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Adicción a la cocaína.

«Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos». Confucio.

Es un tópico muy extendido que los grandes empresarios, los banqueros, los corredores de bolsa, los exitosos consumen cocaína. La cocaína tiene fama de agudizar los sentidos, dar seguridad, hacernos más eficientes. Se asocia, equívocamente, a la productividad, al crecimiento económico desmedido y al estilo de vida lujoso. Está aceptada socialmente y se podría decir, incluso, que está de moda.

La generalización del uso se sostiene sobre la escasa percepción del riesgo de consumo. De hecho, de acuerdo con el Observatorio Europeo de las Drogas y la Toxicomanía la adicción a las drogas no está dentro de los 20 problemas que más preocupan a los ciudadanos de Europa. Según datos del Informe Europeo sobre Drogas del 2017 el consumo en España ha ido en aumento y es, además, es uno de los países de la Unión Europea donde más se utiliza.

La cocaína, sobre todo la que se esnifa, y dependiendo siempre de los grados de pureza, no se consume en los sectores marginales de la sociedad, sino que la utilizan muchas personas socialmente insertadas y activas. De hecho, hace mucho tiempo se habla de «la democratización de la cocaína».

El consumo inicial tiene dos versiones: la social, para «la fiesta» y la del ámbito laboral. Sin embargo, es muy fácil que uno potencie al otro.

En el ámbito laboral se produce sobre todo en las áreas de gran exigencia y competitividad o con altos estándares de excelencia, aunque también puede iniciarse para «sostener» largas jornadas de trabajos que no están altamente cualificados.  Esto se debe, entre otras cuestiones, a que en un principio los efectos a corto plazo son justamente la subida de energía y el estado de alerta mental, idóneos para el alto rendimiento laboral. Sin embargo, desde el comienzo del consumo aparece la irritabilidad y la paranoia junto con el aumento de la agresividad.

Pero más allá de sus efectos inmediatos, el problema de la sustancia radica en la adicción que genera. Como explica Manel Colomer, director del centro de desintoxicación sinconsumir.com y de la consulta de psicología clínica especializada en el tratamiento de las adicciones y trastornos asociados psicologiaespeciaizada.es, «la adicción no es un vicio, es una enfermedad mental grave con tendencia a la recaída y tiene tratamiento».

Físicamente, la adicción a la cocaína está relacionada con el exceso de la dopamina, un neurotransmisor que gestiona el placer. La dopamina se produce naturalmente en el cerebro en situaciones en las que se percibe una recompensa, por ejemplo: el olor de una buena comida. Lo que hace la cocaína es impedir que la dopamina se reabsorba y se elimine en el sistema nervioso. Ahora bien, como era de esperar, el sistema se reorganiza y se acostumbra a esos nuevos niveles de dopamina y cada vez es necesaria una dosis más alta para conseguir el mismo efecto. 

Normalmente la adicción se combina con otras conductas o sustancias adictivas como el alcohol o el juego patológico. En muchas ocasiones, una tendencia adictiva desarrolla a la otra. Es el caso de numerosos empresarios que, durante cenas de negocios y después de largas jornadas laborales, esa necesidad de sociabilizar y de estar activos los llevaron del consumo de alcohol al de cocaína. Luego se hace un hábito y es fácil que la práctica se transforme en costumbre y se genere un nuevo círculo vicioso. Así se produce una doble adicción que, por matemática básica, duplica los riesgos. En el caso del alcohol, además, su ingesta junto con el consumo de cocaína produce una compleja reacción química en el cuerpo cuyo resultado es el cocaetileno, sustancia que aumenta considerablemente las posibilidades de una muerte súbita.

Incluso salvándose de la sobredosis o la contracción de enfermedades graves, la adicción va deteriorando la vida social y afectiva de forma paulatina, pero el adicto no puede controlarlo porque, como explica nuestro especialista, el otro nombre de la adicción es el autoengaño.

Es así como llega el punto en el que «la cocaína se convierte en el concepto organizador de la propia vida».

Se rompen los vínculos afectivos, se es incapaz de sociabilizar o incluso de funcionar laboralmente. Y ahí se genera la paradoja, eso que era «la ayuda» para rendir más y alcanzar el éxito es lo que provoca la destrucción.

Normalmente se genera una gran desconfianza entre el adicto y su circulo cercano, ya que se establece una dinámica de mentira y de engaño para justificar el incumplimiento de compromisos laborales y familiares que causa la adicción. Pero hay momentos de lucidez en los que el adicto pide ayuda.

Curioso o no, la mayoría de las consultas llegan a través de las necesidades colaterales al consumo: dificultades económicas, problemas con la familia y la pareja, absentismo laboral.

Frente al pedido de rescate hay que saber responder correctamente y con eficacia. Es necesario y correcto pedir ayuda a los profesionales, afirma Colomer. Y es que él dirige un centro en el que el 85% por ciento de los pacientes logran «la recuperación de por vida», gracias a la personalización del tratamiento y el seguimiento realizado por el equipo de profesionales.

El equipo trabaja en coherencia con su lema: Abandonar el consumo momentáneamente es fácil, mantenerse sin consumir es el compromiso.

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