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¿Y si nos centramos en el presente y en lo positivo? 

Igual que la salud física depende en gran medida de los hábitos saludables en relación a la alimentación y el ejercicio, tener una mente sana depende de cómo pensamos y en qué nos centramos.

La realidad de la vida moderna, el estrés, la sobre-estimulación, los niveles de ansiedad y las presiones a las que somos expuestos diariamente requieren de nuestra gestión.

La mente es afectada mayormente por la realidad y las situaciones que atravesamos en la cotidianeidad. Por ejemplo, cuando algo “malo” nos pasa en mitad del día, parece que no hay modo de liberarnos de ello y -cual efecto dominó- sentencia el rumbo y la suerte de todo lo que sucederá en adelante. ¿De verdad es así o somos nosotros los que provocamos esa sucesión de hechos poco felices?

Efectivamente, somos totalmente responsables de eso. Podemos gestionar nuestra atención y podemos decidir dónde enfocarla. De esta forma, el hecho de quedarnos “atascados” en un hecho negativo y arrastrar sus efectos a todo lo que sucede después es una decisión pura, exclusiva y totalmente nuestra. Cuando nos apegamos a lo negativo incrementamos nuestro malestar; si nos centráramos en lo positivo aumentaríamos nuestro bienestar. En este sentido, hay una cita del famoso escritor francés Anatole France que lo describe bastante bien:

Si exagerásemos nuestras alegrías, como hacemos con nuestras penas, nuestros problemas perderían importancia”.

Y podríamos estar preguntándonos en este momento, ¿qué puede tener de positivo discutir con el del banco por una comisión o que puede tener de bueno estar en medio de un atasco que nos impide llegar a tiempo para retirar los chicos del cole? Pues, a simple vista, tiene poco de positivo, pero ¿acaso podemos hacer algo para impedir que eso suceda de esa forma? ¿Podemos hacer algo para que el empleado del banco sea más educado o para que nuestro coche eleve por encima del tránsito? Pues no. Esa es la clave. No hay nada que podamos hacer para que esos contratiempos sucedan, en lo único que sí podemos intervenir es en cómo permitimos que nos afecten a nosotros.

En ese sentido, mindfulness puede ayudarnos. Su práctica nos ayuda a mantener nuestra mente en el momento presente vaciándola de pensamientos negativos e improductivos. Una parte importante de esta forma de meditación es que nos permite dar a los pensamientos su justa importancia: pensar algo no lo convierte en realidad, ni nos define como individuos. Aprender a dar el verdadero valor a los pensamientos y a recuperar el contacto con la realidad presente es una gran ayuda para mejorar nuestra salud mental y nuestra calidad de vida.

La atención expande aquello en lo que se enfoca.

Y dicho así, suena especialmente lindo, pero resulta alarmante saber que si eso en lo que se enfoca es algo negativo. Ahora bien, ¿qué hay del atasco de tránsito? ¿cómo aplicamos mindfulness y cómo descubrimos lo positivo en el presente de esa situación en particular? Como ya habíamos dicho previamente, no podemos sobrevolar el tránsito, entonces podemos elegir enfadarnos y hacer causa común con el enfado de otros conductores, o podemos elegir poner música, respirar profundo y “surfear las olas” en medio del caos momentáneo.

Imaginemos la diferencia entre un comportamiento y otro cuando los niños -por fin- nos ven en la puerta de la escuela. Si llegamos después de habernos encolerizado, probablemente poco (o nada) escucharemos lo que los niños tengan para decirnos, pues nuestra mente se habrá quedado “secuestrada” por el caos automovilístico. En cambio, si llegamos después de haber elegido aceptar y fluir con lo que no podemos cambiar, incluso podremos contarle a los niños lo sucedido con una sonrisa y escuchar lo que ellos tienen para decirnos sobre su día.

Ver la diferencia entre uno y otro caso nos pone en un lugar de privilegio. Nos mueve del lugar de víctimas de las circunstancias y nos permite asumir la responsabilidad de qué hacer con todo ello. La práctica de mindfulness consiste en traer la atención al momento presente, al aquí y ahora; a lo que estamos haciendo, pensando, sintiendo y a cultivar nuestra capacidad de eligir en qué parte de la situación nos vamos a centrar. Pero no es sólo estar presente y aceptar cada momento desplegando un estado de serenidad; también es un estilo de vida que podemos aprender a aplicar en cada situación y en cada ámbito de nuestra vida.

Quiero decir, no sólo en medio de las situaciones caóticas. Mientras cenamos con la familia, mientras jugamos con los niños, mientras vamos de camino al trabajo, mientras hacemos deporte, etc. Nuestra especialista en mindfulness, Ana Berdún, nos señala que esta práctica no nos obliga a “congelarnos” en el tiempo, ni a poner la mente en blanco. Por el contrario, nos enseña a detectar cuando no estamos aquí y ahora, cuando nos están invadiendo pensamientos negativos y nos enseña a cómo gestionarlos, a cómo redirigir la atención a lo que está pasando en el presente, a centrarnos en lo positivo y a dar una respuesta adecuada frente a los estímulos.

“La mente es como el agua. Cuando está calmada y en paz, puede reflejar la belleza del mundo. Cuando está agitada, puede tener el paraíso enfrente y no reflejarlo”. David Fischman.

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