• +34 937 683 635
  • direccion@namagazine.es
  • Lunes a Viernes · de 9,00 a 19,00 horas

Gestión espiritual en la empresa: un cambio de actitud y de resultados.

La VII Encuesta de Adecco sobre “La Felicidad en el Trabajo” en la que se ha entrevistado a más de 3500 trabajadores españoles, revela que el 64% de ellos estaría dispuesto a sacrificar salario en beneficio de su felicidad laboral. Es decir, un buen salario es un factor importante, pero no es el único. Quienes se sienten más satisfechos son aquellos que valoran más los aspectos intrínsecos del trabajo -también llamado el salario emocional; es decir, hacer algo que a uno le gusta, que esté en línea con sus capacidades y valores y que le permita establecer relaciones sanas con los demás. En otras palabras, un trabajo en el que pueda disfrutar, fluir y encontrar un sentido y un propósito.

Para comprobar todo aquello no tenemos más que mirar a nuestro alrededor. De hecho, observando la realidad de hoy, podemos concluir rápidamente en que las personas no están satisfechas con un trabajo que simplemente les permita pagar el alquiler, cambiar el coche cada cierto tiempo o salir de vacaciones una vez al año. O sí, pero la mayoría de ellos se ha dado cuenta de que todo aquello supone cuestiones efímeras y, por ello, son cada vez más quienes buscan desconectarse del ruido y trascender los límites de la individualidad y el exitismo, para conseguir una vida personal, social y laboral más plena y con más sentido.

No obstante, como bien nos señala Ana Isabel Delgado Cánovas, creadora de H2O Organizaciones y Personas, muchas veces cuando los directivos deciden tomar acción para promover el bienestar laboral, consideran el plano físico, mental y emocional de las personas, pero suelen omitir la dimensión espiritual. Sin embargo, ella misma suscribe que sólo es cuestión de explicar la importancia, el impacto y la diferencia sustancial que supone incluir el trabajo espiritual en un programa de humanización empresarialA propósito de esto, Andrew Cohen, un filósofo y guía espiritual estadounidense, señaló mientras daba un curso de liderazgo:

“Para cambiar el mundo y para participar en su evolución, cada individuo tiene que abrir sus propias fronteras. Y cuando lo hace se da cuenta que la evolución se está produciendo a través de él; que no es algo que está fuera, sino que tiene que ver con cada uno de nosotros”.

Y no podemos concebir esa evolución sin espiritualidad. De hecho, todas las personas tenemos una inteligencia espiritual o primordial que se fundamenta en nuestros valores más profundos y es la brújula para la actuación de nuestra inteligencia racional y emocional. Es decir, mientras nuestra racionalidad actúa en el corto plazo para resolver un problema o realizar una actividad, y nuestra emocionalidad actúa en el corto y mediano plazo en la relación con uno mismo y con los demás, nuestra inteligencia espiritual representa el para qué de lo que hacemos; es la que nos conecta con nuestra intuición; con nuestra voz interior. Es cuando no la desarrollamos que nos sentimos insatisfechos y frustrados porque esperamos que todo venga de fuera.

Por ejemplo, en el mundo de la empresa, los líderes de gestión toman decisiones todo el tiempo y están en posición de privilegio para inspirar y contagiar a los demás -o todo lo contrario-. No obstante, si el para qué del líder -es decir, su inteligencia espiritual- está alineada con el para qué de la organización -es decir, su misión y valores- entonces se crea un marco de actuación óptimo en el que confluyen la consciencia individual y la mentalidad de servicio, con la consciencia empresarial y la utilidad del proyecto.

Este escenario es ideal para cualquier empresa y supone un único principio coherente.

Un proceso inicial de profunda introspección para que cada uno pueda comprenderse, aceptarse, conectar con toda su sabiduría interior y desarrollar su inteligencia espiritual o, como bien la hemos llamado párrafos antes, su inteligencia primordial.

En definitiva, ese para qué de las personas está íntimamente relacionado con el sentido de su aportación, independientemente del contexto en el que lo haga. Específicamente en la empresa, que es el ámbito que nos concierne en este artículo, marca esa diferencia sustancial entre tener un empleo -que supone cumplir un horario y prestar servicios a cambio de una remuneración económica- o querer lo que hace en su trabajo –que aunque también implica el horario y la remuneración, los trasciende. Es decir, las personas sienten que su aportación tiene sentido para ellas, para la empresa, para la sociedad y para todo el ecosistema de los que son parte.

Tomando como premisa todas las cuestiones que hemos venido mencionando, nuestra especialista ha diseñado esta formación de Sabiduría y Liderazgo. Su objetivo es facilitar este cambio de paradigma interno hacia la humanización; es acercar la espiritualidad a la empresa desde un prisma humanista, gestionando el cambio del entorno desde el cambio y la sabiduría interior de cada persona.

¿Cómo lo hace? Algunos de los abordajes de esta formación, por ejemplo, tienen que ver con:

  • La gestión del miedo.
  • La sabiduría según el Tao.
  • El Dharma.
  • El poder de la presencia y de la intención.
  • La obstaculización que el ego supone para la felicidad.
  • La conexión con el silencio, con la respiración y la meditación.
  • Liderazgo consciente.

De esta forma, la humanización empresarial y el desarrollo de la inteligencia espiritual de las personas es la respuesta, entre otras cosas, que podría resolver la insatisfacción de ese 64% de trabajadores que arrojaba la encuesta que citábamos al iniciar el escrito.

Humanizar la empresa: gestión espiritual, sabiduría y liderazgo.

A propósito de la humanización, el autor de The Business Romantic, Tim Leberecht, afirma: “Humano describe lo que somos, mientras que humanista significa lo que queremos ser. Un negocio siempre es humano, pero se convierte en humanista cuando busca un propósito que va más allá de sus propias necesidades, como es mejorar la vida y la condición humana.”

En tal sentido, humanizar significa centrar la atención en las personas, que son el eje, el núcleo, el motor de cualquier organización. Cada uno de ellos tiene emociones, inquietudes, pasiones, miedos, motivaciones, valores y propósitos que conviven todo el tiempo dentro del ecosistema empresarial. Ecosistema que, al igual que el micro-ecosistema que supone cada individuo, está sostenido en cuatro pilares básicos: físico, mental, emocional y espiritual.

¿Y que pasa si alguna de las partes del ecosistema no está en equilibrio?  Seguramente, en todo o en parte, más tarde o más temprano, entrará en “caos”. Ese caos, en una persona emerge en problemas de salud, de estado de ánimo, de relaciones, etc. ¿Cómo se traduce esto en una empresa? Podríamos ponerle al “caos” varios nombres: desmotivación, absentismo, ansiedad, falta de compromiso y un largo etcétera.

Ana Isabel Delgado Cánovas, creadora de “H2O, Organizaciones y Personas” como la materialización de un sueño personal, nos simplifica y nos revierte positivamente esta visión sistémica; en tal sentido señala:

“Sólo si miramos a cada persona como una fuerza con una dirección y un sentido, podremos mirar a la empresa como la unión de todas esas fuerzas que rigen en ella”.

Es decir, si todas las personas se sienten parte de una visión y de una misión de negocio y saben cuál es su aportación para llevarla adelante, entonces todo fluye natural y saludablemente con una fuerza poderosa, mágica e inesperada. Por supuesto, esto tiene que ver con el desafío empresarial que supone convertir el trabajo en un escenario privilegiado para contribuir a otros y permitir la evolución personal y colectiva.

Ahora bien, dentro de esa humanización lo que más “ruido” hace a los directivos de aquellos cuatro pilares básicos que mencionábamos con antelación, suele ser la gestión espiritual. En cierta forma, suelen velar por su bienestar físico, mental y emocional, pero suelen concebir erróneamente su dimensión espiritual. Curiosamente (o no), lo ven como si se tratase de algo ajeno a la empresa y ligado a lo íntimo, o como algo que tiene necesariamente una connotación religiosa. Nada más lejos. Ken O’Donnell, uno de los precursores del término espiritualidad, la define como “la capacidad de interactuar de una forma que es la mejor para ti, para los otros y para lo que tratas de hacer”. Es decir, no es una cuestión de religión, sino de creer profundamente en los valores del ser humano

Efectivamente, la gestión espiritual es la que le permite a cada persona tomar conciencia, conectar con el para qué hace lo que hace. Como decíamos párrafos antes, para entender su aportación en la misión, la visión y los valores de la organización.

Y aquí, volvemos a poner la mirada en lo sistémico. Si cada uno en su singularidad aprende a transformarse, a liderarse, a conectar con su sabiduría, con sus valores, sus miedos, con sus creencias y emociones, estaremos contribuyendo a su autoconocimiento y, en consecuencia, a su mejor autogestión. No obstante, producto de conocerse con mayor profundidad, la espiral de bienestar crece y se expande a las relaciones con los demás y en todos los entornos.

Tomando como premisas, entre otras, las cuestiones que hemos venido mencionando, nuestra especialista ha diseñado esta formación de Sabiduría y Liderazgo. Su objetivo es facilitar este cambio de paradigma interno hacia la humanización de la empresa, centrándose en su capital más importante: las personas. Enseñarles a liderar el cambio en el orden único e inalterable: desde dentro hacia fuera y contemplando todas las dimensiones personales.

En tal sentido, el camino supone facilitar a las personas su proceso de introspección para comprenderse y aceptarse. La finalidad es que puedan conectarse con ellos mismos, con su sabiduría interior, con su motivación, con sus luces y sus sombras y con todo su poder personal, para poder desplegar la mejor versión de sí mismos. Un liderazgo consciente que les permita un cambio profundo de comportamiento y de actitud y una mejora cualitativa y cuantitativa en su gestión.

¿Los beneficios para la empresa? Múltiples, pero entre ellos la creación de un ecosistema interno saludable y feliz que se contagia, se expande y se traduce en una imagen empresarial inspiradora.

Cuando ponemos a las personas en el centro y construimos valor con ellos, todos ganan: el trabajador, la empresa, la comunidad, la sociedad y el mundo.

Véndeme y compraré. Emocióname y seré tu cliente.

[do action=”solicita-mas-informacion”/]

Venta Emocional.

Véndeme y compraré. Emocióname y seré tu cliente.

Hay líderes comerciales y equipos de ventas que le siguen vendiendo a la gente apelando exclusiva e insistentemente a su lógica y razón. ¿Suena familiar? Son los que se transforman en nuestra sombra apenas entramos en una tienda; que nos llaman al teléfono con un speach monocorde; que nos atiborran de información que no hemos solicitado (y no nos importa), o que se van por las ramas y aburren.

Ahora bien, ¿cómo puede ser que esto siga ocurriendo hoy, cuando gracias a la neurociencia sabemos que entre el 85/90% de las decisiones que tomamos son inconscientes? Es decir, la decisión de compra, a diferencia de lo que creíamos tiempo atrás, es emocional. La razón, solo vendría a participar cuando necesitamos “justificar racionalmente” esa compra que hemos hecho y aún, horas después, no tenemos idea de por qué. ¿Para qué compramos un libro de poesía si no nos gusta la poesía? ¿Por qué contratamos otro seguro de vida si ya tenemos dos? ¿Te ha pasado? 

Por supuesto que esto no empieza y acaba en el mundo de las ventas. No obstante, en este artículo pondremos nuestra atención en él, porque tanto los vendedores como los responsables comerciales son quienes construyen la relación con el cliente. Son la cara, la voz, la imagen de la empresa y en cada encuentro tienen una oportunidad de convertir una relación esporádica, en un vínculo fuerte, confiable y sostenible en el tiempo.

Evidentemente, para que eso ocurra necesitamos mucho más que conocer el producto/servicio a la perfección o empatizar con el cliente; la tarea ahora es emocionarlo.

A propósito de ello, Simon Sinek, creador del Círculo de Oro, estudiando diversas empresas descubrió que todas las personas saben lo “que” hacen, no muchas conocen el “cómo” se hace, y muy pocas saben “para qué” lo hacen. Pero la mayoría de los líderes inspiradores piensan, actúan y se comunican -justamente- desde el para qué. En sus palabras, afirma que: “La gente no compra lo que haces, compra para qué lo haces”.

Ahora bien, en igual sentido, el psicólogo David McClelland sostuvo que todos los individuos tenemos tres grandes motivadores: Logro, Afiliación e Influencia. Nuestro especialista, Curro Duarte, ha dividido en dos el último ítem y con esta pequeña variante, la clasificación quedaría así:

  • Logro: gente competitiva, que le gusta conseguir cosas, los retos, etc.
  • Afiliación: les gusta relacionarse, les gustan las personas.
  • Influencia social: influyen en otros para desarrollarlos. Les gusta ayudar a los demás.
  • Influencia personalizada: son los que influyen a otros para su propio beneficio.

Lo cierto es que todos tenemos un poco de cada uno, pero la mayoría, por la educación que recibimos, solemos contar con más predominancia de las dos primeras y poco de influencia. Así nos han educado. Esto significa que nos centramos mucho en los resultados y en el cómo llegamos a ellos, pero pocas veces nos preguntamos por nuestros “para qué”. Y es en este punto en el que se entiende la intersección entre la neurociencia, el trabajo de Sinek y el de McClelland.

El para qué, requiere Influencia. Para vender, tenemos que emocionar. Para emocionar, necesitamos influenciar al cliente con nuestro para qué.

Ahora bien, como hemos mencionado, la mayoría de nosotros ha recibido una educación más orientada al logro y a la afiliación. Aunque -sobre todo trabajando en ventas o liderando equipos de ventas- deberíamos trabajar la cualidad de la influencia. 

¿Cuáles son las diferencias al vender desde el Logro, desde la Afiliación o desde la Influencia?

Por ejemplo, si tenemos un perfil de logro, sería común entender que nos centremos en vender el qué del que habla Sinek. En este caso, es posible que consigamos resultados regulares, pero en paralelo también es probable que el cliente no vuelva y mucho menos que nos recomiende. En cambio, si nuestro perfil tiene un rasgo que tiende a la afiliación, es común que entonces nos centremos en el cómo. En este caso particular, es posible que nos cueste mucho llegar a los resultados, aunque seguramente los clientes quedarán encantados con nosotros y nos recomendarán independientemente de no haber concretado la compra.

Ahora bien, vayamos un paso más allá. Todos ´equipos y líderes comerciales- quieren superar los resultados de su gestión, establecer un vínculo con el cliente -a largo plazo si es posible-, que vuelva, y que además nos recomiende a sus contactos. Y todo esto, por más que le demos una y mil vueltas, tiene que ver con el conocimiento y la incorporación de cada una de las cuestiones que hemos abordado en este artículo.

Cerremos el artículo con un ejemplo breve y algo extremo, pero representativo de todo lo que hemos venido diciendo. Un señor que va a comprar un Ferrari ¿qué crees que tienes que hacer para que concrete contigo la compra y no vaya a otro concesionario?

1. ¿Hablarle de la técnica, de las prestaciones y del confort?

2. ¿Acaso vendría bien romper el hielo con él contándole anécdotas de otras personas que ya se han comprado un Ferrari?

3. ¿O más bien deberías hablarle de lo bien que se verá en él, de lo bien que va a pasárselo paseándose con el coche por la ciudad y de lo importante que va a sentirse al llevarse todas las miradas?

No es tan complicado, sólo tenemos que ayudar a que nuestros líderes comerciales y vendedores complementen sus conocimientos técnicos y su orientación al logro, con más influencia; con más para qué. Tenemos que enseñarles a emocionar al cliente para crear ese vínculo sólido y sostenible en el tiempo. Pero sobre todo, como dice Curro, nuestro especialista, tenemos que permitirles despertar a las nuevas revelaciones para que ellos puedan desplegar todo su potencial profesional.

 Contenido basado en la conferencia de Curro Duarte: “¿Para qué te despiertas cada mañana?”

[do action=”solicita-mas-informacion”/]

¿Para qué te despiertas cada mañana?

[do action=”solicita-mas-informacion”/]

Despierta.

Quien mira hacia afuera sueña; quien mira hacia dentro despierta. Carl Jung.

Artículo basado en la conferencia de Curro Duarte: “¿Para qué te despiertas cada mañana?” Madrid, 2017.

El título de la conferencia ya es inquietante, cierto. Invita a reflexionar, aunque hasta aquí escriba sobre el tema. No obstante, cada palabra de nuestro especialista colabora con esa reflexión y me encargaré de extraer algunas de las observaciones más relevantes de su ponencia.

Y empezamos citando la pregunta: ¿es lo mismo levantarnos que despertarnos? Claro que no. El primero podríamos reducirlo a un mero acto físico; despertarnos pareciera ser bastante más que eso. Vayamos por partes.

En nuestra vida todos tenemos ocupaciones y preocupaciones. La pregunta es: ¿cómo nos posicionamos; cuál es nuestro rol frente a ellas?

Veamos. Cada uno de nosotros contempla un círculo de preocupación y uno de influencia. 

  • Círculo de preocupación: el trabajo, la salud, las hipotecas, el clima del fin de semana, el medio ambiente, una final de fútbol, etc. Es decir, todas cosas que -entendemos- no dependen de nosotros.
  • Círculo de influencia: la ropa que nos ponemos, el lugar donde trabajamos, el desayuno que tomamos, el destino del próximo viaje, etc. Es decir, las cosas que sí dependen de nosotros.

El hecho es que preocuparse no sirve para nada. Por ello, como nos sugiere Curro, lo más lógico es ampliar nuestro círculo de influencia para ocuparnos, que es lo que realmente cambia el enfoque y el resultado. Si repasamos los ejemplos anteriores expuestos en el círculo de preocupación, podríamos rápidamente identificar de cuáles sí podemos ocuparnos. Efectivamente, sí depende de nosotros cuidar nuestra salud, nuestro trabajo y también podemos hacer algo -desde nuestro lugar- para cuidar el medio ambiente. Está claro que nada podemos hacer respecto al clima o respecto al resultado de un encuentro deportivo.

Ahora bien, esta ampliación del círculo de influencia no es en vano. Cuando dejamos de poner todo fuera y nos hacemos cargo, cambiamos el rol “víctima” por el rol “responsable”. Una de las herramientas que nos ayuda a reconocer en qué rol estamos es el lenguaje. El lenguaje genera Ser. El lenguaje empieza en el pensamiento y su manifestación primera es la palabra. ¿Y cómo empieza nuestro día? Pues hablándonos a nosotros mismos.

Observamos la realidad, la interpretamos, nos emocionamos y actuamos.

La interpretación es lenguaje y, como decíamos, cada uno interpreta hablando consigo mismo. Imaginemos arrancar el día pensando en la reunión que nos espera con nuestro jefe y con la responsable del área; al primero no le gusta nada que le vayamos con problemas y la segunda siempre llega tarde y provoca atrasos y repeticiones cada vez que participa en una reunión. Centrarnos en lo negativo resulta una forma extraña (muy) de levantarnos dispuestos a tener un “buen día”.

Lo curioso es que cada uno elige en qué centrarse. Entonces, libremente, podemos elegir centrarnos en lo positivo que tiene el jefe y la responsable de área. Por ejemplo, al primero no le gustan los problemas, pero si le presentamos una solución es un tipo muy receptivo y abierto. La responsable siempre llega tarde, aunque siempre tiene ideas originales que aportar. En cierta forma, si elegimos centrarnos en lo bueno, nosotros también afrontaremos la reunión más abiertos a hacer aportaciones, a aprender y/o a desarrollar perspectivas más enriquecedoras.

Y ciertamente, lo que cada uno elige define su motivación. Es decir, si vamos mentalizados de que todo será infértil e improductivo, nuestra motivación estará desactivada, desconectada. Ahora bien, si esperamos algo bueno -en cualquier ámbito y actividad- estaremos motivados; mucho más si eso bueno lo esperamos de nosotros mismos. Pensemos acaso, cómo nos sentimos cuando vamos a practicar nuestro deporte favorito o cuando estamos preparando un viaje de vacaciones.

Ahora bien, ¿de qué depende que esperemos cosas buenas de nosotros mismos?

Tal y como afirma Curro, depende -sobre todo- de nuestro autoconcepto: creencias positivas (aquello en lo que creemos que somos buenos) y creencias limitantes (aquello que nos frena nuestro desarrollo personal o profesional). No obstante, la mayoría de las creencias limitantes son falsas. Sucede que nos las han inculcado a lo largo de la vida (padres, educadores, etc.) y aunque no somos conscientes de ellas, las llevamos como una especie de mochila por la vida. Así es que tenemos que cuestionarlas y enfrentarlas para incrementar nuestra motivación.

Pero además, para alcanzar esa motivación debemos conocernos un poco más. Lo que decíamos al comienzo “mirar hacia dentro y despertar” y descubrir qué es realmente lo que nos motiva.

A propósito de ello, el psicólogo David McClelland sostuvo que todos los individuos tenemos cuatro grandes motivadores:
  • Logro: gente competitiva, que le gusta conseguir cosas, los retos, etc. Por ejemplo, los deportistas de elite.
  • Afiliación: les gusta relacionarse, les gustan las personas.
  • Influencia social: influyen en otros para desarrollarlos. Les gusta ayudar a los demás.
  • Influencia personalizada: son los que influyen a otros para su propio beneficio.

Lo cierto es que todos tenemos un poco de cada uno, pero la mayoría tenemos mucho más de las dos primeras y poco de influencia. En otras palabras, nos centramos mucho en los resultados y en el cómo llegamos a ellos, pero pocas veces nos preguntamos por nuestros “para qué”.

Ahora sí, volvamos a la pregunta inicial: ¿para qué nos despertamos cada mañana?

Por ejemplo, nuestro especialista, junto al equipo de profesionales que conforman Despierta by CDR, despiertan cada día con el propósito de ayudar a las personas y a los equipos a que sean felices y se diviertan su trabajo. Efectivamente, también lo afirma Simon Sinek, creador del círculo de oro: “la gente no compra lo que haces, compra para qué lo haces”. Por ello, acompañan a las empresas a descubrir y alcanzar su propósito.

¿Y cuáles son los cómos de Despierta by CDR? diagnosticar el punto de partida a través de sus “despertadores” e implementar Programas de Desarrollo dinámicos, provocadores y con sentido del humor.

¿Y los qué? forjar líderes resonantes y equipos motivados, cohesionados, eficaces y emocionalmente competentes, que contribuyan a generar un clima laboral positivo, identifiquen las motivaciones de sus clientes, satisfagan sus necesidades y alcancen resultados extraordinarios.

[do action=”solicita-mas-informacion”/]

#Reinvéntate

TU PASIÓN, TU ÉXITO

Suscríbete

¿Quieres estar al día de nuevos cursos y 
recomendaciones en materia de formación?