Psicología Positiva y Educación: el optimismo realista, clave para el bienestar.

El optimismo realista: clave para el bienestar.

Son numerosas las investigaciones que muestran los beneficios físicos y psicológicos que genera una actitud optimista ante la vida. Efectivamente, junto a la resiliencia, la compasión, la empatía, la perseverancia y el entusiasmo son capaces de transformar nuestra realidad y hacernos más felices en la vida en general y en el espacio educativo en particular.

Por supuesto hablamos siempre de un optimismo realista y no del optimismo que todo lo idealiza. Martin Seligman, el padre de la Psicología Positiva (PsP), señala que el optimismo está muy relacionado con la responsabilidad que asumimos o no las personas ante aquello que nos ocurre. Es decir, mientras el optimismo nos hace reaccionar antes las adversidades como temporales, asumiendo nuestra capacidad y habilidades personales para superarlos, el pesimismo nos sitúa en una postura de indefensión y pasividad desde la que esperamos que las circunstancias cambien sin más. Es en este sentido que surge la importancia de fomentar el optimismo en los/as educadores/as y facilitarles pedagogías y estrategias para que puedan facilitarlo en el alumnado.

De esta forma, tal y como lo hemos señalado a lo largo de todos los artículos, el trabajo debe comenzar -en primer lugar- en cada educador/a. Sólo habitando esa capacidad es posible proyectarla y facilitarla en los/as demás. Cabe señalar que los factores que posibilitan el desarrollo del optimismo son genéticos y ambientales. Es en este último que la escuela y la familia juegan un papel fundamental a través de su actitud y a través de las experiencias que proporcionan en los diversos entornos.

Experto Universitario en Psicología Positiva.

Este Experto Universitario diseñado por Emotiva CPC nace para capacitar a los/as educadores/as en aquellas habilidades relacionadas con la PsP y opera tanto como estrategia de autocuidado como de promoción del bienestar individual, grupal e institucional. El objetivo es, como decíamos con antelación, empoderar a los/as docentes y prepararlos para que sean capaces de facilitar ese mismo proceso de empoderamiento en el alumnado. Guy Claxton, el reconocido pedagogo londinense señalaba: “si los/as profesores/as no saben en qué consiste el aprendizaje y cómo se produce, tienen las mismas posibilidades de favorecerlo que de obstaculizarlo”.

Así, cuando ocurre el empoderamiento profesional, las técnicas para influir a los alumnos en el mismo sentido son diversas. Seligman, por ejemplo, propuso un método para incrementar el optimismo que consiste en detectar y luego rebatir los pensamientos pesimistas; es decir, las creencias y/o las ideas previas que tenemos sobre el funcionamiento de las cosas pueden ser cuestionadas y posteriormente rebatidas. Este método sigue el Modelo ABC, siglas que provienen del inglés y que se refieren a adversidad, creencias y consecuencias, desarrollado por Albert Ellis. Por supuesto al igual que casi todas las técnicas, requiere práctica y entrenamiento. No obstante, veamos un pequeño ejemplo.

  • Adversidad: mi profesor me ha regañado frente a todos/as porque he respondido mal una pregunta de literatura.
  • Creencias: él ya no apuesta a que yo pueda superarme.
  • Consecuencias: me he sentido fracasado y avergonzado.
  • Rebatimiento: el hecho de que el profesor me haya regañado no significa que esté enfadado conmigo. Seguramente tuvo un mal día o está pasando por un momento difícil. Aun así, se sigue ocupando de mi para que pueda mejorar.
  • Revitalización: debo demostrarle y demostrarme que puedo superarme.

El cambio de creencias y la función motivadora de las emociones positivas constituyen importantes recursos educativos que llevados a la práctica facilitan pensamientos más optimistas y conductas más superadoras. El aprendizaje del optimismo realista constituye un instrumento muy importante ya que guarda relación directa con otros conceptos como la autoestima o la motivación. Sin optimismo, sin motivación y sin autoestima, la tarea educativa perdería mucho sentido. De hecho, sería impensado considerar que alguien pueda educar a alguien que ha perdido la esperanza en sí mismo y el/la referente o enseñante.

Es el docente que siembra optimismo y entusiasmo en el aula el que recoge los mejores frutos representados en alumnos y alumnas motivados/as participativos/as e involucrados/as en su propio proceso de aprendizaje. ¿Hay algo más gratificante que este feedback en la labor docente?

Inteligencia Emocional: una competencia fundamental y transversal en la práctica docente.

El liderazgo emocional de los educadores.

Existe cada vez más evidencia científica acerca del papel que juegan las emociones en la vida de las personas, en su desenvolvimiento social y en los aprendizajes. También sobre cómo la educación emocional, entendida como el desarrollo de habilidades de autoconocimiento –autorregulación, empatía, comunicación e interrelación-, supone una competencia fundamental y transversal en la programación educativa y en la práctica docente.

Rafael Bisquerra, autor de varios libros sobre inteligencia y educación emocional, define a esta última como “un proceso educativo, continuo y permanente, que pretende potenciar el desarrollo de las competencias emocionales como elemento esencial del desarrollo integral de la persona, con el objetivo de capacitarle para la vida y teniendo como finalidad el aumento de su bienestar personal y social”. Particularmente en el marco educativo, el desarrollo de las habilidades y competencias de los alumnos relacionadas con el uso inteligente de sus emociones necesita, inexorablemente, de un educador emocional que actúe como agente facilitador activo en esta materia.

Es en este sentido que enfatizamos en la importancia de la alfabetización emocional docente, aunque para que esto ocurra es el educador el primero que tiene que romper con el viejo paradigma cartesiano de la educación tradicional, que señala que lo privativo y distintivo del ser humano es su inteligencia racional. Quino, el creador de la maravillosa Mafalda, profundizaba en esta cuestión señalando que “educar es más difícil que enseñar, porque para enseñar uno precisa saber, pero para educar se precisa Ser”. Finalmente, de esto se trata.

Educación emocional docente aplicada y proyectada.

Aplicada porque entre otras cosas los prepara para desempeñar su rol con energía, coherencia, respeto, serenidad y empatía y, sólo desde ese lugar, pueden proyectar, diseñar y crear oportunidades para que los estudiantes sean los protagonistas del aula y para que tengan un rol activo en la construcción de conocimiento. Un docente que desarrolla su inteligencia emocional aprende a promover naturalmente espacios donde se facilita el trabajo en equipo y la comunicación de ideas; donde hay múltiples oportunidades de participación y de colaboración y en el que se valoran y respetan las ideas de los otros, y en los que el contenido disciplinar y la diversidad es siempre una oportunidad para promover el desarrollo de competencias.

Ahora bien, es ingenuo pensar que un educador trabaja sólo en una escuela y frente a un aula. Con suerte, está inmerso en diferentes ecosistemas educativos conformados por el carácter y/o la identidad particular de cada grupo de alumnos, docentes, directivos y padres. De esta forma, la alfabetización emocional del docente no sólo es un aspecto fundamental para conseguir alumnos emocionalmente más preparados y capaces de regular las incidencias y frustraciones que transcurren durante el proceso de aprendizaje en el aula, sino que además ayudará a adquirir más y mejores habilidades de afrontamiento, abordaje y gestión de situaciones.

Es decir, al desarrollar una mayor capacidad para percibir, comprender y regular las emociones propias y la de los demás, los educadores tienen los recursos necesarios para afrontar mejor los eventos laborales estresantes (dentro y fuera del aula), y para gestionar de forma más adecuada y saludable las respuestas emocionales que puedan surgir en las interacciones que mantienen en todas las direcciones y en los diferentes ecosistemas educativos.

No obstante lo dicho, y como con la gran mayoría de los aprendizajes, la educación emocional exige que una persona la viva, la sienta, entienda qué es, cómo se puede desarrollar y que encuentre muchas oportunidades para ponerla en práctica en su vida en general y en su profesión en particular. Es teniendo en cuenta esta premisa que los profesionales de Emotiva CPC han diseñado el programa Experto Universitario en Inteligencia Emocional, cuya metodología es fundamentalmente práctica y vivencial.

La formación apunta a que los educadores sean capaces de:

  • Comprender y crear en los niños y adolescentes una forma inteligente de sentir, ser, actuar y relacionarse.
  • Cultivar y cuidar sus sentimientos y sus emociones para conseguir comportamientos y relaciones familiares y escolares más equilibradas.
  • Adquirir un vocabulario emocional producto de conocerse mejor.
  • Difundir qué son las emociones y qué efectos tienen en el comportamiento.

Titulaciones del Experto en Inteligencia Emocional.
Especialización en Educación, Salud y/o Empresarial, expedido por el CES Don Bosco.
Certificado de Emotividad que garantiza el proceso vivencial del alumno.

Beneficios de la Inteligencia Emocional en el ámbito sanitario, educativo y empresarial.

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Inteligencia Emocional.

Especialización en Educación, Salud y/o Empresarial, expedido por el CES Don Bosco.

Los autores del libro Inteligencia Emocional 2.0, Travis Bradberry y Jean Greaves, señalan que solo el  36% de las personas identifican sus propias emociones. No obstante, son diversos los estudios que aseguran que cerca del 80% del éxito en la vida no depende tanto de la inteligencia racional, lógica y cognitiva, sino más bien de la habilidad para percibir, comprender y gestionar las emociones propias y ajenas; en otras palabras, del desarrollo de la inteligencia emocional (IE).

Ahora bien, cuando hablamos de éxito en la vida no nos referimos únicamente al logro de grandes metas personales y profesionales. El éxito también incluye pequeñas grandes cuestiones que hacen nuestro día a día y a nuestro cortísimo plazo. Por ejemplo, es habitual que después de un malentendido con un amigo, un familiar o un colega de trabajo, experimentemos intensamente rabia o frustración y que estas emociones nos acompañen y estropeen el resto de nuestro día. El hecho de desconocer cómo gestionar estos anclajes emocionales, tan tristemente comunes, nos deja atados a emociones y sentimientos que nos limitan, nos restan energía, nos bloquean la capacidad de pensar, actuar y/o tomar decisiones con claridad y de relacionarnos saludablemente con los demás.

Cuando aprendemos a cultivar la Inteligencia Emocional nos procuramos, entre otras cosas, energía, optimismo y resiliencia, que si bien son cualidades importantes para cualquier persona y en cualquier ámbito, resultan fundamentales sobre todo en entornos empresariales, educativos y sanitarios.

Para entender por qué, repasemos qué aspectos nos facilita trabajar la IE:
  • Autoconciencia: permite reconocer los propios estados internos.
  • Autorregulación: facilita el desarrollo de la confianza en los recursos propios para superar adversidades y afrontar desafíos.
  • Automotivación: favorece la identificación de los objetivos o intereses propios y nos permite desarrollar una actitud positiva en nuestro día a día.
  • Empatía: es la capacidad de saber ponerse en el lugar del otro, percibir lo que siente o incluso deducirlo a partir de su lenguaje no verbal, palabras, tono de voz, postura y gestualidad.
  • Habilidades sociales: son conductas o destrezas sociales específicas que nos permiten interactuar y crear relaciones y vínculos estrechos saludables y duraderos.

Todo esto es posible porque la IE no es algo con lo que nacemos, sino que se desarrolla a partir de las experiencias adquiridas durante la infancia y la adolescencia. No obstante, puede mejorarse durante toda la vida gracias a la neuroplasticidad.

Ahora bien, habiendo enumerado los aspectos que aborda la IE, podemos entender, por ejemplo, por qué es crucial en el ámbito de la salud. Es decir, en el marco del cuidado y la atención del paciente, la IE constituye una competencia fundamental que les ayuda a los profesionales de la salud a identificar, comprender y gestionar las emociones propias, así como las emociones que surgen producto de su relación directa con el paciente y de este con su recuperación y/o con su estado de enfermedad. Tal vez sea en este entorno en el que sea más fácil valorar la importancia de conceptos como resiliencia, optimismo, empatía y asertividad.

En el ámbito de la educación también resulta fundamental. Cada docente necesita trabajar, aprender y vivenciar su propia emocionalidad para desempeñar su rol con energía, coherencia, respeto, serenidad y empatía. Después, la transferencia de esas cualidades ocurre naturalmente, ya que es él mismo quien aprende a generar espacios para fomentar la sana convivencia, el pensamiento positivo, la igualdad, el respeto por el otro y la interacción saludable entre todos ellos. Poco a poco, los niños se sienten más motivados y aprenden a reconocer, a expresar y a gestionar lo que sienten y lo que les pasa.

En el ámbito empresarial, y sobre todo en el liderazgo, la Inteligencia Emocional marca una diferencia positiva para la motivación y el clima laboral. Resumiré este tema enorme en una sola inquietud que cualquiera podría responder fácilmente. Pensemos en la oficina y en el día a día, ¿nos resultaría más fácil convivir con un líder que censura las aportaciones, la participación y el reconocimiento y se desborda ante la mínima presión; o con un líder que se comunica desde el respeto, que gestiona la presión y que invita a los demás a sentirse parte de cualquier proyecto activamente?

Por supuesto que la IE no es exclusiva de estos entornos y profesiones.

Evidentemente, hemos tomado algunos ámbitos diversos y distintos con la finalidad de exponer brevísimamente el alcance, el impacto y la importancia de esta inteligencia aplicada en la práctica. Lo que queda claro, y así lo mencionábamos al comienzo de este artículo, es que, independientemente de la especialización y el marco de actividad, el desarrollo de la IE es fundamental para acercarnos al éxito en la vida en cualquiera de sus formas.

En respuesta a todo esto, los profesionales de Emotiva CPC han diseñado el programa Experto Universitario en Inteligencia Emocional(*), cuya metodología es fundamentalmente práctica y vivencial.

Algunas características diferenciales de esta formación, incluyen:
  • Grupos reducidos. Favorece la vivencia y la interiorización de cada uno de los contenidos.
  • Escuela virtual. El acceso al material está disponible en una plataforma virtual.
  • Tutorías. A lo largo de todo el proceso de enseñanza-aprendizaje.
  • Mayor visibilidad profesional. Sumar competencias de valor curricular y profesional en auge.

(*) Titulaciones:

Especialización en Educación, Salud y/o Empresarial, expedido por el CES Don Bosco.
Certificado de Emotividad que garantiza el proceso vivencial del alumno.


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Máster en Inteligencia Emocional: a mayor autoconocimiento, mayor libertad.

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Máster en Inteligencia Emocional.

A mayor autoconocimiento, mayor libertad.

Decía Don Quijote: “La libertad, amigo Sancho, es uno de los primeros dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y que el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Y como decía Carl Jung: “La libertad se extiende hasta los límites de la conciencia”.

Todos sabemos que los seres humanos nos distinguimos de los demás seres de la naturaleza sobre todo por el atributo de la libertad. Efectivamente, un árbol solo puede crecer en el lugar en el que fue plantado. No puede moverse a un lugar con más sol, con más aire o con más espacio para desplegar cómodamente sus raíces. No puede protegerse del viento ni luchar contra él; solo puede estar a su merced.

En cambio, los seres humanos poseemos libertad para cumplir sueños y metas; para movernos, viajar, tomar decisiones, cambiar el rumbo o, simplemente, para quedarnos en nuestra zona de confort. Sin embargo, cualquiera sea la situación, poco sabemos de nosotros mismos, poco nos conocemos en profundidad y muchas veces ese desconocimiento nos paraliza, nos hace perder el rumbo e incluso nos obliga a renunciar al viaje. ¿Por qué digo esto?

Cuando perseguimos un sueño, cuando fijamos un objetivo y nos ponemos en acción para conseguirlo, tenemos que saber que no llegaremos a él en línea recta.

Es decir, en ese camino (y en cualquiera) tendremos que sortear vicisitudes más grandes y más pequeñas y como dice nuestro especialista en Inteligencia Emocional, Javier Mañero: “Para hacer aflorar el talento hay que tomar conciencia de nuestro estado personal y profesional o, lo que es lo mismo, dónde estoy y hacia dónde voy”. Porque si no sabemos eso tan básico, si no sabemos con qué contamos y qué nos falta; si no sabemos cómo gestionar la alegría, la sorpresa, la tristeza, el asco, el enfado y el miedo; es decir, nuestras emociones básicas, ¿hasta dónde podremos llegar? Más aún, ¿Sabemos cuáles son nuestros valores internos y externos? ¿Les hemos puesto nombre alguna vez?

Si hablamos de valores no podemos universalizarlos. Cada uno tendrá los suyos. Para una persona católica y creyente, por ejemplo, uno de sus valores externos podría ser Dios y otros podrían ser la familia, la salud, el trabajo, etc. En cambio, cuando nos referimos a valores internos hablamos de pilares personales como el amor, la confianza, la comunicación o la protección, entre otros. Nuestro especialista nos hace en este sentido una analogía con los dedos de las manos; en tal sentido, nos dice que cada uno tiene que identificar -por lo menos- esas cinco cosas más importantes, porque son las que nos mueven, nuestro motor y todo lo que nos propongamos tiene que respetar este ecosistema de valores.

En todo este trabajo de conciencia nos sumerge Javier a través de este Máster en Inteligencia Emocional que, unido a la reflexión de Jung del comienzo, nos permite alinear dos conceptos: a mayor autoconocimiento, mayor libertad. Y no es una utopía. Cuando por fin reconocemos e identificamos algo en nosotros: una conducta, un comportamiento, una creencia limitante, un miedo, etc., entonces podemos tomar acción para cuestionar, cambiar y trascender. Por supuesto, respetando siempre nuestros valores más íntimos.

Es en ese orden, trabajando desde dentro hacia fuera, que nos será posible cumplir nuestras metas y sueños. Nunca, nunca al revés.

Aclaro esto porque vemos constantemente como en esta sociedad exitista muchas personas van detrás de zanahorias externas -un coche nuevo, una casa más grande-, que sólo trae aparejada una felicidad efímera. Somos más que eso. Y en este punto, desde lo individual y como sociedad tal vez tengamos que trascender esa idea negligente que antepone el Tener antes que el Ser, porque ¿si entonces nos quitan todo?, ¿entonces no nos queda nada?, ¿no somos nada? Pero dejemos esto en retórica por ahora.

Todo lo que hemos abordado brevísimamente que tiene que ver con un proceso de introspección, autoconocimiento y autoconciencia, representan la primera parte de los casi veinte módulos que conforman este Máster en Inteligencia Emocional. Máster diseñado con riguroso criterio por el equipo profesional de la Escuela de Inteligencia(1) y liderado por el prestigio, la trayectoria y el reconocimiento profesional -nacional e internacional- de Javier Mañero (2).

No obstante, se trata de un proceso pedagógico diseñado con un enfoque educativo, no formativo. Esta diferenciación, imperceptible o sutil para algunos, es muy importante y representa otro valor diferencial de este Máster. Es decir, un proceso formativo tiene como objetivo dotar de conocimientos en una o varias materias específicas, pero no articula herramientas para educar sobre ello. En cambio, un proceso educativo tiene como finalidad facilitar recursos, herramientas, estrategias y metodologías para educar y está regido por unas pautas de conducta basadas en sólidos principios universales a los que nos referiremos, oportunamente, en un próximo artículo.

¿Qué nos llevaremos -entre otras cosas- de estos primeros módulos del Máster?
  • Autoconciencia.
  • Autorregulación emocional.
  • Confianza en nosotros mismos a partir de conocer nuestras fortalezas, debilidades, amenazas y oportunidades.
  • Seguridad para diseñar planes de acción estratégicos y cumplir nuestras metas respetando todo nuestro ecosistema de valores.

Hagamos caso a lo que Don Quijote sugería a su amigo; aventurémonos a la vida con el don de la libertad y no la convirtamos en cautiverio.


(1)  La Escuela de Inteligencia ha recibido el Premio a la Excelencia Profesional, en 2017.

(2). Su director, Javier Mañero ha sido distinguido con la “Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo” por la Asociación Europea de Economía y Competitividad, reconociendo el espíritu empresarial dentro del marco europeo a diversas compañías, instituciones y expertos profesionales que han fomentado la conciencia del emprendedor y el desarrollo económico.


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Inteligencia Emocional. ¿Una asignatura pendiente en los educadores?

Inteligencia Emocional. ¿Una asignatura pendiente en los educadores?

Daniel Goleman, reconocido mundialmente por su teoría de la Inteligencia Emocional, afirma: “La IE comienza a desarrollarse en los primeros años. Todos los intercambios sociales que los niños tienen con sus padres, maestros y entre ellos, llevan mensajes emocionales”. Lo cierto es que muchos docentes ya lo han entendido y otros están comenzando a considerarlo. Tal vez, lo que suceda a corto plazo es que el sistema educativo en su totalidad contemple formalmente la educación emocional como parte fundamental en la preparación docente.

Observando la realidad de hoy, compleja, imprevisible y desbordada, se hace difícil que el alumno entre al aula sólo con materiales escolares en la mochila; de hecho, traen además, muchas emociones sin procesar. Ellos son parte de los conflictos que se dan en los diferentes entornos de socialización, producto de esa realidad. Quiero decir, si un niño vive una situación de violencia o de estrés en su casa y está angustiado o ansioso por ello, difícilmente pueda interesarse, prestar atención y/o concentrarse para aprender. Difícilmente pueda crear vínculos saludables con su pares o sepa cómo comunicarse con asertividad y con empatía.

Benjamin Franklin decía, con una curiosa actualidad: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y aprendo”. Ciertamente, creo que involucrar a los alumnos para que aprendan es uno de los desafíos más grandes de los educadores de hoy. Lo que está claro es que para que eso suceda, además de diseñar dinámicas de enseñanza atractivas, es importante ayudarles a gestionar todas esas emociones que vienen a la escuela en sus mochilas o se manifiestan dentro del aula. Enseñarles a afrontarlas, a reconocerlas, a valorarlas y a gestionarlas es importante -además- para que consigan una buena convivencia intra e interpersonal. Cuando el niño está mejor consigo mismo, también proyecta ese bienestar en su interacción con los demás.

Según los expertos, los alumnos emocionalmente inteligentes son más felices, están más comprometidos con el aprendizaje, tienen más confianza en sí mismos y se relacionan mejor con los otros.

Por ejemplo, fomentar emociones agradables como la alegría, la simpatía y la gratitud inhiben los episodios agresivos, previenen el rechazo de los compañeros, promueven las respuestas asertivas y mejoran la respuesta al estrés. No obstante, cuando esas emociones no se han desarrollado –o se han desarrollado defectuosamente- por distintas circunstancias (pobreza, enfermedad u otros conflictos), pueden fortalecerse mediante intervenciones sistemáticas.

Esto es posible porque la Inteligencia Emocional no es algo con lo que nacemos, sino que se desarrolla y se entrena por medio de las experiencias adquiridas durante la infancia y la adolescencia. No obstante, puede mejorarse, entrenarse y fortalecerse durante la vida adulta gracias a la plasticidad cerebral. Es decir, cuando trabajamos en la inteligencia emocional, estamos modificando esas conexiones y la química del cerebro, que están íntimamente relacionadas con las capacidades intelectuales y emocionales.

Por todos estos motivos, es tan importante que los educadores aprendan a estimular la IE de los niños en el aula.

Ya que es uno de sus primeros entornos de socialización y ellos están en una posición de privilegio. Aprender a cómo promover climas emocionales positivos y seguros en los que se asume con naturalidad el error, en donde los alumnos cooperan, se escuchan, se involucran y son protagonistas activos del aprendizaje, es una diferenciación cualitativa invaluable. Además, este conocimiento también tendrá impacto en la vida adulta, puesto que potencia aspectos cruciales para la vida en general; entre ellos:

  • Autoconciencia: permite reconocer los propios estados internos, recursos e intuiciones.
  • Autorregulación: facilita el desarrollo de la confianza en los recursos propios para superar adversidades y afrontar desafíos.
  • Empatía: es la capacidad de saber ponerse en el lugar del otro, percibir lo que siente o incluso deducir lo que puede estar pensando a partir de su lenguaje no verbal, sus palabras, tono de voz, su postura y su gestualidad.
  • Habilidades sociales: son conductas o destrezas sociales específicas que permiten interactuar con los demás saludablemente y crear relaciones y vínculos estrechos y duraderos.

Ahora bien, el docente debe ser modelo y promotor de la Inteligencia Emocional. Ciertamente, para que el alumno aprenda y desarrolle las habilidades emocionales necesita de un educador emocional. Es decir, alguien que sepa cómo fomentar la IE de sus alumnos, porque aprendió a desarrollar la suya propia en primer lugar.

Siguiendo cada una de las premisas que hemos ido mencionando y a través de una metodología práctica y vivencial, los profesionales de Emotiva CPC han diseñado este programa “Experto Universitario en Inteligencia Emocional”. Por cierto, aunque hemos abordado este artículo destacando la importancia de esta competencia en los educadores, no está restringida a ellos. La IE es una competencia cada vez más valorada en líderes de gestión y en profesionales que trabajan en y por el desarrollo de las personas.

Esta certificación permitirá, entre otras cosas:
  • Desarrollar las competencias necesarias para el desarrollo de la IE intrapersonal (expresión, gestión y generación de estados emocionales, actitud positiva, autoestima, etc. ).
  • Desarrollar las competencias necesarias para el desarrollo de la IE interpersonal (habilidades de comunicación, escucha activa, asertividad y empatía).
  • Conocer las herramientas y recursos emocionales para afrontar el día a día en cualquier entorno personal y/o profesional.
  • Adquirir herramientas emocionales que faciliten promover el aprendizaje de habilidades sociales y emocionales.

Y por supuesto, sumar valor curricular y valía profesional.

Promover un clima emocional positivo en el aula.

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Promover un clima emocional
positivo en el aula.

La Psicología Positiva en el ámbito educativo.

Como docente, estar al frente de un grupo de alumnos significa tener la oportunidad de dejar huella. Es una invitación a ser referentes que va mucho más allá de lo específicamente académico. Un maestro es un modelo posible, es quien tiene el enorme poder de mostrar caminos, alentar sueños, propiciar descubrimientos, resaltar fortalezas y ayudar a superar adversidades.

Es una realidad que en la escuela, tradicionalmente, ha predominado la detección de errores en lugar de las virtudes de los alumnos. Si hacemos un poco de memoria, por ejemplo, recordaremos el “rojo” con el que los docentes solían destacar los errores en un examen. Ahora bien, para contrarrestar ese modelo se requiere un cambio de mirada que apunte a un crecimiento pleno del niño y en todos los aspectos: físico, intelectual, emocional y espiritual.

En tal sentido, la Psicología positiva en el ámbito de la educación supone una revolución respecto a ese paradigma tradicional de enseñanza-aprendizaje, porque parte de cuestionar el enfoque basado en reparar, disciplinar o corregir lo que no funciona, a un enfoque basado fundamentalmente en desarrollar las fortalezas personales, el potencial, multiplicar las posibilidades y empoderar a los alumnos.

Quiero decir, un niño puede ser muy bueno aplicando razonamientos según la lógica ordinaria, aunque puede padecer estados emocionales alterados cuando algo no le sale bien o puede tener limitaciones a la hora de plantear alternativas creativas a la resolución de un problema. Esa es la clave. Los niños necesitan conectarse y gestionar todos sus recursos y por ello y desde temprana edad, necesitan ser estimulados para que desarrollen sus fortalezas en todos los aspectos. De esta manera, los docentes pueden asegurarse de estar educando niños para un mañana al que le faltan certezas y le sobra imprevisibilidad.

Dicho de otra forma, la Psicología Positiva les permite a los docentes educar a los alumnos desde la perspectiva de lo que funciona mejor en ellos. Ahora bien, para que esas virtudes y/o fortalezas afloren, los maestros deben procurar el desarrollo de actividades placenteras y promover un clima emocional positivo en el aula.

Sólo cuando el alumno es protagonista activo del aprendizaje, cuando aprende a aprehender y cuando se siente curioso, inquieto y motivado, puede descubrir en qué es bueno y qué se le da bien.

En este sentido, Martin Seligman, uno de los padres de la Psicología Positiva, sugiere trabajar en ciertos aspectos de los niños para fomentar el bienestar, el rendimiento y la resiliencia en cada uno de ellos para que se expandan en el aula y en la vida.

Por ejemplo, fomentar la inteligencia emocional en los niños, les permite ser capaces de motivarse y persistir aún frente a las dificultades; controlar la impulsividad; aprender a expresarse bajo presión, y/o a evitar que un contratiempo disminuya su capacidad de pensar. A su vez, les permite desarrollar sentimientos de compasión y empatía con su entorno.

Respecto al desarrollo del optimismo, Seligman señala en su libro El optimismo aprendido: “La característica que define a los pesimistas es que tienden a creer que los malos acontecimientos durarán mucho tiempo, que van a echar a perder todo lo que hagan, y que suceden por su culpa. Los optimistas tienden a creer que la derrota es sólo un revés temporal o un desafío y que sus efectos se limitan solamente a ese caso”.

Además, es fundamental tener en cuenta que el cerebro aprende mejor aquello que se ve favorecido por las emociones agradables. Efectivamente, los niños que experimentan emociones como la alegría, la serenidad, la gratitud, la autoestima y la satisfacción muestran mayor respeto por los demás; mayor cooperación, valoración personal, seguridad en sí mismos; mayor autocontrol, mayor rendimiento escolar y capacidad de disfrute. 

Al efecto, Ian Gilbert, uno de los más importantes oradores especializados en educación, afirma: “Cuando en nuestras clases nos centramos abiertamente en crear un estado positivo para el aprendizaje, empezamos a establecer en los cerebros de los alumnos, unas asociaciones entre el aprendizaje y el placer que les va a durar toda la vida”.

La neurociencia también se ha expresado en este sentido, demostrando que las emociones positivas tienen efectos beneficiosos sobre el aprendizaje, puesto que mejora procesos relacionados con la atención, la memoria o la resolución creativa de problemas.

Y todos los conceptos que hemos ido mencionando, junto a otros como el amor, el liderazgo, la autoestima, el autoconocimiento y la motivación permiten el desarrollo de niños resilientes y este concepto, está estrechamente vinculado a la Psicología Positiva.

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