Empatía y Asertividad para una comunicación efectiva, respetuosa y saludable.

Transitamos una época de alta sensibilidad y vulnerabilidad en el que prima la crispación. Lo cierto es que cuando se impone esta forma de comunicarnos perdemos la capacidad de conectar con el otro, algo inconcebible sobre todo si contemplamos los espacios educativos, los entornos organizacionales y/o los procesos de desarrollo personal.

De hecho, es en esos mismos contextos en los que tanto resuenan y se reclaman conceptos como empatía y asertividad, tan necesarios, tan vitales y tan importantes en la práctica para comunicarnos de forma efectiva, respetuosa y saludable. La empatía porque nos permite escuchar al otro con atención y ponernos en su lugar; la asertividad porque supone hacer valer nuestros propios derechos sin dejarnos manipular y sin intentar manipular a nadie más. Ambas apuntan a cuidar la calidad de las relaciones y están basados en la honestidad y en el reconocimiento de los límites y posibilidades propias y ajenas. No obstante, como todas las habilidades, requieren un trabajo personal. 

Ahora bien, tanto la empatía como la asertividad son conceptos asociados a la Inteligencia Emocional (IE), pertenecen a la esfera las habilidades sociales y son potencialmente desarrollables en todas las personas. De hecho, si se complementan constituyen un modelo que facilita el aprendizaje, la motivación, el compromiso y la comunicación efectiva. No obstante, como decíamos con antelación, para que ambos conceptos puedan incorporarse y aplicarse en la práctica personal y profesional, es necesario un trabajo previo que tiene relación con el desarrollo de la IE. En tal sentido, viene bien recordar cuáles son los aspectos que contempla para poder entender por qué ese orden es inalterable.

  • Autoconciencia: es clave para la autovaloración de las propias fortalezas y debilidades y para el desarrollo de una autoestima saludable.
  • Autorregulación: facilita la autoconfianza la confianza en los propios recursos para superar adversidades y afrontar desafíos.
  • Automotivación: favorece la identificación de los objetivos o intereses propios y nos permite desarrollar una actitud positiva en nuestro día a día.
  • Empatía: es la capacidad de ponerse en el lugar del otro.
  • Habilidades sociales: son conductas sociales específicas que nos permiten interactuar y crear vínculos saludables y duraderos.

No obstante, si bien la enumeración es necesaria para distinguir los aspectos que se trabajan, todos y cada uno de ellos son un engranaje que se retroalimenta de lo aprendido, se integra y es parte necesaria para lo siguiente. Por ejemplo, el autoconocimiento es clave para la autovaloración y la autoestima; a su vez, estos aspectos son fundamentales para que puedan desarrollarse habilidades como la empatía y la asertividad.

Sobre todo en el ámbito educativo, los/as docentes necesitan trabajar, aprender y vivenciar su propia emocionalidad. Después, la transferencia de esas cualidades ocurre naturalmente, ya que ellos/as mismos/as quienes aprenden a facilitar los espacios orientados a la sana convivencia basada en la igualdad y el respeto por el/la otro/a. Este clima particular en el aula hace que tanto los profesionales de la educación como el alumnado sienta mayor compromiso para que el proceso de enseñanza-aprendizaje resulte una experiencia gratificante y motivadora.

Ahora bien, en los entornos organizacionales la ecuación es la misma. La IE y las habilidades sociales son clave para la buena convivencia y para una comunicación constructiva, enriquecedora y respetuosa.

Este tema, entre muchos otros, representa uno de los contenidos sobre los que profundiza este Experto Universitario en Inteligencia Emocional diseñado por los profesionales de Emotiva CPC

¿Tanta preocupación no te permite ocuparte?

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¿Tanta preocupación
no te permite ocuparte?

¿Te preocupa quedarte en blanco a la hora de exponer tus ideas con los directores de la firma? ¿Crees que si no argumentas correctamente prescindirán de ti? ¿Ya te imaginas buscando otro trabajo? ¿Estás seguro que en el próximo te pagarán menos?

Claro que, aunque no lo hayas previsto, también puede pasar otra cosa: algo BUENO.

Es correcto mencionar que niveles moderados de preocupación y ansiedad son inevitables y constituyen un aspecto esperable en la vida de las personas. La preocupación es una cualidad asociada a la prevención y a la búsqueda de soluciones positivas. El problema surge cuando esa preocupación se hace crónica y se reitera sin procurarnos una solución positiva; cuando se vuelve incontrolable, se convierte en ruido mental y resulta impermeable a cualquier razonamiento.

Todos los excesos son malos y el exceso de preocupación en el trabajo no es una excepción.

El mundo laboral está repleto de incertidumbres que parecen favorecer la aparición de la preocupación crónica, cuya intensidad, duración y frecuencia son desproporcionadas a la posibilidad de ocurrencia o eventual impacto del hecho tan temido. Lo hemos visto claro en el bucle que recreábamos en la introducción. El punto es que, una vez en ese estado, todo resulta difícil de controlar porque la preocupación resulta invasiva y agotadora.

¿Quién puede pensar con claridad, argumentar con lógica, ser creativo, productivo o buen comunicador en momentos en los que su mente está elucubrando sobre las mil maneras en las que pueden ocurrir distintas catástrofes? Catástrofes que, por otra parte, tienen un alto porcentaje de improbabilidad.

La preocupación crónica anula todos los recursos y capacidades.

Es el estado psíquico bajo el cual las personas bloquean toda su potencialidad mental y de pensamiento. En efecto, hasta el más erudito puede parecer un verdadero inepto cuando se ve invadido de preocupaciones y entra en pánico. Claro que la preocupación crónica y la ansiedad no son los únicos estados emocionales intrusivos y paralizantes con los que nos enfrentamos en la vida profesional. En todas las situaciones hay una incidencia emocional determinante para el éxito o el fracaso en el desempeño laboral y personal.

Tal vez por ello, es posible coincidir con la conclusión de numerosos investigadores: “La inteligencia representa solamente el 20% de los factores que determinan el éxito, mientras que el 80% restante depende de otros varios factores, entre los cuales está la llamada Inteligencia Emocional”.

El conocimiento técnico define qué trabajo puede hacer. La Inteligencia Emocional define cómo lo hará.

Porque cualquiera de nosotros puede tener todos los argumentos minuciosamente aprendidos y justificados, las alternativas evaluadas y los tiempos perfectamente calculados. Sin embargo, sabemos que todo se desmorona cuando la actitud domina a la aptitud.

Aquí surge el interrogante: ¿qué pasaría si pudiéramos regular el pánico escénico que se repite en cada reunión; o controlar esos ruidos mentales que lo único que hacen es dispersar nuestra atención de lo importante; o mantener la visión clara aún en medio de un conflicto; o evitar la frustración cuando los proyectos no salen según la previsión?

Este es el momento en el que la Inteligencia Emocional cobra especial relevancia.

Por un lado, porque nos permite acceder a un estado de autoconciencia a través del cual podemos reconocer nuestros estados internos, recursos e intuiciones. Por otro lado, nos invita a desarrollar la automotivación y autorregulación, para aprender a trabajar bajo presión; para neutralizar los síntomas del estrés y confiar en nuestros propios recursos, y para superar adversidades y mantener el enfoque en el objetivo.

Si logramos aprender a gestionarnos emocionalmente, entendiendo que todos los procesos laborales necesitan de nuestra congruencia lógica y emocional, también se hará más fácil la relación con equipo de trabajo, con los pares y con todas las personas que integren nuestros diferentes entornos.

Conocer nuestra emocionalidad, nos permitirá desarrollar la empatía para reconocer las emociones en los otros; para desarrollar la capacidad de escuchar y para colaborar en la búsqueda de motivaciones conjuntas. En paralelo, nos proveerá una serie de habilidades sociales útiles para persuadir e influenciar positivamente a otros; para buscar una respuesta creativa ante los conflictos; para negociar, liderar, cooperar, dirigir y promover cambios.

“No es la genética lo que prefija nuestro nivel de IE. No es innata (…). Se puede aprender y continua desarrollándose a medida que avanzamos en la vida y aprendemos de la propia experiencia”. Fragmento de “Cómo sobrevivir al cambio: IE y Social en la Empresa”. Ma Claudia Londoño.

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