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Aprender a soltar,
para aprender a vivir.

Sana las heridas emocionales que dominan tu vida.

¿Te suelen pasar situaciones en las que, de una manera u otra, sientes que se repite el mismo resultado catastrófico? Por ejemplo, ¿tienes la sensación que todos te traicionan, que todas tus parejas te abandonan, que todos los que quieres se alejan de ti? ¿Qué pasaría si descubres que la mayor parte del sufrimiento es ocasionado por heridas emocionales que traías impresas en forma de aprendizaje? ¿Quieres saber cuáles son esas heridas y qué puedes hacer al respecto?

Para ello, nos servirá entender que las emociones, por ejemplo, se procesan a través de nuestro cerebro límbico -también llamado cerebro emocional- y que es una de las redes neuronales más importantes a la hora de definir el comportamiento humano. Esta parte del cerebro es el que hace el aprendizaje a través de las emociones y el entendimiento -la cognición- que hacemos de ellas. La ecuación resultante sería: aprendizaje = emoción + entendimiento.

Es el sistema cerebral que sentencia lo que merece ser aprendido y cómo ha de ser memorizado; y ese cómo estará determinado por las sensaciones placenteras o dolorosas que nos provocan las experiencias que vivimos. Además, aloja las emociones más primitivas que nos han ayudado a sobrevivir hasta ahora como especie, aunque muchas de ellas hoy resulten disfuncionales. Entonces, ¿ya tenemos al responsable de lo que nos pasa? Podría ser, pero hay otras opciones. Veamos un poco más.

Según la epigenética -ciencia enfocada en el estudio de cómo el entorno controla nuestra actividad genética-, las experiencias traumáticas experimentadas por un organismo o sus antepasados recientes, dejan cicatrices moleculares que se adhieren a su ADN. ¿Qué significa esto? Que los aspectos psicológicos y del comportamiento de una persona pueden ser transferidos de generación en generación. Aunque basta con las excusas, basta con echarle la culpa a lo heredado.

Hoy sabemos que el ADN no controla nuestras vidas.

En cierta forma, esta creencia de que el futuro ya estaba determinado por nuestra herencia, a muchos les daba cierto alivio, pues les quitaba responsabilidad sobre algunas cuestiones. Por ejemplo, “tomo alcohol porque mi padre era alcohólico”; seguramente, y hasta no hace mucho tiempo, muchos creían que no podíamos hacer nada para cambiar ese destino. Es verdad que una adicción y/o una herida está en la información de ese ADN. No obstante, la nueva perspectiva nos da la oportunidad de modificar nuestro “destino genético”. ¿Cómo? Trabajando las heridas emocionales y, en consecuencia, cambiando la información (sentimientos, pensamientos y reacciones).

A propósito de ello, el prestigioso y reconocido biólogo, Bruce Lipton, ha realizado un experimento para demostrar todo esto. De esta forma, él mismo señala: “Cogí tres grupos de células, las puse en tres placas de Petri, cambié las condiciones, el medio de crecimiento y los componentes del medio ambiente en cada una de las tres placas. Luego verifiqué que en una de las placas se formó hueso, en otra músculo y en otra, células liposas. ¿Qué fue lo que controló el destino de cada una de ellas si eran genéticamente idénticas? Eso demuestra que los genes no lo controlan todo, es el ambiente, el ser humano es el que controla, dependiendo de cómo lee el ambiente, de cómo su mente lo percibe. Estamos en un punto de la historia en que hemos de elegir ser soberanos o permanecer dependientes. No estamos limitados por nuestros genes sino por nuestra percepción y creencias”.

Por ejemplo, una experiencia de traición no necesariamente lo es. Quiero decir, podría tratarse de la percepción. Efectivamente, la traición pudo no haber ocurrido, pero cualquiera de nosotros pudo haberla experimentado como tal. Pero incluso si la traición existió, tal vez se trate de la propia información que las otras personas llevan en su ADN.

Veamos. Cada uno de nosotros trae consigo un patrón, con información guardada allí y que ante un estímulo puntual nos hace dar una respuesta u otra. El tema es que si no sanamos esta herida emocional de traición, rechazo, humillación o injusticia, las seguiremos atrayendo a nuestra vida de una forma u otra (amigos, parejas, hermanos, colegas, etc.). 

Más allá de las brevísimas explicaciones que hemos citado, el concepto en el que queremos poner especial acento es que está en nuestras manos el poder de cambiar. Así nos lo señala Lidia Ibáñez, que como bien decíamos párrafos antes, nos propone un programa para sanar y trascender nuestras heridas emocionales. En cierta forma, sanarlas supone un obsequio evolutivo para nosotros mismos, para mejorar nuestra vida y nuestras relaciones de hoy; trascenderlas, supone también un obsequio evolutivo invaluable para las generaciones venideras.

Este curso, entre otras cosas nos permitirá:
  • Descubrir partes de nosotros que necesitaban ser sanadas, además de recorrer un camino personal que nos llevará a conocernos profundamente.
  • Aprender técnicas y herramientas para trabajar con cada una de ellas en diferentes niveles de conciencia: emocional, mental, biológico, energético y de trascendencia (Coaching Unificado).
  • Entender el papel que juega nuestro cerebro en todo esto. Conocer las pautas de su funcionamiento y aprender cómo podemos hacerlo nuestro aliado más poderoso.
  • Identificar patrones inconscientes disfuncionales, identificar creencias limitantes y explorar recursos adaptativos.
  • Sanar de forma efectiva y permanente cada una de nuestras heridas, recuperando el poder sobre nuestras emociones y sobre nuestra vida.
  • Aprender a detectar las heridas emocionales y ayudar a otras personas. Este punto es especialmente importante para profesionales que trabajan en procesos de desarrollo y crecimiento personal (coaches, psicoterapeutas, mentores, etc.).

Además de todo lo dicho, las heridas emocionales también pueden estar relacionadas con la misión de tu alma. No obstante, dejamos este abordaje para un próximo artículo…

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Reinventarme - Lidia Ibáñez Aprender a soltar, para aprender a vivir. heridas emocionales
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