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Coaching de Plenitud.

“Si no podemos hacer lo que amamos, aprendamos a amar lo que hacemos”.

A pesar de que cada uno de nosotros tiene su sistema de creencias, valores y convicciones que nos hacen únicos, compartimos un sistema neuronal común que trasciende las barreras culturales, religiosas, territoriales y sociales y que hace que actuemos de forma idéntica a la hora de satisfacer nuestras necesidades físicas, psicológicas y espirituales.

Necesidades que fueron definidas por Abraham Maslow y jerarquizadas a través de la pirámide que lleva su nombre. No obstante, es Anthony Robbins quien además de quitarles esa jerarquía las dividió en dos: las que son más del Ser: crecimiento y contribución; y las que son más del ego: certidumbre, variabilidad, significancia y pertenencia.

En cualquier caso, lo que guardamos en común como seres humanos es que obedecemos a esas mismas necesidades y que todos llevamos adelante acciones para satisfacerlas. La diferencia está dada, justamente, en esos comportamientos que utilizamos para cubrirlas (constructivos o destructivos) y el consiguiente resultado que deriva de esa experiencia. Dicho de otra forma, siempre elegimos la opción mas rápida que garantiza las necesidades, pero no siempre la más conveniente. La experiencia dependerá de la interpretación, del significado que le demos.

Veamos una pequeña categorización de las experiencias para entender de qué hablamos:
  1. Virtuosas. Son las que nos dan satisfacción a corto y largo plazo a nosotros y nuestro entorno y aumentan la calidad de vida. ¿Ejemplo? disfrutar de una cena saludable, hacer deporte con amigos, leer un libro que nos aporte información productiva. Sin embargo, puede darse el caso de que aunque sea beneficioso nos cueste horrores tomar la iniciativa. En este caso, pasaríamos a la siguiente categoría.
  2. Desagrado saludable. Son esas que siempre acompañamos de: “tendría”, “debería” y en las que siempre solemos encontrar una excusa para no hacerla. ¿Ejemplos? alimentarnos de forma saludable, dedicar un espacio a la meditación, realizar ejercicios cardiovasculares, limpiar la casa, etc.
  3. Vicio. Son esas que aunque nos hacen sentir bien mientras las hacemos, no son beneficiosas para nosotros, ni aportan valor a los demás. ¿Ejemplos? atiborrarse de dulces, proyectar nuestro enfado sobre los demás, pasarse horas y horas delante del televisor, adicción a las sustancias o a las conductas peligrosas, etc.
  4. Destructivas. Son las que no nos hacen sentir bien cuando las hacemos, no son beneficiosas para nosotros y no aportan valor a los demás. Curioso, pero existen. Un ejemplo son las personas que continúan en una relación de violencia de género o alguien incapaz de abandonar un trabajo en el que lo maltratan constantemente.

Del simple repaso de la categorización, surge mencionar que las experiencias tipo 1 y 2, tanto si son agradables como si no, son las que conviene conservar en nuestra vida ya que proceden de nuestro corazón. En cambio, las del tipo 3 y 4 son no son las adecuadas y son las que nos separan de nuestro estado de plenitud.

Ahora bien, ¿qué es lo que nos lleva a actuar de una u otra forma?

Es desde nuestras creencias que nosotros podemos sentir que “algo es bueno, nos gusta” y entonces lo hacemos. El gran conflicto es que la mayoría de las veces, tomamos decisiones a muy corto plazo y desde lo que creemos, no desde lo que sentimos. Es decir, desde un patrón aprendido, desde un sistema de creencias heredado y no cuestionado. Veamos, por ejemplo, cómo actuamos de una forma u otra para cubrir nuestra necesidad de certidumbre.

Con la finalidad de garantizar la seguridad podemos utilizar varios medios. Efectivamente, mientras algunos utilizan experiencias constructivas como documentarse, informarse entrenarse, etc., otros recurren a estrategias destructivas: abuso al débil, agresividad, pasividad, o técnicas de aislamiento; es decir, “si no veo el problema o lo evito, no existe y me siento seguro”. En otros casos, las personas encuentran su consuelo en el orden, pues les hace sentir que tienen el control y que todo está y está donde debe estar; otros, refuerzan su seguridad a través de los hábitos y las rutinas, pues sienten que eso les mantiene dentro de lo predecible (y seguro).

Así como todos los individuos estamos sujetos a satisfacer nuestras necesidades, cada uno lleva adelante distintas acciones para ello.

Por tanto, es importante mencionar que el secreto para una vida en plenitud es aprender a transformar las experiencias del tipo 3 y 4, en experiencias del tipo 1 y 2. Incluso, llegados a ese cambio, lo ideal sería convertirlas a todas ellas en experiencias del tipo 1.

En tal sentido, Ángel López, nuestro especialista en Coaching de Plenitud, nos sugiere:

  • Cambiar la estrategia y no la acción. Es decir, no cambiar lo que tenemos que hacer, sino cómo lo hacemos. Evaluar, sobre casos personales y concretos, qué nuevas estrategias deberíamos poner en marcha.
  • Cambiar la percepción o la creencia mental que tenemos de la experiencia. Es decir, lo que apreciamos, la emoción que nos despierta o lo que notamos y percibimos por los sentidos o lo que es lo mismo, el enfoque.
  • Cuestionarnos para cambiar el enfoque. ¿Qué necesitamos creer, percibir, apreciar y notar para obtener un mayor nivel de satisfacción con tal acción? ¿Que cambios deberíamos hacer para conseguir que nos guste?
Ahora bien, para alcanzar una vida plena y satisfactoria, además de volver virtuosas nuestras experiencias para cubrir las necesidades del ego, necesitamos ocuparnos de cubrir también las necesidades del Ser: crecimiento y contribución.

De alguna manera, el crecimiento está inscripto en nuestro ADN. Somos seres con capacidad de desarrollo de conciencia y podemos experimentar cómo cada aprendizaje y cómo cada pequeño cambio que se origina en nosotros, supone un crecimiento, una expansión y una transformación en nosotros mismos y en lo que nos rodea. Por otro lado, la necesidad de contribución. Contribuir supone dar a los demás de forma desinteresada, es crecer y hacer crecer a los demás, en encontrarnos con nuestro máximo potencial de humildad y grandeza.

Todo estos temas son abordados y profundizados en la certificación en Coaching de Plenitud para que cada alumno lo experimente en primera persona. Luego, como es el lema de esta formación, se prepara al futuro coach, al maestro, para que sepa fehacientemente cómo facilitar la aplicación de todo lo aprendido en los demás. Citando las palabras de Ángel López una vez más: “nos permite vivir la magia y también aprender el truco”.

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