Adicciones

En general, o mejor dicho, en muchos casos, el uso de drogas corresponde a un afán de huir de la realidad; actúan como una vía de escape, como un alivio temporal a los problemas personales, familiares, y/o como una pócima ilusoria para resolver el vacío existencial. Sin embargo, existen comienzos más livianos que no tienen ese componente de “escape y/o alivio”. Hablo del consumo social, de esa salida de fin de semana o de esa noche de fiesta en la que tantos deciden que es una estupenda idea experimentar el cóctel de alcohol y cocaína. Total, piensa la gran mayoría: ¿qué podría pasar por consumir sólo en las noches de fiesta?

El mal hábito de estar constantemente entre la euforia y la disforia. Ese es, concretamente, el efecto que el consumo de cocaína provoca. Algo así como un efecto rebote, de modo que tras la fase de “subida” rápida e intensa, estimulante y eufórica aparece la fatiga y la disforia. De hecho, justamente por la corta vida de esta sustancia en el organismo, los consumidores pre­cisan de dosis frecuentes -y cada vez más importantes- para mantener los efectos. Con el tiempo, los consumidores de cocaína suelen experi­mentar, además de la sensación de euforia, excitabilidad e hiperactividad, ciertos comportamientos estereotipados o repetitivos, tendencia a la violencia y deterioro de la capacidad de juicio.

Según un estudio sobre conductas patológicas en internet durante 2015, realizado por la ONG Protégeles que colabora en programas de la Comisión Europea, el 21,3% de los jóvenes está en riesgo de convertirse en adicto a las nuevas tecnologías. Y el 1,5% ya lo es. No controlan su conducta, lo que afecta al trabajo y a las relaciones personales. Por definición, la tecnoadicción se refiere al uso patológico o la dependencia de las tecnologías de la información y comunicación (TIC). Es una adicción comportamental que se vuelve problemática por la necesidad una ejecución excesiva y/o compulsiva.

Cuando en 1990 el famoso actor Michael Douglas fue admitido en una clínica de rehabilitación, las causas de su internamiento llamaron la atención sobre un concepto hasta ese entonces novedoso: la adicción al sexo. Aunque suele bromearse con el término, suponiendo que es alguien que la pasa lo más de bien, la adicción al sexo -también llamada hipersexualidad y ninfomanía- es un problema psicológico que genera graves consecuencias sobre la vida y relaciones sociales de quienes la padecen. Mucha gente usa el sexo de vez en cuando para escapar del estrés, esto es algo normal, placentero y hasta saludable. El problema es que para los adictos se trata de una conducta constante.

Aunque no existan estadísticas oficiales, las estimaciones son alarmantes y señalan que entre un 0,5% y un 2% de la población es adicta al juego en nuestro país. Lo más llamativo es que hay un cambio progresivo en el perfil del ludópata; son cada vez más jóvenes, tienen un mayor nivel de formación y un acceso fácil a múltiples propuestas en la red. Ya no hablamos únicamente de engancharse al bingo, al casino y a las tragaperras, hablamos de la adicción a las máquinas de apuestas deportivas y al juego online, regularizado en junio de 2012. Efectivamente, las apuestas son la segunda causa de ludopatía.

Vivimos una época difícil, contradictoria. Una época que nos llena de cosas mientras, en diversas áreas, nos vacía. Una época que nos presiona con niveles altos de exitismo y rendimiento mientras propone, de múltiples maneras, aliviar los conflictos, dolores o tensiones personales a través del consumo de diferentes químicos, como son los psicofármacos. Una época de ineludibles urgencias, de exigencias laborales cada vez más implacables y de redes y vínculos cada vez más frágiles. Es ese marco tan complejo como controvertido, la sociedad de consumo impulsa a las personas a ciertos hábitos y conductas que luego terminan convirtiéndose en adicciones.