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Máster en Inteligencia Emocional.

A mayor autoconocimiento, mayor libertad.

Decía Don Quijote: “La libertad, amigo Sancho, es uno de los primeros dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y que el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Y como decía Carl Jung: “La libertad se extiende hasta los límites de la conciencia”.

Todos sabemos que los seres humanos nos distinguimos de los demás seres de la naturaleza sobre todo por el atributo de la libertad. Efectivamente, un árbol solo puede crecer en el lugar en el que fue plantado. No puede moverse a un lugar con más sol, con más aire o con más espacio para desplegar cómodamente sus raíces. No puede protegerse del viento ni luchar contra él; solo puede estar a su merced.

En cambio, los seres humanos poseemos libertad para cumplir sueños y metas; para movernos, viajar, tomar decisiones, cambiar el rumbo o, simplemente, para quedarnos en nuestra zona de confort. Sin embargo, cualquiera sea la situación, poco sabemos de nosotros mismos, poco nos conocemos en profundidad y muchas veces ese desconocimiento nos paraliza, nos hace perder el rumbo e incluso nos obliga a renunciar al viaje. ¿Por qué digo esto?

Cuando perseguimos un sueño, cuando fijamos un objetivo y nos ponemos en acción para conseguirlo, tenemos que saber que no llegaremos a él en línea recta.

Es decir, en ese camino (y en cualquiera) tendremos que sortear vicisitudes más grandes y más pequeñas y como dice nuestro especialista en Inteligencia Emocional, Javier Mañero: “Para hacer aflorar el talento hay que tomar conciencia de nuestro estado personal y profesional o, lo que es lo mismo, dónde estoy y hacia dónde voy”. Porque si no sabemos eso tan básico, si no sabemos con qué contamos y qué nos falta; si no sabemos cómo gestionar la alegría, la sorpresa, la tristeza, el asco, el enfado y el miedo; es decir, nuestras emociones básicas, ¿hasta dónde podremos llegar? Más aún, ¿Sabemos cuáles son nuestros valores internos y externos? ¿Les hemos puesto nombre alguna vez?

Si hablamos de valores no podemos universalizarlos. Cada uno tendrá los suyos. Para una persona católica y creyente, por ejemplo, uno de sus valores externos podría ser Dios y otros podrían ser la familia, la salud, el trabajo, etc. En cambio, cuando nos referimos a valores internos hablamos de pilares personales como el amor, la confianza, la comunicación o la protección, entre otros. Nuestro especialista nos hace en este sentido una analogía con los dedos de las manos; en tal sentido, nos dice que cada uno tiene que identificar -por lo menos- esas cinco cosas más importantes, porque son las que nos mueven, nuestro motor y todo lo que nos propongamos tiene que respetar este ecosistema de valores.

En todo este trabajo de conciencia nos sumerge Javier a través de este Máster en Inteligencia Emocional que, unido a la reflexión de Jung del comienzo, nos permite alinear dos conceptos: a mayor autoconocimiento, mayor libertad. Y no es una utopía. Cuando por fin reconocemos e identificamos algo en nosotros: una conducta, un comportamiento, una creencia limitante, un miedo, etc., entonces podemos tomar acción para cuestionar, cambiar y trascender. Por supuesto, respetando siempre nuestros valores más íntimos.

Es en ese orden, trabajando desde dentro hacia fuera, que nos será posible cumplir nuestras metas y sueños. Nunca, nunca al revés.

Aclaro esto porque vemos constantemente como en esta sociedad exitista muchas personas van detrás de zanahorias externas -un coche nuevo, una casa más grande-, que sólo trae aparejada una felicidad efímera. Somos más que eso. Y en este punto, desde lo individual y como sociedad tal vez tengamos que trascender esa idea negligente que antepone el Tener antes que el Ser, porque ¿si entonces nos quitan todo?, ¿entonces no nos queda nada?, ¿no somos nada? Pero dejemos esto en retórica por ahora.

Todo lo que hemos abordado brevísimamente que tiene que ver con un proceso de introspección, autoconocimiento y autoconciencia, representan la primera parte de los casi veinte módulos que conforman este Máster en Inteligencia Emocional. Máster diseñado con riguroso criterio por el equipo profesional de la Escuela de Inteligencia(1) y liderado por el prestigio, la trayectoria y el reconocimiento profesional -nacional e internacional- de Javier Mañero (2).

No obstante, se trata de un proceso pedagógico diseñado con un enfoque educativo, no formativo. Esta diferenciación, imperceptible o sutil para algunos, es muy importante y representa otro valor diferencial de este Máster. Es decir, un proceso formativo tiene como objetivo dotar de conocimientos en una o varias materias específicas, pero no articula herramientas para educar sobre ello. En cambio, un proceso educativo tiene como finalidad facilitar recursos, herramientas, estrategias y metodologías para educar y está regido por unas pautas de conducta basadas en sólidos principios universales a los que nos referiremos, oportunamente, en un próximo artículo.

¿Qué nos llevaremos -entre otras cosas- de estos primeros módulos del Máster?
  • Autoconciencia.
  • Autorregulación emocional.
  • Confianza en nosotros mismos a partir de conocer nuestras fortalezas, debilidades, amenazas y oportunidades.
  • Seguridad para diseñar planes de acción estratégicos y cumplir nuestras metas respetando todo nuestro ecosistema de valores.

Hagamos caso a lo que Don Quijote sugería a su amigo; aventurémonos a la vida con el don de la libertad y no la convirtamos en cautiverio.


(1)  La Escuela de Inteligencia ha recibido el Premio a la Excelencia Profesional, en 2017.

(2). Su director, Javier Mañero ha sido distinguido con la “Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo” por la Asociación Europea de Economía y Competitividad, reconociendo el espíritu empresarial dentro del marco europeo a diversas compañías, instituciones y expertos profesionales que han fomentado la conciencia del emprendedor y el desarrollo económico.


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