Formación

El dolor, sobre todo el dolor crónico, continua siendo uno de los mayores desafíos para la medicina moderna. Todos padecemos dolor físico y/o emocional en uno u otro momento de nuestra vida, y aunque solemos “demonizarlo”, es la única manera que tiene nuestro cuerpo de avisarnos sobre un problema serio y de protegerse de daños mayores.

El liderazgo es la respuesta a los desafíos a los que se enfrentan las organizaciones hoy en día. Toda organización necesita liderazgo y en todos los niveles. ¿Por qué? Porque los líderes son la clave para la creación de un clima laboral cordial o adverso. De hecho, los resultados de un área o una empresa dependen en un 30%-40% de su clima laboral.

Parece que hemos olvidado que cada acción que llevamos adelante tiene un impacto global en las personas que nos rodean, en las empresas donde trabajamos, en las sociedades a las que pertenecemos y en toda la enorme red de la vida de la que somos parte. Necesitamos recordar que nuestro potencial como seres humanos es ilimitado y que podemos responder a cualquier reto que nos enfrentemos desde un liderazgo más integral.

Culturalmente parecemos impregnados por el decreto de Descartes "Pienso luego existo". Aunque de vez en cuando, sólo de vez en cuando, escuchamos que algún osado nos sugiere “seguir a nuestro corazón”. Esta separación binaria y desnaturalizada a la que sometemos nuestras decisiones no suena ni muy justa ni muy equilibrada, básicamente porque no somos ni una mente, ni un cuerpo, ni un manojo de emociones; somos todo eso junto.

Si un entrenador no desarrolla su actitud, su autoestima, su ambición, etc., en los niveles máximos de madurez, difícilmente pueda contagiar, inspirar y ayudar a que cada uno de los miembros de un equipo desarrolle todos esos atributos de forma equilibrada, integradora y armoniosa. La confianza, promovida a través del ejemplo, es la base fundamental de un equipo; si no existe, si tiene fisuras o si es endeble, la construcción de ese equipo también lo es.

Las emociones visten cada aspecto de nuestras vidas y de nuestra cotidianidad. Sobre todo en nuestro rol de padres, muchas veces nos vemos en situaciones con los niños en las que resulta fácil perder la calma. Por ello, saber cómo reconocerlas y gestionarlas, además de ayudarnos a evitar sentimientos de frustración o culpabilidad, nos permite desarrollar vínculos más saludables con nuestros hijos.

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