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Educar para Ser y Sentir.

Las emociones en el aula.

Durante toda la vida estamos conociéndonos y cambiando. Las primeras improntas educativas vienen de nuestro contexto familiar. Posteriormente, y de forma complementaria, pasamos a formar parte de otra Institución de gran importancia para el desarrollo de los niños: la Escuela.

La Escuela actual, en su mayoría, se ha quedado estancada en el modelo Prusiano ideado para un mundo industrial que necesitaba crear trabajadores para las cadenas de producción, cuyo requisito era que obedecieran a las estructuras de mando, que supieran estar quietos y sentados y que reunieran una serie de conocimientos técnicos. En la actualidad este modelo ha quedado obsoleto, porque tenemos que hacer frente a un mundo lleno de incertidumbres, de complejidad y de imprevisibilidad, en el que el requisito fundamental es la flexibilidad, la resiliencia y la capacidad de entenderse con otras personas para formar equipos.

Hoy también sabemos, gracias a los aportes de la neuropsicología, que las emociones intervienen en todos los procesos de aprendizaje, en la atención, en la memoria y en la concentración. Lo cual ha de llevar a que revisemos muchos de los presupuestos sobre inteligencia y especialmente las metodologías y didácticas que han dado lugar a una nueva disciplina: la Neurodidáctica.

En el ámbito empresarial, hace tiempo que se viene innovando, especialmente gracias a la aparición del “best seller”, Inteligencia Emocional (IE) de Daniel Goleman, quien ha profundizado los estudios de Salovery, Mayer y Gardner. Su trabajo está trascendiendo a la Escuela, facilitando la comprensión de dicho concepto y popularizando su aplicación en la Empresa. Él mismo afirma: Todos los intercambios sociales que los niños tienen con sus padres, maestros y entre ellos, llevan mensajes emocionales”.

Dicho esto, me pregunto: ¿por qué el sistema educativo en su totalidad aún no contempla formalmente la educación emocional en la preparación docente?

En el ámbito escolar, los docentes están en una posición privilegiada para “crear y destruir” en partes iguales. Tienen la posibilidad de actuar como verdaderos catalizadores del desarrollo emocional de niños y jóvenes. Podríamos decir que son los “influencers más potentes” que pueden ayudar a cambiar la forma de ver y entender el mundo; pueden provocar y despertar pasión, entusiasmo, curiosidad y motivación o, todo lo contrario.

Ahora bien, ¿tienen estrategias y herramientas para gestionar todos estos estados de forma saludable y sostenible en el aula? La respuesta es no; por lo menos, no todos. Si bien es cierto que empieza a crearse un interés por la Inteligencia Emocional, la mayoría de los docentes (y de los adultos), no hemos tenido una alfabetización emocional. Es decir, nos han educado en diversas materias, pero no nos han enseñado a conectar, a reconocer y a vivir nuestras emociones saludablemente. Pertenecemos a una generación que si lloraba, le mandaban callar; si estaba triste, le decían que ya iba a pasar, y si estaba alegre, le pedían discreción.

Pensamos muchas veces, con una visión hiperprotectora, que los niños, adolescentes y jóvenes, se están moviendo en una realidad distinta a la nuestra y eso, evidentemente, no es así. Padecen las crisis familiares, viven en familias ensambladas, sufren las dificultades económicas, están insertos en un mundo con medios de comunicación violentos, y en redes sociales cada vez más opresoras y exigentes. De esta forma, no debería sorprendernos que los alumnos entren al aula con muchas emociones sin procesar.

En medio de esa realidad agitada, es normal que estén ansiosos, enfadados, con problemas para concentrarse y con grandes dificultades para crear vínculos sanos. Como nos manifiesta Alicia Torres, Codirectora de ES Educación Emocional: “Estamos invirtiendo términos, desapegamos de manera temprana a los niños y pretendemos apegar a los adolescentes y jóvenes, por lo que no les acompañamos de manera correcta para que crezcan fuertes y seguros”.

Con todo lo que hemos venido diciendo, parece claro que para que este triangulo virtuoso pueda ocurrir en el aula, cada educador necesita -en primer lugar y en primera persona- trabajar, aprender y vivenciar su propia emocionalidad.

Después la transferencia ocurre naturalmente. El maestro empieza a generar espacios para que los niños aprendan a reconocer, a expresar y a gestionar lo que sienten y lo que les pasa, para luego mejorar naturalmente la calidad de sus relaciones con los demás.

Atendiendo a esta lógica de necesidades y de prioridades, desde Esencial Escuela de Educación Emocional, (ES Educación Emocional) se ha diseñado este programa formativo para educadores: Educar para Ser y Sentir.

Está claro, porque además hemos visto cómo la Educación Emocional es una estrategia para abordar la de los niños, pero tiene que provenir de docentes formados en este aspecto. Es decir, maestros que hayan vivido y transcendido su propia Educación Emocional y no sólo para abordar la situación cotidiana de las aulas, sino también para desempeñar su rol desde el cuidado y la serenidad y para reconectar con la ilusión y la vocación de los primeros pasos en la profesión.

En tal sentido, Piedad Castellanos, Directora de ES Educación Emocional, nos señala“Los centros de enseñanza más avanzados han comenzado a implementar medidas para el desarrollo de la EE. Si olvidamos las emociones y su origen biológico, no fomentaremos al máximo el desarrollo cerebral y de las capacidades, incluidas las cognitivas; pero sobre todo no estaremos atendiendo a una de las principales necesidades del ser humano: la de sentirse seguro, satisfecho de sí mismo para formar parte de una sociedad libre, solidaria y que mira al progreso y la autorrealización individual y colectiva”.

Siguiendo esas premisas, desde ES Educación Emocional, facilitan a los docentes las  herramientas y los conocimientos para que sean capaces de ser, sentir, inspirar y crear un ecosistema emocional saludable, que parta de ellos mismos y se expanda dentro y fuera del aula. Esto supone que las competencias emocionales y conceptos como liderazgo, cooperación, resiliencia, autoconocimiento, asertividad y empatía sean aplicados de una forma transversal, es decir, integrados como parte de todos los procesos formales e informales que suceden en la escuela.

Con esos objetivos y desde un profundo respeto por la comunidad educativa y admiración por el trabajo que llevan a cabo diariamente, este programa formativo propone un aprendizaje vivencial a través de diferentes metodologías, lúdicas y de alto impacto, activas y experienciales que integran cuerpo, mente y emoción. Todas ellas basadas en los conocimientos científicos sobre el cerebro, emociones y aprendizaje aportados por la neuropsicología; integradoras al nutrirse de diversas corrientes filosóficas y psicológicas e interdisciplinares, incorporando elementos que aportan valor, provenientes de otras áreas y disciplinas tan dispares como el arte, el movimiento, el teatro o el juego.

Algunas de las cuestiones que aprenden los educadores en esta formación:
  • Conocer y gestionar las emociones; los puntos más críticos, débiles y vulnerables.
  • Descubrir nuevas formas de hacer y relacionarse, de conocer, entender y respetar la riqueza de la diversidad propia y del otro.
  • Potenciar y reconocer las habilidades, competencias, fortalezas e inteligencias innatas.
  • Incorporar a la vida personal y profesional lo aprendido natural y rápidamente.
  • Generar espacios para que los alumnos fluyan en el aprendizaje, para que se expresen, y planteen inquietudes y curiosidades.
  • Encontrar alternativas para captar la atención en el aula.
  • Ayudar a las personas a conectar con lo que realmente les interesa y les motiva.

Y, sobre todo, tomar la decisión de construir una sociedad más íntegra desde lo personal, sea cual sea el rol profesional y social. Como decía Ghandi: “Empecemos por convertirnos nosotros mismos en el cambio que queremos ver en el mundo”. 

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