, las cuestiones que hemos venido mencionando, nuestra especialista ha diseñado esta formación de Sabiduría y Liderazgo. Su objetivo es facilitar este cambio de paradigma interno hacia la humanización de la empresa, centrándose en su capital más importante: las personas. Enseñarles a liderar el cambio en el orden único e inalterable: desde dentro hacia fuera y contemplando todas las dimensiones personales.

En tal sentido, el camino supone facilitar a las personas su proceso de introspección para comprenderse y aceptarse. La finalidad es que puedan conectarse con ellos mismos, con su sabiduría interior, con su motivación, con sus luces y sus sombras y con todo su poder personal, para poder desplegar la mejor versión de sí mismos. Un liderazgo consciente que les permita un cambio profundo de comportamiento y de actitud y una mejora cualitativa y cuantitativa en su gestión.

¿Los beneficios para la empresa? Múltiples, pero entre ellos la creación de un ecosistema interno saludable y feliz que se contagia, se expande y se traduce en una imagen empresarial inspiradora.

Cuando ponemos a las personas en el centro y construimos valor con ellos, todos ganan: el trabajador, la empresa, la comunidad, la sociedad y el mundo.

#Reinvéntate

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