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¿Desde dónde te comunicas con tus hijos?

“Lo mejor que puedes hacer por los otros no es enseñarles tus riquezas sino hacerles ver la suyas propias”. Goethe. Por supuesto, esto también aplica para padres e hijos.

Como habíamos mencionado en artículos anteriores, no existen fórmulas universales que señalen los pasos ciertos para criar a nuestros hijos. No obstante, hoy contamos con conocimientos y herramientas que nos permiten hacerlo un poquito mejor. Y el secreto no es otro que ocuparnos de nosotros mismos -como padres y adultos- y primero aprender a gestionar situaciones en primera persona.

En este artículo nos referiremos al lenguaje. Como bien sabemos, el significado de las palabras es diferente para unos y para otros. Esa dualidad, procedente de la interpretación personal que cada uno le da a una palabra concreta, puede entenderse perfectamente cuando, por ejemplo, la misma palabra “tonto” puede ser propiciada a la pareja envuelta de un gran cariño y complicidad, o puede ser utilizada de manera despectiva. Incluso culturalmente sucede esto; a veces en una ciudad, una palabra o una expresión tienen un significado y en una comunidad vecina tiene otro bien dispar. Con nuestros hijos, como no podía ser de otra forma, también ocurre. No es tanto lo que se dice, sino desde dónde se dice. La magia del tercer lenguaje, el energético.

A propósito de esto, repasemos algunas cuestiones de crianza, que tienen la intención de mostrarnos alternativas para gestionar situaciones cotidianas de comunicación.

¿Le dejamos que se exprese como el niño que es o interpretamos su discurso desde nuestro adulto dramático?

Cuando nuestros hijos cogen el hábito de contarnos las cosas que les inquietan, lo que les preocupa o lo que les angustia, muchas veces no dominan exactamente el significado de las palabras y pueden utilizar un vocabulario que a nosotros los adultos nos puede alarmar. Por ejemplo, si nuestro hijo nos cuenta que en el cole recibe cierto “maltrato” de parte de otro alumno y seguidamente manifiesta que no quiere ir más al cole, nuestra primera reacción como padres suelen ser drásticas, dramáticas y extremas. Claro, es que estamos dándole a sus palabras la intensidad y el significado adulto.

Como padres, aprender a dejar que nuestros hijos se expresen, aprender a no juzgar lo que dicen y aceptar la intensidad con la que se manifiestan es, cuanto menos, un primer paso gigante que puede marcar una diferencia en la relación con ellos. ¿Por qué? Básicamente porque ellos se sentirán libres de contárnoslo todo sin necesidad de autocensurarse y no absorberán el miedo que sentimos nosotros al interpretar sus palabras. Cuando un niño refiere un maltrato es efectivamente lo que sintió, pero podría relacionarlo a que otro niño le haya quitado un lápiz sin permiso o que le haya escondido su cuaderno como una broma. Efectivamente, cuando los niños finalmente “despresurizan” esa emoción, tenemos una magnífica oportunidad para preguntarles y entender el significado de lo que estaba sintiendo y podremos ayudarles a gestionar ese malestar.

Si nos equivocamos, ¿Sabemos rectificar?
¿Sabemos pedir perdón?

Pensemos por un momento, ¿qué es lo que nos surge naturalmente frente a una rabieta? Hay algunos latiguillos que son habituales: “Cálmate, ya va a pasar”; “Si sigues enfadado/a te pondrás feo/a”; “No me vengas con tonterías, no sabes lo que son los problemas de verdad”. ¿Algún otro? Seguramente varios más. Nuestro “piloto automático” a veces es inacabable en frases hechas. Ahora bien, veamos un ejemplo que nos cuenta nuestra especialista en coaching para padres, Roser Vinyet, acerca de cómo sería más adecuado gestionar esas rabietas.

Un día su niña estaba muy enfadada (mucho), aunque a pesar del ello quería su madre cumpliera con la mini rutina-juego, que consistía en dar unas volteretas sobre la cama antes de irse a dormir. De esta forma, negociaron la cantidad de vueltas y aunque supieron acercar posiciones, la niña aceptó un poco a regañadientes. Tal es así que, a final del juego, la niña quería más volteretas y se enfadaría por no obtener más. Frente a ese enfado, su mamá supo no ceder para que la pequeña aprendiera a cumplir con su palabra y en un intento de “suavizar” su enojo la “invadió” con unas cosquillas sorpresivas. ¿Adivinen qué? La niña se puso peor. Y no es difícil de entenderla; de hecho, ¿a quién le gusta que en pleno cabreo alguien le de un abrazo o le pida que se calme?

Finalmente, su mamá entendió esto y le pidió perdón por haberle hecho cosquillas. Reconoció que se había equivocado y se lo dijo dulcemente. Claro que el enfado tardó un poco en irse, pero la pequeña necesitaba ese tiempo para aceptar el perdón de su mamá. De eso se trata, debemos aprender a darles su tiempo y no invadirlos; debemos respetar su espacio, su decisión y validar su sentir, empezando por no forzar su voluntad. Si les respetamos su espacio, ellos se lo van a respetar y respetarán el de los demás.

¿Les enseñamos que es injusto que alguien les rechace o los preparamos para un mundo en el que no serán aceptados por todos?

Dosis de realidad. Si un niño no quiere jugar con otro en el patio del cole, pues está en todo su derecho de no querer hacerlo. ¿Cómo se lo hacemos entender a nuestro hijo que está padeciendo esa decepción? Explicándole el derecho que tiene el otro y explicándole que él también podría no querer jugar con alguien puntualmente y eso no significa que no lo quiera hacer otro día. Ahora bien, ayudándole también a encontrar alternativas. Por ejemplo, el patio del cole es para pasárselo bien y entonces preguntarle, por ejemplo, qué hará él para divertirse otro día que le pueda suceder lo mismo. Los niños son sorprendentemente creativos y tenemos que, como adultos, aprender a reforzar esa creación para que el niño se sienta pleno y sienta que él es capaz de resolver la situación.

¿Qué decimos? ¿Cómo lo decimos?
¿Desde dónde lo decimos?

Veamos. Hay dos estados desde donde nos comunicamos: desde el modo “piloto automático” o inconsciente y desde el modo consciente. Por ejemplo, muchas veces, desde el modo consciente, nos reafirmamos en ideas como: “yo no voy a hacer lo mismo que hacían mis padres”, que nos permite reflexionar acerca de qué patrones no queremos repetir con nuestros hijos. Ahora bien, cuando se activa el “piloto automático”, casi inexorablemente en momentos de estrés, salen nuestros padres y nos encontramos reproduciendo comportamientos y/o palabras de ellos simplemente porque se nos grabaron en nuestro inconsciente de niños.

Esta es una buena manera de entender cómo las experiencias tempranas nos conforman, y por ello es tan importante que, como padres, tratemos de comprender y procesar lo que nos pasó cuando éramos niños. En cierta forma, si lo que nos ocurrió no fue muy bueno, podríamos, inconscientemente estar transfiriéndolo a nuestros pequeños. El hecho de darse cuenta y comprender el impacto del pasado, al menos nos da la oportunidad de hacer algo diferente. Cuando nos cuestionamos con amor, y aunque al principio sigamos haciendo y diciendo algunas cosas que no nos gustan, estaremos direccionando positivamente la conducta y el lenguaje con nosotros mismos y con nuestros hijos.

Por todo lo que hemos venido diciendo, entre muchas más cuestiones, Roser nos invita a aprender a ser padres más conscientes, para ser mejores padres de lo que somos. Efectivamente, está en nuestras manos y a nuestra disposición el conocimiento para atesorar positivamente nuestra experiencia como padres, procurando una mejor comunicación con nuestros hijos.

La consigna de nuestra especialista, y tal vez, uno de los lemas más importantes de su trabajo es invitarnos a “ayudar a nuestros hijos a que descubran sus propias riquezas, viendo primero las nuestras”.

¡También en formato taller!

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