QUIERO MÁS INFORMACIÓN

¿Por qué es importante ser observadores de nosotros mismos?

Y se escucha a la salida del cine: “¡Qué buena película!”; aunque también se hace oír el que comenta: “Malísima no; lo siguiente”. Todo eso sin descuidar el murmullo que esgrime un tímido: “Podría haber sido mejor”.

Sucede que lo bueno, lo malo y los más o menos son interpretaciones y, por ende, son subjetivas y dependen de quién las emite. En otras palabras, dependen del observador que cada uno es. De esta forma, la película no es buena ni mala, simplemente es. Y lo mismo cada evento de la realidad. Claro que esto lo define mejor Rafael Echeverría, autor de Ontología del Lenguaje: “No sabemos cómo las cosas son. Sólo sabemos cómo las observamos o cómo las interpretamos. Vivimos en mundos interpretativos”.

Ahora bien, ¿qué significa ser observador? ¿De qué nos sirve ser observadores de nosotros mismos? Ser observador implica desafiar nuestras creencias, implica cuestionar los propios modelos mentales que construimos -incansablemente- a lo largo de la vida, y que hoy nos han convertido en los observadores que somos de la realidad. Nuestros pensamientos influyen en nuestra percepción del mundo y en nuestra calidad de vida.

¿Vemos al mundo según somos, y somos según vemos al mundo? ¿Lo que creemos determina lo que vemos y lo que nos pasa? 

Veamos. Al observar y escuchar, no sólo vemos y oímos lo que sucede a nuestro alrededor, sino que además lo interpretamos. De este modo, vemos y oímos como hechos biológicos, e interpretamos porque juzgamos desde nuestro conjunto de creencias todo aquello. Esto nos hace únicos y particularmente complejos.

Es cierto que tenemos ciertos límites biológicos con respecto al desarrollo de nuestros sentidos, aunque no tenemos límites en cuanto al desarrollo de nuestra percepción y, al final, todo tiene que ver con ella. Si aumentamos nuestro campo de percepciones, ampliamos nuestro campo de acciones. Y son las creencias las que pueden limitar la posibilidad de interpretar lo que estamos percibiendo. De hecho, es curioso, pero nuestras creencias suelen ser tan fuertes que, muchas veces, todo aquello que las contradice, es sencillamente descartado. Esto no nos permite desafiarnos como observadores, y nos conduce a los mismos resultados una y otra vez.

El observador que cada uno está siendo es el que define nuestras conversaciones (internas y externas), nuestra emocionalidad y nuestra corporalidad. Estos son los tres dominios en los que nos desenvolvemos los seres humanos, y los responsables de nuestros resultados y de nuestra calidad de vida. Las creencias funcionan como filtros que harán que accionemos o reaccionemos de una manera o de otra, y determinarán nuestra forma de estar siendo. Es sabido que la emoción nos predispone para la acción, pero existe un proceso previo que es la interpretación de lo que nos pasa y esto está ligado a nuestras creencias y el apego que sentimos por ellas.

Veamos un ejemplo para ver más claro cómo se relacionan estos tres dominios. Por ejemplo, estamos emprendiendo un negocio porque nos hemos quedado sin trabajo. En el fondo, nuestra creencia sobre los emprendimientos propios es que “no son para nosotros”; por el contrario, estamos convencidos que son para personas “más aventureras”. Aún así, seguimos adelante con el entusiasmo justo para que todo sea exitoso.

No obstante, y como en casi todo proyecto personal, comienzan a aparecer una serie de adversidades/contratiempos que requieren una serie de decisiones firmes e inmediatas. Lo concreto es que ante la presión y ante las vicisitudes, nuestras creencias jugarán un papel fundamental y, como habíamos dicho anteriormente, seguramente terminaremos confirmando aquello de que “no es para nosotros” o aquello de que “es sólo para aventureros”.

Somos lo que hacemos y también los resultados que obtenemos con nuestras acciones.

No obstante, nuestra capacidad de acción, como hemos venido diciendo, depende del tipo de observador que somos. Quiero decir, si vamos a mirar y a analizar nuestras acciones desde el mismo observador –sin cuestionarnos y sin preguntarnos nada-, tendremos la misma mirada sobre las cosas (nada nuevo). Justamente por ello, necesitamos cambiar el tipo de observador que somos, para encontrar alternativas de acción diferentes y para identificar formas distintas de resolver lo que hasta ahora no fuimos capaces de resolver.

Es en ese momento de crisis y de no encontrar respuestas que decidimos emprender un proceso de coaching. Por supuesto, éste también es un desafío para todos los coaches. Frente a ellos aparecen personas que necesitan que un profesional les ayude a “poner luz” sobre lo que les está sucediendo y les ayude a conectar con todo su potencial de recursos personales. Por todo ello, todos estos conocimientos, desarrollados aquí de forma breve, son parte fundamental en el Programa de Certificación en Coaching diseñado por los profesionales de Lider-haz-GO!, que contemplan un aprendizaje experiencial -en primera persona y en primer lugar- de cada contenido abordado a lo largo de la formación.

El lenguaje no es inocente, y aunque lo hemos abordado superficialmente, es un tema en sí mismo. El lenguaje puede empoderarnos o todo lo contrario y lo veremos en un próximo artículo…

QUIERO MÁS INFORMACIÓN