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Coaching Financiero.

Pequeño negocio, grandes metas.

Es posible que muchas veces, como pequeños comerciantes o autónomos, lleguemos a pensar que no podemos aspirar a crecer más, que ya hemos llegado al techo de clientes o que un negocio como el nuestro se ha expandido ya todo lo que podía expandirse. También es posible que consideremos que un paso más -si es un paso en falso- podría tirar por la borda el esfuerzo de mucho tiempo y entonces, ¿para qué arriesgar? No obstante, Robert Kiyosaki, el gurú mundial de los negocios, señala en este sentido:

“Cuando llegas a los límites de lo que conoces, es momento de cometer algunos errores”.

Entendiendo que los “errores” a los que se refiere en la reflexión suponen una invitación a salir de la zona de confort y asumir riesgos. El error es una consecuencia de hacer; igual que el éxito. Pero si no exploramos y nos quedamos con la convicción de que no hay nada que hacer que nos permita aumentar nuestros ingresos, diversificar el negocio y/o llegar a más personas, estaremos cayendo en la trampa de pensar que sólo los grandes pueden pensar en grande. De hecho, lo suscribimos en el título, pero lo convertimos en inquietud, ¿de verdad creemos que un pequeño negocio no puede tener grandes metas financieras?

Hemos hablado en artículos anteriores sobre lo que supone una mentalidad fija y una mentalidad de crecimiento. No es mi intención machacar al lector explicando nuevamente qué significa cada una, aunque sí resumiré que si estamos alineados con los pensamientos que citábamos al comienzo (en todo o en parte) es probable que estemos encerrados en la trampa que supone la mentalidad fija y, en consecuencia, limitados en nuestra capacidad de crecer, de pensar, de soñar y también de ganar dinero.

Ahora bien, en contraposición, una mentalidad de crecimiento no implica fantasear con ideas millonarias, construir sin cabeza o proyectar ideas vagas sobre una pizarra mágica. Por el contrario, la mentalidad de crecimiento implica responsabilidad en las decisiones, coherencia y sentido común. Todas las decisiones necesitan ser sustentadas sobre bases sólidas, aunque también –y sobre todo- necesitan de nuestra fuerte convicción y de nuestra confianza en nuestra capacidad para generar riqueza.

Contaré una breve historia de Camilo, heredero de un negocio familiar de comidas en un pueblo pequeño.

Camilo era tradicional, aunque no tanto como sus ancestros. De esta forma, veía lo bien que iba la tienda, pero tenía en mente algo más grande. Quería sumarle valor, añadir productos, pensar en un servicio más cómodo y más ágil para sus clientes. Por ejemplo, había observado que las tradicionales formas de compra (venir a la tienda y esperar o hacer el pedido por teléfono y pactar horario de recogida) podían mejorarse. Pensó entonces que contemplar un servicio de entrega a domicilio le permitiría afianzar su clientela y llegar a nuevos clientes.

¿Un cambio pequeño? ¿Una tontería? ¿Una adecuación por la que pasó medio mundo? La verdad es que es probable que todo eso sea cierto, pero Camilo era de las personas que no le gustaba dejar nada librado al azar. Así, por ejemplo, empezó a evaluando la infraestructura y la mercadería adicional que necesitaría para afrontar más pedidos; la necesidad de contratar a tiempo parcial una o dos personas para entregarlos, y la publicidad que debía hacer para informar a los vecinos sobre la buena nueva.

Entre otras cosas, esta nueva idea también le permitió tomar conciencia de cuán rústicos estaban siendo llevados los números del negocio; los gastos hormiga estaban dispersos, no eran parte de nada y suponían una suma importante. Por otra parte, los gastos fijos se valoraban mediante números estimativos (y redondos) que nunca eran corregidos, y algunas personas que colaboraban eventualmente en períodos de alta demanda no tenían un contrato formal. Camilo tenía bastante para hacer y rehacer y, con todo ello, buscó el apoyo que necesitaba en nuestra especialista en coaching financiero, Montse Baró.

Lo cierto es que el caso citado nos resulta útil para darnos cuenta que siempre hay maneras nuevas de hacer -aunque se trate de soluciones conocidas, pero aparentemente impensadas para nuestro negocio o actividad-, y que debemos considerarlas -incluso darles una vuelta (o dos)- cuando de crecer y de generar más ingresos se trata.

Hay un detalle en la historia que contamos y que sutilmente hemos descrito, pero que no lo hemos llamado por su nombre. Camilo tenía una clara mentalidad de crecimiento. Es decir, si bien estaba cómodo con el funcionamiento de la tienda, sus ganas de crecer y hacer más y mejor le permitieron pensar en nuevas formas de expansión para su negocio. Mentalmente, también estaba alineado con la abundancia; él ya se visualizaba atendiendo muchos nuevos pedidos de nuevos clientes y actuaba en consecuencia.

Camilo confió en su intuición, y junto a nuestra especialista, detalló un plan de acción minucioso, creativo y novedoso; siempre con pies, con cabeza y con corazón.

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