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El Árbol Familiar.

“Usemos nuestro pasado como trampolín y no como sofá”. Alejandro Jodorowsky.

Ya sabemos que de nuestros ancestros heredamos mucho más que el color de los ojos, de cabello o la forma de la nariz. Hay un inconsciente intrauterino transmitido desde la misma concepción que graba en el nuevo ser toda la información materna y paterna, que a su vez ya llevan inscripta la información de sus padres, abuelos, y así hasta donde ese clan familiar se remonte.

Ese clan familiar necesita que cada uno de nosotros desempeñe un rol determinado. Ese “contrato” que llevamos en nuestro inconsciente más profundo provoca que sigamos al pie de la letra unos determinados condicionamientos intelectuales, emocionales y corporales que son herencias de nuestro linaje. No obstante, y como hemos visto en un artículo anterior, ese bagaje con el que cargamos inconscientemente, muchas veces nos condiciona y nos limita en nuestra vida.

Veamos. Cada familia tiene una historia, unos hechos que sucedieron y que hicieron que se creara un sistema de creencias, de leyes, de obligaciones implícitas. Todo ello se reproduce en forma de contratos familiares. De esta forma, intuimos que no ser leales a ellos supondrá no ser queridos y, posiblemente, ser expulsados del clan.

Ahora bien, ¿qué sentido tiene esa lealtad si nos mantiene atados a un guión ajeno y nos impide ser felices?

Sin duda, el ser humano necesita sentirse parte de su sistema familiar, necesita sentir que pertenece, por ello nos mantenemos atados y pagamos un precio muy alto. El verdadero aprendizaje y el gran reto está en lograr “desatarnos” de ese guión y sentir que podemos seguir formando parte del sistema familiar. No obstante, para “desatarnos”, primero tenemos que saber de qué se trata.

Un estupendo primer paso es aprender a dibujar nuestro árbol genealógico o genograma; nos permite entender muchos patrones y circunstancias que se repiten en nuestra vida sistemáticamente: traiciones, confianzas, infidelidades, conflictos, enfermedades, éxitos, etc. Todo está en el inconsciente de los miembros de una familia que se transmite y se repite como un guión y, como decíamos, se pacta a través de contratos familiares.

Ahora bien, vale la pena aclarar que no utilizamos el término “contrato” para referirnos al típico acuerdo bilateral explícito y -casi siempre- justo. Por el contrario, la mayoría de los contratos familiares no están sobre papel, ni siquiera son verbalizados, no suelen estar en el plano de la consciencia y los aceptamos en desigualdad de condiciones porque se sellan en la infancia.

Por ejemplo, son muchas las personas que recuerdan que sus padres les decían “eres igual que tu tía”, y contemplan asombradas como al cabo de los años, su vida se ha convertido en una reproducción de la vida de aquella tía a la que no se querían parecer. Es un ejemplo útil para mostrar que lo que nos dicen nuestros padres se nos graba a fuego y, por ello, tenemos que considerar una gran aventura de autoconocimiento y sanación el hecho de buscar información, pistas, coincidencias y revelaciones en nuestro árbol familiar.

Construir nuestro árbol nos permite, entre otras cosas, identificar esas fidelidades invisibles con determinado miembro del clan familiar.

Por ejemplo, descubriendo que sufrimos su mismo drama, que padecemos los mismos conflictos, que fracasamos en los mismos proyectos o que repetimos su historia para ajusticiar que haya sido excluido del clan familiar.

Respecto a esto último Bert Hellinger afirma: “En la red familiar existe una necesidad común de vinculación y de compensación que no tolera la exclusión de ninguno de sus miembros. De lo contrario, aquellos que nacen posteriormente en el sistema, inconscientemente repiten y prosiguen la suerte de los excluidos”

Y ante esta infeliz repetición, ¿quién no desea sanar esa relación y liberarse de ese padecimiento? Sobre todo cuando en nuestro pasado hubo una situación traumática, de traición o enfermedad, tenemos que saber que el cerebro instala programas de solución para esos conflictos en clave de supervivencia. Por ejemplo, un caso de infertilidad puede referir a varias muertes de recién nacidos o pérdidas de embarazo en el árbol genealógico. Siempre hay que analizar los elementos que excluimos de nuestra historia, los que no surgen a simple vista, los detalles. Además, aunque algunos casos coincidentes que sucedieron en nuestra familia resuenen en nuestra memoria, el efecto del árbol nos permite verlos todos juntos, incluso sumar más sincronías y/o descubrir otras.

Nadie está condenado a vivir atado a un guión que no es propio.

Revertirlo está en nuestras manos, pues no hay destino capaz de impedirnos la decisión de ser felices y de recorrer el camino propio. El gran paso para esta transformación consiste en animarse a hablar, a ver, a escuchar. De esta forma, además de sorprendernos y permitirnos resolver cuestiones de las que no teníamos idea, el genograma es un vehículo que nos facilita afianzar nuestra identidad, viajar más livianos y liberar al clan familiar de algunos enquistes tóxicos. Es decir, sanando nuestra historia, también sanamos nuestro árbol.

Teniendo en cuenta todo lo que hemos venido diciendo, el taller El Árbol Familiar con el objetivo de tener un espacio ameno y creativo para confeccionar ese mapa, que nos ayudará a comprendernos mejor y a sanar lo que haya que sanar. Este último paso es fundamental en este viaje de autoconocimiento que nos propone nuestra especialista y, por ello, nos da la oportunidad de constelar al final. De constelar, pero de verdad; con datos, con certezas y con las luces y las sombras que surgen de nuestro árbol familiar.

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