Adicciones

Según un estudio sobre conductas patológicas en internet durante 2015, realizado por la ONG Protégeles que colabora en programas de la Comisión Europea, el 21,3% de los jóvenes está en riesgo de convertirse en adicto a las nuevas tecnologías. Y el 1,5% ya lo es. No controlan su conducta, lo que afecta al trabajo y a las relaciones personales. Por definición, la tecnoadicción se refiere al uso patológico o la dependencia de las tecnologías de la información y comunicación (TIC). Es una adicción comportamental que se vuelve problemática por la necesidad una ejecución excesiva y/o compulsiva.

Cuando en 1990 el famoso actor Michael Douglas fue admitido en una clínica de rehabilitación, las causas de su internamiento llamaron la atención sobre un concepto hasta ese entonces novedoso: la adicción al sexo. Aunque suele bromearse con el término, suponiendo que es alguien que la pasa lo más de bien, la adicción al sexo -también llamada hipersexualidad y ninfomanía- es un problema psicológico que genera graves consecuencias sobre la vida y relaciones sociales de quienes la padecen. Mucha gente usa el sexo de vez en cuando para escapar del estrés, esto es algo normal, placentero y hasta saludable. El problema es que para los adictos se trata de una conducta constante.

Aunque no existan estadísticas oficiales, las estimaciones son alarmantes y señalan que entre un 0,5% y un 2% de la población es adicta al juego en nuestro país. Lo más llamativo es que hay un cambio progresivo en el perfil del ludópata; son cada vez más jóvenes, tienen un mayor nivel de formación y un acceso fácil a múltiples propuestas en la red. Ya no hablamos únicamente de engancharse al bingo, al casino y a las tragaperras, hablamos de la adicción a las máquinas de apuestas deportivas y al juego online, regularizado en junio de 2012. Efectivamente, las apuestas son la segunda causa de ludopatía.

Vivimos una época difícil, contradictoria. Una época que nos llena de cosas mientras, en diversas áreas, nos vacía. Una época que nos presiona con niveles altos de exitismo y rendimiento mientras propone, de múltiples maneras, aliviar los conflictos, dolores o tensiones personales a través del consumo de diferentes químicos, como son los psicofármacos. Una época de ineludibles urgencias, de exigencias laborales cada vez más implacables y de redes y vínculos cada vez más frágiles. Es ese marco tan complejo como controvertido, la sociedad de consumo impulsa a las personas a ciertos hábitos y conductas que luego terminan convirtiéndose en adicciones.

La marihuana, también conocida por sus siglas, THC; y también las voces populares como hachís, hash, maría, peta, porro, canuto, hierba, chocolate y otros. A pesar de ser ilegal, en el mundo su consumo se incrementó en el último año hasta llegar a 162 millones de personas, casi el cuarto por ciento de la población total y tres veces más que el conjunto de todas las otras sustancias con riesgo de causar adicción. Y me pregunto entonces ¿qué la hace tan popular entre los jóvenes y los no tan jóvenes? ¿Por qué muchos minimizan sus efectos y la consumen restándole importancia a las consecuencias?

La mayoría de los profesionales adictos reconocen en casi todos los eventos un buen motivo para complementarlo con drogas (de hecho, les resulta imposible concebirlo de otra manera): el festejo por una buena negociación, el cierre de exitoso de un caso, el contacto con nuevos clientes, todo merece festejos -alcohol sin límites-; y digo sin límites porque cuando la cantidad ingerida de alcohol alerta un posible estado de ebriedad, recurren a la cocaína para neutralizar (bajar el efecto/disimular), pues “ella” hará lo suyo y todo podrá volver a comenzar derribando todos los límites coherentes de cualquier celebración.

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