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Diferénciate como
coach profesional.

John Whitmore, unos de los principales pensadores en el mundo del liderazgo, afirma: “El Coaching consiste en liberar el potencial de una persona para incrementar al máximo su desempeño. Consiste en ayudarle a aprender en lugar de enseñarle”.

Partiendo de esa reflexión, decir que el coaching es guiar a alguien para ir del punto “A” al punto “B” es algo tan reduccionista como afirmar que un coach puede guiar un proceso de coaching ejecutivo y/o personal, conociendo la teoría y habiendo tenido unas pocas horas de práctica. El coaching es mucho más que eso y, por ende, el perfil del coach también lo es.

La formación como coach profesional necesita de la experiencia de transformación en primera persona.

Es decir, las personas que desean hacer del coaching su profesión necesitan saber lo que es una creencia limitante, pero además necesitan identificar las suyas propias, darse cuenta de cómo y en qué les están afectando y de cómo las técnicas para cambiarlas funcionan; ellos mismos deben ser su primer objeto empírico. Claro que esta experiencia también debe ocurrir con nuestros con cada uno de todos los aspectos que requiere cada ecosistema de cambio en particular.

Somos seres complejos. Cada uno de nosotros es un universo de particularidades. Por todo ello, el proceso de coaching ejecutivo y personal no apunta a modificar inicialmente nuestra conducta y actitud sin más; lo que propone es revisar nuestro modelo mental y nuestras creencias, que son el origen de nuestros comportamientos y actitudes. Por ejemplo, si la meta de una persona es convertirse en líder de un equipo, pero no confía en su capacidad para lidiar con ciertas cuestiones o se desestabiliza ante el más mínimo contratiempo, terminará auto-boicoteándose -antes o después-.

Dicho de otra forma, si no nos animamos a cuestionamos, seguiremos encerrados en bucles infinitos y rutinas irreversibles, cayéndonos en los mismos sitios una y otra vez, y barajando nulas posibilidades para cumplir con el/los desafío/s. De esta manera, el coaching no es esa fórmula simplista de ayudar a alguien a ir de un punto a otro sin importar el cómo y el para qué. El coach es un facilitador que debe saber cómo ayudar a las personas a conectarse con ellos mismos, a ser protagonistas y responsables de sus decisiones, a cuestionarse, a confiar en sus capacidades y a descubrir y desplegar todos sus recursos personales para superar adversidades en ese camino hacia la meta.

A propósito de ello, entiendo oportuno citar las palabras de Steve Maraboli, reconocido escritor, locutor y orador motivacional, que afirma:

“La vida no se hace más fácil o más indulgente, nosotros nos hacemos más fuertes y resilientes”.

Tal vez, una buena conclusión que ilustra sobre cómo los hechos en la vida (buenos y malos) fluyen, existen y existirán siempre y que lo único que podemos cambiar es nuestra actitud frente a los acontecimientos. Sobre todo por esto, otro de los aspectos fundamentales en ese desafío personal y/o profesional de cambio, superación y/o mejora, es la Resiliencia.

Hemos oído mucho últimamente acerca de este término, aunque a modo de ejemplo, suelen citarse casi siempre personas y comunidades que se han recuperado luego de haber atravesado situaciones adversas muy extremas. Por supuesto que esto es por demás ilustrativo y correcto; sin embargo, la adversidad es muy caprichosa y adopta muchas formas e intensidades. Quiero decir, lo que una persona puede advertir como una dificultad, un conflicto o una situación inabordable, para otros podría pasar desapercibido.

La Resiliencia es una habilidad y, por tanto, podemos desarrollarla y entrenarla.  Comenzar por gestionar nuestras emociones adecuadamente, por ejemplo, permite al cerebro encontrar un equilibrio neuroquímico que favorece el desarrollo de una personalidad resiliente. Claro que no sólo se trata de una adecuada gestión emocional.

Las personas resilientes trabajan en su autoconocimiento para desarrollar confianza en sí mismos, para conectar con su motivación intrínseca y con sus pasiones.

A medida que crece la autoconfianza, las personas dejan de echarse culpas y dejan de decirse a sí mismos que no sirven para eso. Por el contrario, se desprenden del resultado por más negativo que sea y se concentran en analizar los motivos y aprender de ellos. Capitalizan los errores; aprenden.

¿Y qué decir de la automotivación? Soy una convencida que si lo que perseguimos no está alineado con nuestro ser más auténtico, el “combustible” se termina acabando antes o después y es probable que nada tenga un sentido verdadero.

Sobre estas bases fundamentales, entre otras, los profesionales y formadores de Integrando Excelencia han diseñado el programa Experto Internacional Universitario en Resiliencia y Coaching Personal y Ejecutivo. El objetivo es que cada alumno experimente en primera persona -y a lo largo de toda la formación- todo su poder único y personal y aprenda a aplicarlo, como dice Whitmore, “para liberar el potencial de una persona e incrementar al máximo su desempeño”.

Los profesionales que desarrollan e imparten este proyecto han puesto: Cabeza, porque imparten contenidos rigurosos y actualizados. Corazón, porque nos ayudan a desarrollar actitudes positivas para toda la vida. Acción, porque nos guían en la planificación eficiente para (y hasta) la consecución del logro.

*Programa certificado por Bureau Veritas y por IRYDE (Instituto Internacional para la Resiliencia y el Desarrollo Emocional). *El programa acumula 30 créditos del Centro Universitario Villanueva (Adscrito a la Universidad Complutense de Madrid).

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