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Anatomía Vivencial.

El sistema nervioso, clave para una vida saludable.

La actividad permanente, o el “que nada te pare” son algunos de los grandes modelos de la época. Todo pasa a nuestro lado a la velocidad del AVE. Corriendo no es posible ni relacionarse con uno mismo, con otros, ni ver lo que nos vamos encontrando por el camino. Lo que hace difícil elegir, sentir, respirar, compartir y aprender.

Medicinas, suplementos, actividades, vitaminas, deportes y varios etcéteras, están orientados a “facilitarnos” ese objetivo de alta actividad o movimiento constante. El mundo nos presiona a ello. Un exceso de expansión, apertura y alerta que tiene grandes consecuencias físicas y emocionales, que aunque aún parecen ámbitos diferentes, son lo mismo.

¿Qué sabemos de nuestro sistema nervioso?

La pulsación es el ritmo básico de la vida de todos los seres, el latido, la armonía entre tensión y relajación, el movimiento que hace nuestro corazón desde el primero al último día de nuestra vida.

Para ello, nuestro sistema nervioso consta de dos ramas bien diferenciadas, el sistema simpático y el sistema parasimpático, que son complementarios y antagónicos. Por un lado, el sistema simpático se ocupa de la activación, la actividad vigorosa y la defensa; una acción que consume energía. Por otro lado, el sistema parasimpático se encarga de la relajación, la regeneración y la receptividad; una actividad que renueva la energía. En cuanto a las emociones que rigen, también se diferencian. Mientras el simpático es responsable de la alegría, la rabia y el miedo; el parasimpático se encarga de regular la ternura, la tristeza y el enamoramiento.

Esto es lo que permite que podamos abrirnos al mundo y vivir diferentes experiencias, y luego retirarnos hacia dentro de nosotros mismos para procesarlas, valorarlas y elegir.

La noble función del sistema nervioso.

El cometido de nuestro sistema nervioso autónomo es garantizar nuestra supervivencia en momentos de peligro y nuestro crecimiento en momentos de seguridad.

  • Para sobrevivir es necesario que nuestro sistema nervioso pueda detectar las posibles amenazas y activar una respuesta de supervivencia.
  • Para crecer se requiere lo contrario: la inhibición de una respuesta de supervivencia para que pueda darse la interacción social segura que favorece el crecimiento.

Si nuestro sistema orgánico está en modo de supervivencia, llevando energía a las zonas necesarias para defendernos,  difícilmente podrá ocuparse de metabolismos básicos de crecimiento.

Veamos un ejemplo. Imaginemos una alarma de incendio que no para de sonar o que suena cada doce horas. Sería imposible vivir en paz mientras reaccionamos -cada vez- para salvar nuestra vida, o mientras esperamos que vuelva a sonar. Lo mismo si se activa la alarma de robo en nuestra casa, es imposible relajarse, dormir, disfrutar de una comida, leer, tener una conversación, jugar con los niños o los amigos.

El sonido inaudible de la alarma es la velocidad. El miedo, ya sea consciente o no, rige buena parte de nuestras vidas.

Este exceso de actividad metabólica en nuestro organismo lleva a la inflamación de los tejidos, y esto se llama estrés. Los científicos afirman que aproximadamente el 80% de las personas que vivimos en las ciudades lo padecemos, y esto, para nuestro organismo, es altamente tóxico.

¿Cuáles son las señales del estrés?

Los especialistas en Psicosomática y Psicotraumatología (estudio del trauma somático), nos explican que toda enfermedad tiene su origen en una inflamación del organismo de diferente etiología provocada por un exceso de actividad del sistema nervioso simpático. Lo que traducido significa, un exceso de activación y una deficiencia de relajación y regeneración.

Y las señales de este estrés, sin llegar a la enfermedad, son de lo más variadas: cansancio, ataques de pánico, falta de vitalidad, irritación, preocupación, inflamaciones, baja respuesta del sistema inmunológico, insomnio, dolores de cabeza, tristeza crónica, problemas circulatorios, alergias, falta de sentido de vida, baja sensorialidad, lenta respuesta a estímulos, despersonalización, problemas de memoria, baja creatividad, ansiedad, y un etcétera que cada lector podría completar con algún matiz de su experiencia personal. Todo esto sin hablar de trastornos graves de conducta por estrés en periodos post o perinatales.

La ansiedad es una dificultad de responder a situaciones cotidianas por la imposibilidad de conectarse con la relajación y los recursos personales.

Algunos antídotos para salir del estrés.

Para activar el sistema nervioso parasimpático; es decir, para promover la regeneración y producción de energía y relajarse, lo más importante es sentirse seguro, a salvo, protegido, por los iguales y en el entorno. Como mamíferos que somos, el grupo, los vínculos amorosos, la cooperación y la acción de compartir son nuestras mejores herramientas para crecer seguros. Si nuestro recurso de apoyo social no está disponible, entonces se activan los recursos primarios de lucha, huida e inmovilización, de origen filogenético más antiguo.

Ahora bien, ¿cuáles son los hábitos que facilitan esa producción y regeneración de energía? Entre otros, la diversión, el juego, la creatividad, la respiración abdominal profunda, el placer, la comunicación social, el descanso, el silencio, el sueño, la alegría, los sonidos y las voces dulces y serenas, la confianza, la amistad, acariciar a una mascota, pasear en la naturaleza, el amor, escuchar música, expresar sentimientos, sentirse escuchado y comprendido.

Este aprendizaje de reencontrarse con la seguridad es uno de los objetivos de la Psicoterapia Somática o Psicoterapia Corporal, y uno de los ejes fundamentales en los talleres de Anatomía Vivencial.

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