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Nuestros hijos también
nos ayudan a crecer como padres.

Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo.
Enseñarás a soñar, pero no vivirán tu sueño.
Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida.
Sin embargo, en cada vuelo, en cada sueño y en cada vida.
Quedará para siempre la huella del camino enseñado.
Madre Teresa de Calcuta.

Muchas veces estamos dispuestos a hacerlo todo por nuestros hijos, menos dejarles ser ellos mismos.

Incluso desde el mágico momento del nacimiento, definimos sus parecidos y trazamos grandes planes para ellos. Sin embargo, no tenemos idea lo que él/ella han venido a experimentar en este mundo, y justamente por eso, la paternidad se trata de un gran reto de desapego. Quiero decir, aunque nos empeñemos en verlos como nuestros pequeños clones, cada uno de ellos es un ser único; tan único como cada uno de nosotros.

Y esa cuestión de unicidad es lo que hace que no existan fórmulas universales que señalen los pasos ciertos para criar a nuestros hijos. Sin embargo, como adultos, cuestionarnos nuestras creencias acerca de cómo lo estamos haciendo, es un estupendo comienzo para descubrir nuevas formas de llevarlo adelante aún mejor. A propósito de esto, repasemos algunas cuestiones de crianza, que lejos de intentar ponernos en un lugar incómodo, tienen la intención de mostrarnos alternativas más maduras para gestionar juntos -padres e hijos- situaciones cotidianas.

¿Los protegemos de sus miedos o los sobreprotegemos de los nuestros?

Roser Vinyet, nuestra especialista en coaching para padres, ha compartido con nosotros una experiencia propia en relación a la protección y la sobreprotección de nuestros hijos. En este sentido nos cuenta la historia que ella vivió con su hija cuando su abuela se enfrentaba a los últimos días de vida. Roser visitaba a su abuela; ya inconsciente, en los horarios estrictamente pautados, y nunca la encontraba despierta. Uno de esos días, al llegar a su casa, su pequeña de cinco años manifestó el deseo de ver a su “yaya”.

En un primer momento, sintió pánico y claramente la pulsión a querer sobreproteger a su hija de la imagen poco agradable de su abuela moribunda. Ella pensaba, “¿qué imagen recordaría su hija de su abuela? ¿Cómo le podría afectar verla en ese estado? ¿Qué le explicaría cuando le preguntara sobre la muerte?”. Sin embargo, minutos después, tomó conciencia de cómo estaba actuando desde creencias aprendidas, y entonces se despojó de sus prejuicios y sólo valoró el deseo y el pedido de su hija. Si su pequeña así lo sentía, ella se abriría a la experiencia y estaría a su lado. Así, al cabo de una hora, la llevó a ver a su abuela.

La niña al ver a su abuela no vio lo que veían los adultos. Sólo la acariciaba y le repetía lo mucho que la quería. Tal vez por la presencia de tanto amor despojado y la mirada del alma de su nieta, la abuela abrió los ojos unos momentos. Sin saber con certeza que esa era una despedida, pudieron mirarse e intercambiaron interminables minutos mágicos de amor infinito. Un momento maravilloso, único e inolvidable. Y, sobre todo, una enorme lección para la madre y los adultos allí presentes.

Roser nos compartió esta experiencia porque simboliza mucho de lo que hacemos, cuando sacamos conclusiones apresuradas desde nuestro cerebro adulto. Por ello, la primera reacción de la mamá (y natural) fue proteger a su hija del impacto de la muerte y/o de la enfermedad. No obstante, contrariamente a lo que creemos, ellos naturalizan. No tienen mochilas, no tienen cargas, no tienen prejuicios. Simplemente sienten y fluyen en ese sentir.

La anécdota es enorme y nos permite poner el acento en nuestra actitud como padres. Evidentemente, si intentamos proteger a los niños de lo que “creemos y prejuzgamos” que sucederá ante determinada situación, los estaremos privando de su libertad y fomentaremos un futuro adulto en el que necesitarán de esa protección. Por ello, deberíamos prepararnos para dejarles vivir la experiencia, entendiendo que eso, más que una amenaza a nuestra paternidad, supone un reto al que debemos enfrentarnos. Deberíamos prepararnos para acompañarlos y para darles las respuestas que necesiten y con el lenguaje que a cada edad puedan comprender; recordando que sus inquietudes no son las nuestras.

¿Fomentamos sus fortalezas o los ahogamos en sus debilidades?

Como padres, ¿cuántas veces nos hemos preocupado por una baja nota en una asignatura, sin prestar atención al resto de buenas, muy buenas y excelentes calificaciones? ¿A que nos suena familiar? ¿A que incluso le hemos intimado a modo castigo quedarse sin vacaciones si no estudia para corregirlo y nos hemos gastado un dineral en un profe particular?

Lo bueno de escribir este artículo es que, además de que estos comportamientos nos permiten identificarnos en la paternidad casi masivamente, nuestras reacciones responden a un amor enorme e irreprochable. De hecho, la idea es dejar claro que podemos hacerlo mejor, incluso mucho mejor. Esto, retomando el ejemplo, de ninguna manera significa ignorar que hay una asignatura que a nuestro hijo le cuesta más; de hecho, ¿a quién se le da igual de bien todo? Pues a los niños igual.

Deberíamos atender lo que no va bien, pero también poner el acento en aquellas asignaturas en las que le va notablemente mejor y destacar esa fortaleza. Dejar de enfocarles sólo en lo que les falta para ser válidos. Eso les proyecta a un futuro lleno de búsqueda de perfeccionismo, frustración, sentimiento de insuficiencia e ingratitud para con el momento presente.

¿Ayudamos a que encuentren su pasión o les presionamos para que se apasionen con las nuestras?

Igual solemos hacerlo con las actividades extraescolares. Por ejemplo, los apuntamos a piano porque -en el fondo- es lo que le apasiona a la madre; a pádel, porque la fantasía de su padre es que dentro de unos años pueda jugar con él. Claro que es probable que los niños realmente conecten con alguna de esas actividades; no obstante, deberíamos estar preparados para que se aburran y quieran probar otra cosa. Necesitamos entender que los pequeños tienen que disfrutar y tienen que divertirse con lo que hacen. Aunque tengan talento para algo, si no se divierten lo van a vivir desde la obligación y no desde la motivación intrínseca.

Otro buen ejemplo de esto sería que nuestro hijo nos diga que no quiere ir de campamentos este verano; ¿realmente creemos que lo hace a propósito, para molestarnos o para desestabilizarnos emocionalmente? ¿No sería mejor preguntarle por qué no quiere ir? Tal vez, si nos tomáramos el tiempo para dejarlo que explique cómo se siente, en sus mismas inquietudes seamos capaces de buscar y encontrar (conjuntamente con ellos) soluciones creativas y alternativas. Para conocerles realmente, necesitamos observarles, preguntarles y escucharles.

Por todo lo que hemos venido diciendo, entre muchas más cuestiones, Roser nos invita a aprender a ser mejores padres de lo que somos. Efectivamente, está en nuestras manos y a nuestra disposición el conocimiento para atesorar positivamente nuestra experiencia como padres, procurando una mejor comunicación con nuestros hijos. La consigna de nuestra especialista, y tal vez, uno de los lemas más importantes de su trabajo es invitarnos a “aceptar y validar el sentir de nuestros hijos.

¡También en formato taller!

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