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Coaching para Músicos.

Que la música se exprese a través de ti.

“Con un gran músico nunca tengo la sensación de que aquí está la música y allá su vida. Creo que hay un nexo entre su alma, su espíritu, su vida cotidiana y la música. Son inseparables. Ahí está el misterio” María Joao Pires.

No es casualidad que estas palabras sean citadas por María de Marcos, nuestra especialista en Coaching Ontológico y Técnica Alexander, y que hayan funcionado como premisa para crear el programa de Coaching para Músicos. A propósito de ello, días atrás, hemos tenido la posibilidad de compartir con ella un ida y vuelta que resume exquisitamente la concepción de su trabajo. Compartimos aquí lo más relevante de esa entrevista.

Cuéntanos un poco, María, ¿cómo es que nuestra vida cotidiana está en la música? ¿Somos conscientes de cómo nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestro cuerpo entero son parte de lo que hacemos?

Desde pequeñitos, la formación musical saca la atención de la persona que hace música para ponerla en la técnica, en el instrumento y en la música en sí. Yo diría que en ese orden. El aprendizaje de la técnica, en el caso de la música, es muy costoso y sin técnica los resultados quedan por debajo de nuestras expectativas y nos decepcionan. Así que la técnica que es “un medio para” se vuelve un fin en sí misma y con esa misma disciplina se aborda la parte musical. Son años de aprendizaje en esa dirección. Imprescindible, quizás. Pero es una lástima que la experiencia final esté marcada por esa manera de mirar.

Aún técnicamente virtuosa, una interpretación puede ser mecánica y fría. En el sonido puedes darte cuenta de que está desconectada de algo. Y creo que ese algo es la persona en sí y la experiencia que vive mientras toca. Es impresionante como cambia el sonido cuando la persona interpreta y crea conectada con su cuerpo y a través de él. Los músicos se asombran a menudo de cómo ese zoom hacia fuera que les “aleja” de la partitura, de la obra, del instrumento, de la técnica, les hace justamente estar mucho más “cerca” de lo que andan buscando: comunicar, sentir, expresar, fluir.

Así que, en respuesta a tu pregunta, no, no somos conscientes o quizás lo somos en una pequeña parte. Somos conscientes de las partes de nuestro cuerpo que intervienen clara y directamente -la mano, la boca, el hombro, la respiración, dependiendo de tu instrumento-, pero las aislamos del resto del cuerpo y perdemos la unidad y el funcionamiento global. Esto crea unas tensiones enormes, altera el funcionamiento y exige un sobreesfuerzo importante. El resultado se acusa en el sonido, obviamente; pero también en el cuerpo: en las lesiones, la fatiga, y la sobrecarga muscular.

Con las emociones nos pasa lo mismo. Encima de un escenario, cuesta dejarse llevar. Porque dejarse llevar implica soltarse, abrir la mano y aceptar que esa gran fantasía de tenerlo todo controlado, es eso, una fantasía. Y algo similar ocurre con nuestra manera de mirar las cosas. Los músicos cargan con una batería de conceptos acerca de la perfección, la exigencia, el control, la culpabilidad, la responsabilidad, lo que es normal y lo que no, que en algún momento es bueno revisar.

– Esto de dejarse llevar y de fluir, ¿tiene relación con esta necesidad de “conocer el cuerpo, educar al cerebro y gestionar las emociones”, sobre la que tú pones el acento en este programa? Más aún, ¿esto significa que habitualmente “luchamos” contra ellos en vez de hacer que sean nuestros aliados?

Mira, en tu manera misma de preguntar está la clave del problema. El cuerpo, el cerebro, las emociones no son nuestros aliados: somos cuerpo, cerebro y emoción. No es algo ajeno a mí, que yo manejo. Soy yo. Es difícil hablar de ello porque al nombrarlo ya dividimos y alejamos. Pero para mí esto ha sido algo importante porque me ha sacado de la pelea y me ha metido en la dulzura. En la aceptación y en el respeto de mí misma como punto de partida. Eso intento con mis alumnos: que esa vivencia de extrañeza, de ser “ajenos a” se transforme en un “yo soy”. Cuando por fin llegan ahí, se produce una re-organización interna muy grande. La sensación de ser una única cosa toda ella conectada y de mantener esa conexión en acción. ¿Te imaginas lo fuerte que es eso mientras tocas? Supongo que sí. Yo tengo esa misma experiencia muchas veces cuando doy clase. Todo “es” y te puedes dejar en paz mientras eres y haces. Maravilloso.

Entonces, cuando por fin llegamos a experimentarnos como un todo conectado a lo que hacemos, ¿cómo cambia nuestra música?

Esta frase de Oprah Winfrey “Being fuels doing” lo recoge muy bien. Lo que haces es impulsado por lo que eres. Y, a su vez, lo que haces construye lo que eres. No es fácil separarlas. Esta es una distinción que trabajamos cada año en el Control de la Ansiedad Escénica. Lo hacemos por dos motivos. Uno, porque damos tanta importancia a los contenidos y las herramientas que parece que van a dar el mismo resultado si lo haces tú que si lo hago yo, y, claramente, eso no es así. ¿Dónde está la diferencia? En que tú y yo y cada uno es único. Y me parece valiosísimo darnos cuenta de lo valiosos que somos cada uno y de cómo eso hace únicas nuestras obras.

El segundo motivo es que cuando sólo valoras el resultado de lo que haces tu amor hacia ti mismo es como una montaña rusa: si el resultado te gusta -o les gusta a otros, más bien-, te creces; si no, te vienes abajo. Es bueno darse cuenta de que entre lo que soy y lo que hago hay una distancia. Esto para los músicos es fundamental. No confundir una opinión acerca de su interpretación con una opinión acerca de su persona.  Personalmente esto me ha dado muchos, muchos problemas y ha limitado mi auto-expresión durante años.

– Y hablando de auto-expresión, ¿podríamos decir que un músico es creación e inspiración viva y constante? ¿Qué sucede cuando esa auto-expresión creativa se ve bloqueada?

¿Tú estás en un estado de creatividad viva y constante? Yo, desde luego, no. Y nosotras también tenemos una vida creativa; no creamos música pero tú creas con tu escritura, yo con mis clases y a veces creamos en otros ámbitos: la cama, la cocina, el barrio. Me gusta pensar más en términos de actitud creativa que de actividades creativas. Eso lo digo también para descargar las espaldas de los músicos. Ellos mismos se imponen unos ritmos de trabajo bestiales. Son las horas de estudio, de ensayo, de concierto y de viajes. Cuando al final de un curso agotador les pregunto si van a descansar, me responden con resolución: “¡Claro! Una semana.” Y después se lanzan a contarme un programa agotador. Esto varía con la edad y con la fase de la vida, lógicamente. Pero creo que, en general, los músicos descuidan cuidar su alma. El alma se nutre en el silencio, en la quietud, en el “hacer nada”, en el contacto con la naturaleza, en el ritmo de los días, en el cuidado de la vida cotidiana. Y es sorprendente como para alguien que crea con el sonido y el silencio, con el ritmo, su vida puede estar tan vacía de silencio y de pausa. Mi trabajo consiste, en parte, en ayudarles con este silencio y esta pausa, que a veces da mucho miedo.

Al final de curso una alumna me dijo: “Me has hecho preguntarme cosas que antes no quería ver porque me daban miedo. Desde que me las pregunto vivo más tranquila”. Esas preguntas surgen en el silencio y en el ritmo.

Hemos hablado de una transformación del músico que mejora sustancialmente su quehacer profesional, pero que también -y sobre todo- supone un impacto profundo en todos los ámbitos de su vida y en sus relaciones. En este sentido, ¿hay algún feedback de tus alumnos que te haya gratificado, sorprendido y/o motivado para seguir haciendo lo que haces y mejorarlo cada día?

¡Uy! Muchísimos. Yo trabajo con músicos de diferentes edades y etapas profesionales. Todo lo que yo vivo personalmente y lo que aprendo en el ámbito de la empresa y del trabajo con otros profesionales, me lo llevo a mis clases.; y al revés. Ese puente entre mundos es importante: normaliza, inspira y da herramientas para el desarrollo profesional. A los músicos jóvenes, todavía en su etapa formativa, les preocupa el acceso al mundo laboral y ser capaces de vivir de lo que les gusta. Poca gente habla de lo importante que son las cualidades personales en esto. Yo me encargo de ello. Les provoco, me provocan, debatimos mucho, miramos mucho la experiencia, aprenden a tener un criterio propio, independientemente de sus profesores –también de mí, lógicamente-. En otras etapas lo que se resiente es el cuerpo, el cansancio, la falta de tiempo para uno mismo o para la familia. O las dificultades propias de la profesión para las que nadie te preparó: gestionar, comunicar, organizar, tratar con gente muy diversa. Y en una última etapa, los giros imprevistos de la vida: los divorcios, la familia, los traslados, etc.

Lo que últimamente me ha inspirado muchísimo son las clases de dirección de orquesta. Por la similitud con mi propio trabajo. He sentido una emoción grandísima creando y enseñando a crear y a mover la energía en el propio cuerpo y en el cuerpo de la orquesta y del público.

Lo que me emociona y me motiva son los “momentos-¡ajáh!”, cuando a alguien se le ilumina la cara y su cuerpo se abre y su sonido también y se ríen y te dicen: “¡Genial! llevaba años detrás de esto y ¡ya está! ¡Qué fácil ha sido!” Y se van contentos. Y luego me escriben para decirme que su profesor de instrumento lo ha notado, que les ha ido mejor en el concurso, que les ha dejado de doler el cuerpo en el foso y/o que han vuelto a cogerle el gusto.

– Estos “momentos- ¡ajáh!”- como bien describes- deben ser un motor para ti para seguir haciendo cada vez más y mejor. En este sentido y para terminar, te pregunto, ¿de qué manera todo esto sella tu intervención en este programa de coaching para músicos?

Lo que yo intento en todo mi trabajo es buscar esa conexión que permite a una persona estar receptiva y hacer de canal amplificador para la música -o para lo que sea que cree-. Para eso hace falta escuchar, estar atento, tener coraje, ganas de jugar, dejar ir, dejarte sorprender, humildad. Un ojo para la magia de la vida. El Coaching Ontológico y la Técnica Alexander van a la par: en sus principios están la escucha, la confianza, la apertura, la autonomía y el crecimiento. Se llevan bien y yo me llevo bien con ellas. Y además comparto con generosidad mi propia vida. Soy algo así como un desatascador y un puente. Pongo en contacto ideas, personas, proyectos. Cuestiono. Me encanta aprender y eso me da vida. En general me gustan las personas singulares, que quieren dejar un mundo algo mejor del que encontraron.

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