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Entrena tu actitud
para hablar en público.

Todo gran orador fue un mal orador en sus inicios. Ralph Waldo Emerson.

¿Cuántas veces más vas a permitir que los nervios te dejen “en blanco” durante una presentación? ¿Hasta cuándo vas a perder oportunidades de negocio por no saber cómo contar lo que haces? ¿Cuánto dinero estás perdiendo por no atreverte a mejorar tu actitud discursiva? ¿Por qué crees nunca podrás hacerlo mejor que tu competencia?

Muchos piensan que el miedo a hablar en público es cosa de principiantes o de unos pocos introvertidos, pero no es así. Hablar en público es segundo miedo más extendido en occidente y es algo que sufrimos la mayoría de los mortales. Ahora bien, dejemos algo claro antes de continuar. Cuando digo “hablar en público” no me refiero exclusivamente a exponer frente a los grandes auditorios, en conferencias y/o en presentaciones masivas.

Hablar en público, sobre todo en el mundo de los negocios de hoy, puede tener muchas formas: una charla ante el equipo de trabajo, una presentación de la empresa a nuevos inversores; una reunión con el directorio para explicar los resultados; convencer a un grupo de clientes para que compren un nuevo producto; una negociación con proveedores, y una larga lista de etcéteras.

El acento no debe estar puesto en si son tres, treinta o trescientas personas a las que les vamos a hablar, sino en prepararnos para lograr nuestros objetivos.

A propósito de los objetivos, hablemos de ellos, porque en los miles de artículos escritos sobre este tema, pareciera que el árbol no nos deja ver el bosque. Veamos. La mayoría de las veces, cuando nos enfrentamos a una exposición, nos preparamos -sobre todo- en el armado inteligente de la estructura discursiva, en lograr una coherencia en nuestro lenguaje verbal y no verbal y en aprender a gestionar correctamente nuestra emocionalidad. Sintiéndonos seguros, o más o menos seguros en esos ítems, ya estamos preparados para que la mirada y el juicio ajeno no sean tan duros con nosotros (que es el miedo subyacente a hablar en público). ¿Y entonces? ¿Eso es todo? ¿Salimos bien parados y es lo único relevante? Claro que no. Y a eso voy.

En todas y cada una de las veces que hablamos en público nos enfocamos en qué decir y cómo decirlo, pero nos olvidamos del para qué.

Al final, el pequeño empresario y el trabajador autónomo necesitan saber cómo elaborar un discurso fluido, creativo y coherente, pero lo que más les importa es que eso les va a permitir ganar clientes, dinero y hacer crecer en su negocio. Ese objetivo final, medible, tangible y concreto, es el para qué necesitamos perder el miedo a hablar en público. Claro que ese para qué no será siempre es el mismo.

Así nos lo señala Marisa Pico, nuestra especialista en oratoria, que ha diseñado este Curso de Comunicador Eficaz, siguiendo las pautas que hemos venido mencionado y considerando otras cuestiones fundamentales que sitúan a esta formación en un lugar de privilegio. Repasemos algunas de esas otras particularidades.

Por ejemplo, ¿hemos prestado especial atención a cómo lo hacen los oradores profesionales? No para imitarlos -por si hace falta la aclaración-, sino para destacar aspectos positivos de los expertos y de puestas ejemplares. Porque una de las primeras cosas que tenemos que entender es que nadie -ni siquiera ellos como expertos- son en el escenario lo que no son en su vida cada día. Y antes de seguir, reiteraré algo: no importa que estés preparándote para hablar en una reunión de padres del cole de tus hijos; las buenas ideas pueden ser replicadas en escenarios completamente distintos.

Dicho de otra forma, ellos tienen hábitos mentales, vocales y corporales que les facilitan ejercitar estas tres dimensiones, para llevarlas a su mejor y máximo rendimiento. Veamos un pequeño ejemplo. Si habitualmente caminamos cabizbajos y como si cargáramos una mochila de diez kilos, es muy ingenuo pensar que durante una exposición podamos adoptar (así, mágicamente) una postura recta y segura; la incoherencia nos dejaría en evidencia antes o después. En cambio, si por la vida andamos erguidos y dando pasos seguros, fluiremos en cualquier escenario de igual forma. Y me detengo por aquí otro poco para dejar una inquietud: ¿cuál de esas posturas nos daría más confianza si fuéramos oyentes?

Todo tiene coherencia por aquí. Incluso cuando Marisa vuelve a poner el acento en que ella no nos enseña a movernos por el escenario, ni a cómo poner las manos, ni a cómo modular la voz.

La filosofía del curso y la de nuestra formadora es muy clara y por ello cito sus propias palabras: “Yo no formo oradores, yo entreno actitudes”.

Y en este sentido, sí nos enseña lo que podemos hacer con nuestra voz y con nuestro cuerpo para generar la actitud que queremos y necesitamos para ese momento.

Si hacemos un paréntesis para profundizar en sus palabras lo veremos claro. Como observadores que somos, habremos visto que en casi todos los cursos de oratoria nos proponen grabarnos mientras exponemos, para visualizarlo luego, detectar inconsistencias, corregirlas y volver a grabar. Agotador, pero a la larga, es efectivo. Uno termina internalizando y puliendo en base a la repetición. Marisa, sin embargo, nos acorta el camino (y mucho). Ella utiliza la voz y el cuerpo como herramientas para generar la actitud que cada uno necesita. Piensa, siente y actúa; en ese orden. 

Cuando pensamos qué queremos transmitir, para qué y cómo, empezamos a sentirlo. Cuando comenzamos a sentirlo, el cuerpo y la voz acompasan la coherencia sin esfuerzo.

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