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Cuando tu karma
quiere enseñarte algo.

Creemos que nuestras penalidades son producto del destino o del karma, hilos ocultos que no podemos controlar y exceden nuestra capacidad de superación o anticipación. Damos por hecho que es algo que nos arrastra inexorablemente, independientemente de lo que hagamos o digamos, porque a nuestro alrededor observamos la misma queja y el mismo patrón de victimismo y resignación.

Es común oír decir que “mal de muchos, consuelo de tontos” y vivimos con la esperanza de que la mala racha sobrevuele otras almas y se aparte de nosotros, como un pájaro de mal agüero.

Sin embargo, estamos obviando lo fundamental:

El karma no es una maldición sin sentido que nos lleva por un calvario interminable, sino una rueda de experiencias que nos muestra por dónde estamos pisando y qué estamos desatendiendo de todo aquello que vinimos a aprender cuando encarnamos.

No requiere una mirada al exterior, buscando culpables o distracción, sino un trabajo interior de búsqueda personal, que se corresponda con lo que sentimos de manera genuina. Recuerda que quien mejor te conoce eres tú mismo. No hay nadie más experto que tú para saber lo que le sucede a tu corazón y a tu mente (si viven en consonancia o en discordia). Nadie más puede alcanzar a ver dónde te traicionaste a ti mismo, en qué relación dejaste de ser tú o cuándo perdiste el fuego de la ilusión y del coraje por vivir tu propia vida.

A veces, he mirado con detenimiento entre las fotos antiguas, en el rostro de personas muy queridas, cuándo pudo haber ocurrido ese punto de inflexión que hizo que sus caras se revistieran de una mueca artificial, una sonrisa forzada, una mirada vacía o una tensión excesiva. Me he preguntado por aquel resorte que se rompió, desdibujando sus rasgos limpios y tiernos, distendidos y francos, como en otro tiempo fueron.

En otras ocasiones, por el contrario, he observado en rostros desconocidos de personas ancianas, que han comprendido sus lecciones de vida, cómo conservan en su mirada y sus rasgos una bondad insondable, de enorme paz interior, latente en sus arrugas y ojos impenetrables.

Ante ese abanico de miradas tan diferentes, me he preguntado si tuvieron a lo largo de sus vidas la misma (mala) suerte, si padecieron grandes contratiempos o desgracias y dónde estuvo la diferencia.

La diferencia, según mi observación y experiencia, radica en la actitud o perspectiva desde la que cada uno ha afrontado su destino, sus lecciones kármicas de vida, aquello que está pendiente de ser reconocido o perdonado. Mi mala o buena suerte son expresiones de lo que yo interpreto y creo, porque lo que creo crea mi mundo.

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Lo que acepto y atravieso con humildad y sin excusas, como algo propio que me corresponde a mí mirar de frente y asumir como mi siguiente paso de vida, me hace crecer y ser libre.

Por todo ello, te invito a observar tú también, como una experiencia diaria, la liberación que se siente al hacer lo que te corresponde de acuerdo con tu misión álmica y tareas pendientes, aún cuando te provoque zozobra y te mueva un poco de la zona de confort. Te aseguro que dejarás de ver los acontecimientos de tu vida como un espectador pasivo y sin poder de decisión, porque tu mente y tu corazón se verán reflejados uno en el otro, sintonizando con la vida que eres tú.

Vivimos en tiempos de grandes cambios, nadie lo niega, y no sólo en el mundo que percibimos con los 5 sentidos. También somos almas que hemos querido encarnar en esta época para experimentar las nuevas vibraciones que se están intensificando. No estamos aquí por casualidad, sino como parte de este cambio que hemos querido vivir. Podemos mirar hacia otro lado y seguir en nuestra cómoda ceguera o, como almas conectadas con su propósito de vida, seguir las señales que nos indican los pasos a dar.

Te invito a hacer un ejercicio de autenticidad: fíjate en tu rostro al acostarte y levantarte, sin maquillaje ni testigos, e intenta reconocerte en él, desde la infancia hasta la edad que tengas, y observa sin censurar ni bloquear nada de lo que te llegue.

Te dará respuesta a cuestiones que andabas buscando fuera y puede que también se te presenten nuevas preguntas. Sea lo que sea lo que recibas, viene de ti y es para ti, un regalo de tu alma. Es una vía para reconocer tus lecciones kármicas aprendidas y otras que faltan por aceptar.

Sé honesto con lo que ves y no dejes que ninguna herida sea para ti un abismo, sino un puente a la libertad. Namasté.

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