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¿Tus relaciones te nutren
o te intoxican?

¿Qué tienen que ver las relaciones con la salud? ¿Acaso hay relaciones que sanan y otras que enferman? ¿Cómo reconocer las relaciones que nos hacen daño? ¿Es posible y está en nuestras manos “sanar” relaciones tóxicas o enfermas?

Todos nosotros hemos nacido frágiles e indefensos y hemos sobrevivido gracias a las relaciones con quienes nos han cuidado, nos han protegido, nos han alimentado y nos han ayudado a crecer en un entorno de seguridad. Sin relaciones, nos moriríamos. Ahora bien, mientras en algunas de ellas aprendemos, progresamos, disfrutamos y somos felices, en otras nos falta el aire, sentimos que nos enferman, nos angustian y nos dejan sin energía. ¿Podemos evitarlas? Por supuesto, y ese es el eje de este artículo.

Tal vez, un buen primer paso es diferenciar las relaciones que nos hacen bien, de aquellas que nos hacen mal. En cierta forma, aunque esto a simple vista no parece tan complicado, podría serlo dentro de determinados contextos. Todos conocemos a alguien “acostumbrado/a” a vivir relaciones en conflicto permanente, como si tuviera un imán para ello. No obstante, nuestro tiempo y nuestra vida es finita; no estamos aquí para sufrir, sino para ser felices. Por ello, deberíamos liberarnos de todas aquellas relaciones que sacan lo peor de nosotros y, simplemente, deberíamos cuidar y mantener todas aquellas relaciones sanas; aquellas que nos hacen bien.

¿Cuántas veces hemos sentido que estamos junto a una persona con la que no sintonizamos y que, hagamos lo que hagamos, siempre hay algo que no funciona?

Buscamos soluciones una y otra vez, pero siempre terminamos sintiendo que es en vano; que no se puede revertir y que esa “forma de relación” es la única que puede existir con esa persona. Desde esa pareja que nos controla y nos aísla de otras relaciones; hasta esa amiga que cuando estamos contentas por algo nos hace un comentario del tipo “te ves radiante, pero deberías bajar algunos kilos”. Eric Berne definiría esto último como reconocimiento negativo.

Ahora bien, con la autoestima y la seguridad por los suelos, que es como nos dejan este tipo de relaciones, proyectarse positivamente en lo personal y/o en lo profesional, se vuelve cuesta arriba. Cuando nos dejamos llevar por estas relaciones, nos empezamos a creer los comentarios y las críticas, comenzamos a cuestionarnos nuestras capacidades, nuestros talentos, nuestra inteligencia, nuestras fortalezas y hasta nuestra estética.

Si nos quedamos con el diagnóstico sobre nosotros que emiten esas miradas ajenas (y tóxicas), lo más probable es que terminemos enfermándonos emocional, mental y físicamente. Tenemos que aprender a mirarnos hacia adentro; a escuchar esa voz interior para distinguir entre una relación enferma y una saludable. Si en una relación sentimos que no nos respetan, que nos desvalorizan y que nos invaden las emociones negativas, entonces nos entorpecen la vida, las decisiones y los proyectos. Necesitamos liberarnos, dar un paso al costado, decir “no” y priorizarnos por encima de todo.

Sobre todo, necesitamos entender que en esta vida las relaciones son de igual a igual, simples, sin presiones ni de un lado ni del otro; que una relación nos tiene que nutrir y ayudar a crecer. Que se trata de dar y recibir por igual.

¿Por qué se repiten en nuestra vida? ¿Por qué nos cuesta tanto abandonarlas sin más?

Una respuesta generalizada a esas preguntas sería, además de irresponsable, absurda. Existen tantos motivos como personas y sistemas. Como cada persona es única y cada sistema y el modo de interacción de los miembros también lo es, cada situación es analizable desde la perspectiva única y personal y/o desde la perspectiva de todos los miembros del sistema (familia, grupo de amigos, equipo de trabajo, etc.).

A propósito de ello, las constelaciones familiares o las constelaciones organizacionales son una excelente opción. En ellas se descubre de qué manera se relacionan los miembros de cada sistema, para identificar los conflictos y los “nudos” que pueden estar dificultando el avance de la/s persona/s, y/o que pueden estar impidiendo que consigan lo que desean.

Por ejemplo, en una equipo de trabajo o en un grupo de amigos, algunas de las dificultades tienen que ver con la posición que toman algunas personas, fuera del lugar que les tocaría, o con conflictos que pasaron hace años. Si en una constelación se encuentra algún conflicto del pasado, la propia constelación sirve para empezar a deshacerlo; la constelación es un inicio de solución. 

Las constelaciones son parte del proceso de self coaching diseñado por Marta Albaladejo Mur. Como proceso profundo de transformación y desarrollo personal, nos invita a tomar conciencia de la calidad de las relaciones que tenemos en nuestra vida: ¿cómo son? ¿Qué nos provocan? ¿Nos aportan sufrimiento o, por el contrario, alimentan nuestra energía positiva? ¿Cómo podemos elegirlas y cómo podemos evitarlas?

Este trabajo pretende que cada individuo ocupe el lugar que le corresponde en las relaciones y en los sistemas de las que es parte, para que pueda auto-liderarse mejor y para que pueda desarrollar su proyecto de vida personal y profesional sin obstáculos, de una manera más sostenible, conectado a su verdadera esencia y valía personal. Y, sobre todo, soltando lo que le hace mal y cuidando lo que le hace bien.

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