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Exposición oral eficaz.

Prepárate para opositar con éxito.
Entrena tus habilidades comunicativas.

Las oposiciones abarcan muchas de las sensaciones emocionales que se ponen de manifiesto en otros eventos similares. Efectivamente, las sensaciones que transcurre un opositor son las mismas que puede experimentar un emprendedor al describir su idea de negocio; un conferencista durante una exposición; un vendedor al cerrar una operación; un estudiante al presentar una tesis doctoral, y un largo etcétera.

Ahora bien, en cualquier caso, el objetivo siempre es provocar un impacto emocional positivo en aquellos que nos están escuchando y juzgando. Aunque antes de continuar, vamos a intentar quitarle esa connotación negativa tan errónea que prima sobre el término juicio. Efectiva y afortunadamente, todos tenemos la capacidad de juzgar. Es lo que nos permite, entre otras cosas, decidir si comprar una chaqueta u otra. ¿Por qué la elegimos? Porque juzgamos, porque es esa chaqueta (y no otra) la que nos hace sentir emocionalmente bien. La capacidad de juicio, característica propia de los seres humanos, nos permite tomar decisiones racionales que van mucho más allá del instinto y todas ellas nos provocan -siempre- una reacción emocional.

En ese mismo sentido, estas clases individuales de oratoria, consiguen que cada opositor en particular o cada persona en cualquier situación similar, aprenda cómo generar reacciones emocionales favorables y, en consecuencia, hacer que esos juicios que harán de ellos y de su actuación resulten lo más positivos posibles.

A propósito de esto, César Rojas, actor y especialista en habilidades comunicativas, señala que uno de los impedimentos más grandes para lograr ese objetivo es ese gran miedo de las personas de no gustar a los demás. Por este motivo, una de las primeras cuestiones que plantea es que necesitamos asumir y aceptar que es imposible agradar a todo el mundo todo el tiempo y en todos los casos. Como él bien dice, “lo importante, más allá de ese juicio final, es que cada persona tenga la convicción de lo que está haciendo y que sea capaz de transmitirlo genuina y eficazmente”.

Por todo esto, aunque los opositores tienen que contar con un profundo conocimiento sobre lo que están exponiendo, no es suficiente.

Si el discurso es lineal, es expuesto sin entusiasmo y sin fuerza, es probable que incluso hasta lo técnicamente perfecto genere una reacción soporífera en los demás. Es muy importante transmitir pasión por compartir sus conocimientos y entender que para provocar las reacciones emocionales deseadas se necesita tanto la forma como el contenido.

Pongamos un ejemplo imaginando una situación habitual de conquista en una discoteca. Cuando una persona se acerca a otra intentando ganar su atención y su atracción, el otro/a emitirá un juicio respecto a si le resulta atractivo/a o no. Ahora bien, si quien se acerca lo hace pensando algo así como “seguro que no le voy a gustar”, ¿imaginan qué pasará? ¡Es tan obvio! Será la crónica de un final anunciadísimo. Esto evidencia que la forma en cómo encaremos ese  proceso de seducción (o cualquier evento), si bien no definen el 100% del resultado de la conquista, influyen significativamente en él -positiva o negativamente, claro-.

¿Y el cuerpo? ¿Cómo lo integramos?

Veamos. Siempre, todos, todo el tiempo estamos sintiendo algo y nuestro cuerpo sabe y transmite ese estado emocional. Este es un punto importante del trabajo de César, ya que él contempla, como premisa cierta y lógica que el opositor estará nervioso, igual que lo estaría cualquiera que se juega algo importante.

En este sentido, tanto la interpretación como las técnicas teatrales -ejes de este entrenamiento- permite que cada uno conozca cuáles son los mecanismos que ha puesto en funcionamiento todas las veces que, a lo largo de su vida, ha sido capaz de explicar cualquier cosa transmitiendo y provocando en sus receptores sensación de seguridad, de aplomo y de convicción. Por ello, el objetivo nunca es estar tranquilos, sino comprender de qué manera -gracias a mantener los nervios dentro de unos parámetros controlables-, el opositor es consciente de lo que está transmitiendo su cuerpo y apuesta por transmitir una emoción determinada.

¿Y el ritmo? ¿La entonación? ¿La mirada? ¿La gestualidad? ¿El orden?

Curioso o no, hay opositores que sufren de ser demasiado dependientes de su memoria, evalúan un tono de voz correcto y hasta practican cierta gestualidad. Está planificación, sobre todo luego de lo que hemos venido diciendo, resulta inoportuna, imprecisa e inconsistente. Si por ejemplo el opositor pone el esfuerzo en la memoria, podría ser que olvidarse de adjetivar como “deslumbrante” una parte del discurso se convierta en una tragedia. En cambio, si se prepara para encontrar cómodamente otras palabras que expresen algo deslumbrante evitará que hasta el juez más detallista repare en ese acto de improvisación.

Cuando uno sabe qué y cómo quiere transmitir algo, todo lo demás -el ritmo, la mirada, la gestualidad y el tono- es una consecuencia que actúa en coherencia con ello.

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