Adicciones

La ludopatía o juego patológico es considerado un problema psicológico, una adicción conductual que afecta todos los aspectos de la vida. La persona percibe que tiene todo bajo control, pero le resulta imposible aplazar el impulso o deseo por el juego. Y la realidad no les pone fácil la conducta de evitación. Ya no son solo máquinas tragaperras, casinos y otros juegos presenciales. En los últimos años se han multiplicado las ofertas de juego virtuales, los canales y la disponibilidad, que facilitan la apuesta hormiga, la dependencia y el anonimato. Tal es así que se puede jugar 24 horas, en pijama, desde la cama o cómodamente sentado en el sofá.

El gran problema es que el abuso termina convirtiéndose en adicción. ¿Por qué? La adicción es una enfermedad crónica y recurrente del cerebro que se caracteriza por la búsqueda y el consumo compulsivo de drogas, a pesar de sus consecuencias nocivas. Estudios de imágenes cerebrales de personas adictas muestran cambios físicos en áreas del cerebro que son esenciales para el juicio, la toma de decisiones, el aprendizaje y la memoria, y el control del comportamiento.

La ludopatía o juego patológico es considerado un problema psicológico, una adicción conductual que afecta todos los aspectos de la vida. La persona percibe que tiene todo bajo control, pero le resulta imposible aplazar el impulso o deseo por el juego. El ludópata siempre interpreta señales para jugar; números, fechas, sueños, todo puede el medio para conseguir ese ansiado triunfo que -si bien no es la meta fundamental- lo impulsa y lo engaña como si de un espejismo se tratase. Básicamente, lo que ocurre es que se miente y manipula a los demás para seguir jugando.

La mayoría de nosotros tiene una vida agitada. Días agotadores, exceso de responsabilidades, discusiones, idas, venidas, reuniones, obligaciones, presiones y un sinfín de etcéteras. Es normal que al acabar el día y al llegar a casa necesitemos un momento de paz, de silencio, de relax. No obstante, y tal vez paradójicamente, muchas veces estamos tan agotados que seguimos acelerados, como si no pudiéramos desconectar del ritmo, como si no pudiéramos relajarnos así, sin más. Ese es el momento en el que entran en escena los que se han convertido en aliados incondicionales de esa necesidad de desconexión: la marihuana “el porrito” y el alcohol “la cañita o el vinito”.

“Al principio no me daba cuenta, pero cuando comencé a perder, sentía deseos de reponer lo perdido y cuando perdí aún más, ya fue forzoso seguir jugando para recuperar aunque sólo fuera el dinero necesario para mi partida, pero también eso lo perdí”. Estas palabras fueron plasmadas por Fedor Dostoievski, autor de la novela El jugador -entre otras- en una carta a su esposa en la que le explicaba cómo había perdido todo su dinero. Las preguntas son: ¿era Dostoievski un débil moral? ¿Tenía un defecto genético? ¿Le faltaba fuerza de voluntad? Tal vez así se categorizaba a un adicto tiempo atrás. Hoy por hoy, y gracias a los avances de la ciencia, la adicción reconocida como una enfermedad crónica que provoca cambios cerebrales específicos.

En general, o mejor dicho, en muchos casos, el uso de drogas corresponde a un afán de huir de la realidad; actúan como una vía de escape, como un alivio temporal a los problemas personales, familiares, y/o como una pócima ilusoria para resolver el vacío existencial. Sin embargo, existen comienzos más livianos que no tienen ese componente de “escape y/o alivio”. Hablo del consumo social, de esa salida de fin de semana o de esa noche de fiesta en la que tantos deciden que es una estupenda idea experimentar el cóctel de alcohol y cocaína. Total, piensa la gran mayoría: ¿qué podría pasar por consumir sólo en las noches de fiesta?

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