Inteligencia Emocional: una competencia fundamental y transversal en la práctica docente.

El liderazgo emocional de los educadores.

Existe cada vez más evidencia científica acerca del papel que juegan las emociones en la vida de las personas, en su desenvolvimiento social y en los aprendizajes. También sobre cómo la educación emocional, entendida como el desarrollo de habilidades de autoconocimiento –autorregulación, empatía, comunicación e interrelación-, supone una competencia fundamental y transversal en la programación educativa y en la práctica docente.

Rafael Bisquerra, autor de varios libros sobre inteligencia y educación emocional, define a esta última como “un proceso educativo, continuo y permanente, que pretende potenciar el desarrollo de las competencias emocionales como elemento esencial del desarrollo integral de la persona, con el objetivo de capacitarle para la vida y teniendo como finalidad el aumento de su bienestar personal y social”. Particularmente en el marco educativo, el desarrollo de las habilidades y competencias de los alumnos relacionadas con el uso inteligente de sus emociones necesita, inexorablemente, de un educador emocional que actúe como agente facilitador activo en esta materia.

Es en este sentido que enfatizamos en la importancia de la alfabetización emocional docente, aunque para que esto ocurra es el educador el primero que tiene que romper con el viejo paradigma cartesiano de la educación tradicional, que señala que lo privativo y distintivo del ser humano es su inteligencia racional. Quino, el creador de la maravillosa Mafalda, profundizaba en esta cuestión señalando que “educar es más difícil que enseñar, porque para enseñar uno precisa saber, pero para educar se precisa Ser”. Finalmente, de esto se trata.

Educación emocional docente aplicada y proyectada.

Aplicada porque entre otras cosas los prepara para desempeñar su rol con energía, coherencia, respeto, serenidad y empatía y, sólo desde ese lugar, pueden proyectar, diseñar y crear oportunidades para que los estudiantes sean los protagonistas del aula y para que tengan un rol activo en la construcción de conocimiento. Un docente que desarrolla su inteligencia emocional aprende a promover naturalmente espacios donde se facilita el trabajo en equipo y la comunicación de ideas; donde hay múltiples oportunidades de participación y de colaboración y en el que se valoran y respetan las ideas de los otros, y en los que el contenido disciplinar y la diversidad es siempre una oportunidad para promover el desarrollo de competencias.

Ahora bien, es ingenuo pensar que un educador trabaja sólo en una escuela y frente a un aula. Con suerte, está inmerso en diferentes ecosistemas educativos conformados por el carácter y/o la identidad particular de cada grupo de alumnos, docentes, directivos y padres. De esta forma, la alfabetización emocional del docente no sólo es un aspecto fundamental para conseguir alumnos emocionalmente más preparados y capaces de regular las incidencias y frustraciones que transcurren durante el proceso de aprendizaje en el aula, sino que además ayudará a adquirir más y mejores habilidades de afrontamiento, abordaje y gestión de situaciones.

Es decir, al desarrollar una mayor capacidad para percibir, comprender y regular las emociones propias y la de los demás, los educadores tienen los recursos necesarios para afrontar mejor los eventos laborales estresantes (dentro y fuera del aula), y para gestionar de forma más adecuada y saludable las respuestas emocionales que puedan surgir en las interacciones que mantienen en todas las direcciones y en los diferentes ecosistemas educativos.

No obstante lo dicho, y como con la gran mayoría de los aprendizajes, la educación emocional exige que una persona la viva, la sienta, entienda qué es, cómo se puede desarrollar y que encuentre muchas oportunidades para ponerla en práctica en su vida en general y en su profesión en particular. Es teniendo en cuenta esta premisa que los profesionales de Emotiva CPC han diseñado el programa Experto Universitario en Inteligencia Emocional, cuya metodología es fundamentalmente práctica y vivencial.

La formación apunta a que los educadores sean capaces de:

  • Comprender y crear en los niños y adolescentes una forma inteligente de sentir, ser, actuar y relacionarse.
  • Cultivar y cuidar sus sentimientos y sus emociones para conseguir comportamientos y relaciones familiares y escolares más equilibradas.
  • Adquirir un vocabulario emocional producto de conocerse mejor.
  • Difundir qué son las emociones y qué efectos tienen en el comportamiento.

Titulaciones del Experto en Inteligencia Emocional.
Especialización en Educación, Salud y/o Empresarial, expedido por el CES Don Bosco.
Certificado de Emotividad que garantiza el proceso vivencial del alumno.

Inteligencia Emocional. ¿Una asignatura pendiente en los educadores?

Inteligencia Emocional. ¿Una asignatura pendiente en los educadores?

Daniel Goleman, reconocido mundialmente por su teoría de la Inteligencia Emocional, afirma: “La IE comienza a desarrollarse en los primeros años. Todos los intercambios sociales que los niños tienen con sus padres, maestros y entre ellos, llevan mensajes emocionales”. Lo cierto es que muchos docentes ya lo han entendido y otros están comenzando a considerarlo. Tal vez, lo que suceda a corto plazo es que el sistema educativo en su totalidad contemple formalmente la educación emocional como parte fundamental en la preparación docente.

Observando la realidad de hoy, compleja, imprevisible y desbordada, se hace difícil que el alumno entre al aula sólo con materiales escolares en la mochila; de hecho, traen además, muchas emociones sin procesar. Ellos son parte de los conflictos que se dan en los diferentes entornos de socialización, producto de esa realidad. Quiero decir, si un niño vive una situación de violencia o de estrés en su casa y está angustiado o ansioso por ello, difícilmente pueda interesarse, prestar atención y/o concentrarse para aprender. Difícilmente pueda crear vínculos saludables con su pares o sepa cómo comunicarse con asertividad y con empatía.

Benjamin Franklin decía, con una curiosa actualidad: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y aprendo”. Ciertamente, creo que involucrar a los alumnos para que aprendan es uno de los desafíos más grandes de los educadores de hoy. Lo que está claro es que para que eso suceda, además de diseñar dinámicas de enseñanza atractivas, es importante ayudarles a gestionar todas esas emociones que vienen a la escuela en sus mochilas o se manifiestan dentro del aula. Enseñarles a afrontarlas, a reconocerlas, a valorarlas y a gestionarlas es importante -además- para que consigan una buena convivencia intra e interpersonal. Cuando el niño está mejor consigo mismo, también proyecta ese bienestar en su interacción con los demás.

Según los expertos, los alumnos emocionalmente inteligentes son más felices, están más comprometidos con el aprendizaje, tienen más confianza en sí mismos y se relacionan mejor con los otros.

Por ejemplo, fomentar emociones agradables como la alegría, la simpatía y la gratitud inhiben los episodios agresivos, previenen el rechazo de los compañeros, promueven las respuestas asertivas y mejoran la respuesta al estrés. No obstante, cuando esas emociones no se han desarrollado –o se han desarrollado defectuosamente- por distintas circunstancias (pobreza, enfermedad u otros conflictos), pueden fortalecerse mediante intervenciones sistemáticas.

Esto es posible porque la Inteligencia Emocional no es algo con lo que nacemos, sino que se desarrolla y se entrena por medio de las experiencias adquiridas durante la infancia y la adolescencia. No obstante, puede mejorarse, entrenarse y fortalecerse durante la vida adulta gracias a la plasticidad cerebral. Es decir, cuando trabajamos en la inteligencia emocional, estamos modificando esas conexiones y la química del cerebro, que están íntimamente relacionadas con las capacidades intelectuales y emocionales.

Por todos estos motivos, es tan importante que los educadores aprendan a estimular la IE de los niños en el aula.

Ya que es uno de sus primeros entornos de socialización y ellos están en una posición de privilegio. Aprender a cómo promover climas emocionales positivos y seguros en los que se asume con naturalidad el error, en donde los alumnos cooperan, se escuchan, se involucran y son protagonistas activos del aprendizaje, es una diferenciación cualitativa invaluable. Además, este conocimiento también tendrá impacto en la vida adulta, puesto que potencia aspectos cruciales para la vida en general; entre ellos:

  • Autoconciencia: permite reconocer los propios estados internos, recursos e intuiciones.
  • Autorregulación: facilita el desarrollo de la confianza en los recursos propios para superar adversidades y afrontar desafíos.
  • Empatía: es la capacidad de saber ponerse en el lugar del otro, percibir lo que siente o incluso deducir lo que puede estar pensando a partir de su lenguaje no verbal, sus palabras, tono de voz, su postura y su gestualidad.
  • Habilidades sociales: son conductas o destrezas sociales específicas que permiten interactuar con los demás saludablemente y crear relaciones y vínculos estrechos y duraderos.

Ahora bien, el docente debe ser modelo y promotor de la Inteligencia Emocional. Ciertamente, para que el alumno aprenda y desarrolle las habilidades emocionales necesita de un educador emocional. Es decir, alguien que sepa cómo fomentar la IE de sus alumnos, porque aprendió a desarrollar la suya propia en primer lugar.

Siguiendo cada una de las premisas que hemos ido mencionando y a través de una metodología práctica y vivencial, los profesionales de Emotiva CPC han diseñado este programa “Experto Universitario en Inteligencia Emocional”. Por cierto, aunque hemos abordado este artículo destacando la importancia de esta competencia en los educadores, no está restringida a ellos. La IE es una competencia cada vez más valorada en líderes de gestión y en profesionales que trabajan en y por el desarrollo de las personas.

Esta certificación permitirá, entre otras cosas:
  • Desarrollar las competencias necesarias para el desarrollo de la IE intrapersonal (expresión, gestión y generación de estados emocionales, actitud positiva, autoestima, etc. ).
  • Desarrollar las competencias necesarias para el desarrollo de la IE interpersonal (habilidades de comunicación, escucha activa, asertividad y empatía).
  • Conocer las herramientas y recursos emocionales para afrontar el día a día en cualquier entorno personal y/o profesional.
  • Adquirir herramientas emocionales que faciliten promover el aprendizaje de habilidades sociales y emocionales.

Y por supuesto, sumar valor curricular y valía profesional.

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