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Los mandatos son mandatos por algo. Incumplirnos supone saltarnos las normas, salirnos del guión, transgredir. Pero, sobre todo, supone -como decíamos con anterioridad- arrastrar esa culpa o angustia por no hacer lo que se espera de nosotras. Ahora bien, ¿a quién le sirve vivir ese guión si no es lo que nos hace felices? ¿A quién le sirve callar una pasión sólo para conformar al otro? ¿A quién le genera felicidad vivir la vida y el sueño de alguien más, posponiendo o ignorando el suyo propio?

Cada familia tiene una historia, unos hechos que sucedieron y que hicieron que se creara un sistema de creencias, de leyes, de obligaciones implícitas. Todo ello se reproduce en forma de contratos familiares. De esta forma, intuimos que no ser leales a ellos supondrá no ser queridos y, posiblemente, ser expulsados del clan. Ahora bien, ¿qué sentido tiene esa lealtad si nos mantiene atados a un guión ajeno y nos impide ser felices?

¿Cuántos trabajadores se sienten insatisfechos hoy en sus puestos de trabajo? ¿Cuánta gente trabaja sin motivación real, sin sentirse vinculado con su trabajo ni con su compañía? ¿Cuánto cuesta la desmotivación de los empleados a la empresa? A propósito de ello, un estudio realizado en 6 países Iberoamericanos revela que el 78% de los trabajadores españoles dice estar descontento con su trabajo. También indica que España es el país donde más grande es la desmotivación. Esos datos son evidentemente negativos, ¿pero cuánto cuestan?

Richard Bandler, uno de los cofundadores de la Programación Neurolingüística (PNL), afirma: “Tus creencias no están hechas de realidades; es tu realidad la que está hecha de tus creencias”. Dicho en otras palabras, cada uno de nosotros ve las cosas de manera diferente, aunque nadie puede asegurar que observa la realidad de forma objetiva. Todos -sin excepción-, aplicamos interpretaciones subjetivas de lo que ocurre. Es decir, nuestra experiencia del mundo está creada por la información que vamos almacenando consciente o inconscientemente, por nuestras experiencias, por la educación recibida y por la cultura.

La atención dirigida, el autocontrol y la autoregulación nos permiten revisar nuestros juicios e interpretaciones, gestionar nuestras reacciones y conductas, mantenernos flexibles frente a la incertidumbre laboral o, incluso, frente al duelo por la pérdida de una relación o el miedo a estar solos. “El movimiento es de dentro hacia fuera; es hacer para Ser; es un pulso vital sencillo; es el fluir del Ser en relación con la vida. Tu postura es el reflejo de tu movimiento por la vida”.

Todas las organizaciones deberían procurar el bienestar de las personas como un factor imprescindible de valor y reciprocidad porque la aportación humana significa más beneficios para la empresa que los resultados financieros. Si se margina esta aportación, se deshumaniza la empresa y se evidencia negativamente en todos los indicadores claves de gestión: clima interno, motivación, compromiso, rendimiento, productividad y, tal vez el más difícil de revertir, la imagen empresarial. Entonces nos preguntamos, ¿dónde está el valor empresarial de una organización?

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