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Ego y meditación.

Psicoterapia y Coaching Primordial.

Daniel Taroppio, creador del modelo de interacciones primordiales, señala: “Cuando la psicología tradicional no asume el plano del espíritu, la psicoterapia se convierte en un laberinto en el que nunca trascendemos el nivel del ego, y por lo tanto, se vuelve infructuosa e interminable”.

Como mencionábamos en un artículo anterior, el Coaching y la Psicoterapia Primordial constituyen la aplicación práctica de un sistema de abordaje de las relaciones humanas llamado Modelo de Interacciones Primordiales. Ambas incluyen metodologías de trabajo cuya aplicación integrada despliega el poder del trabajo corporal-emocional-energético, la comunicación y la meditación en los procesos de transformación personal e interpersonal.

Ahora bien, en este artículo hablaremos de la psicoterapia primordial, del ego y de las prácticas meditativas que vienen a dar contexto a las palabras de Daniel que citábamos al comienzo. Veamos.

El principio básico es entender que cada uno de nosotros somos creadores de nuestro propio mundo personal y relacional. En tal sentido, la psicología moderna nos ha permitido comprender que muchísimas de nuestras satisfacciones y sufrimientos no son el resultado de una realidad objetiva, sino de un mundo subjetivamente construido por nosotros mismos.

En función a todo ello, tanto el Coaching como la Psicoterapia Primordial, han venido a expandir nuestra tradicional concepción de estas disciplinas basándose en una nueva mirada de la naturaleza humana, de sus potencialidades inexploradas y de las metodologías de las que podemos disponer en todo proceso de transformación personal.

Y en esa mirada, existen dos principios fundamentales. El primero es que todos los seres humanos pertenecemos a una especie en permanente evolución. El segundo, y en el que hacemos especial hincapié por ser un eje en este abordaje, es que el ser humano está orientado a la trascendencia, referida ésta en términos humanistas y/o espirituales y entendiendo por espiritualidad la necesidad de realización, de ir más allá de sí, de la pequeñez del ego, y consumar su existencia en la entrega, el servicio, la búsqueda de sentido y los valores superiores.

Y cómo no, tenía que aparecer el ego, que aunque es producto de millones de años de evolución y lo necesitamos para sobrevivir, cuando se manifiesta de forma disfuncional o desestructurada: como egotismo –excesiva importancia concedida a sí mismos y a las propias experiencias vitales-, o neurosis -estrategia que desarrolla la persona para eludir lo inaceptable: decepción, frustración, ira y el sentimiento de angustia existencial o ansiedad-, puede dificultar los procesos de expansión de la consciencia.

Lo que ocurre es que mientras los caminos espirituales nos muestran lo maravillosa que podría ser la vida más allá de un ego enfermo, nuestras estructuras neuróticas nos mantienen aferrados a una existencia dolorosa e insatisfactoria.

Tal vez, lo que pocos dicen es que el ego no puede ser trascendido con la sola intención o haciendo de cuenta que no existe. Por el contrario, para sanarlo, trascenderlo e integrarlo a nuestro Ser, necesitamos contemplarlo compasivamente, abrazarlo y comprenderlo en sus posibilidades y limitaciones. Ahora bien, si no somos capaces de concentrarnos en cualquier actividad -más o menos pequeña- que hacemos cada día, porque nuestra mente suele divagar entre el pasado y el futuro sin descanso, ¿cómo vamos a “darnos cuenta” del ego, de su intensidad, de su impacto y de su forma?

Aquí es donde entra en juego la meditación y la importancia de su inclusión e integración en cualquier proceso de desarrollo personal, en este caso, de la psicoterapia y el coaching. El arte de la meditación permite que las personas desarrollemos el arte de estar presentes aquí y ahora en lo que estamos haciendo, es decir, en la vida diaria; en que si vamos conduciendo, caminando o estemos simplemente sentados en un parque, estemos allí mismo y no pensando en lo que tenemos que hacer después o en lo que hicimos antes.

“Se trata de disfrutar de la magia del instante”; así lo define Daniel.

¿Qué ocurre con el ego durante la meditación?

Simplemente la vive como una muerte, una desaparición, un abismo infinito. El ego ha sido entrenado durante decenas de milenios para vigilar y sobrevivir, y de pronto le decimos que se relaje, que se entregue y que se rinda. Curiosamente, en muchas tradiciones, el ego es definido y tratado como un enemigo de la meditación y del camino espiritual. Sin embargo, el ego humano es sólo una manifestación sofisticada del impulso básico y fundamental de supervivencia. Por todo ello, aceptarlo y reconocerlo, es lo único que podría permitirnos conseguir la paz de la meditación.

Y al final, meditar es un estado de consciencia en el que somos simples testigos de nuestras sensaciones corporales, de nuestros pensamientos y emociones, pero sin identificarnos con ninguno de ellos y sin perseguir ningún objetivo o deseo. Meditar consiste en ingresar a un espacio en el que comprendemos que nuestra vida, en lo más profundo, depende de factores que no podemos controlar. Cuando meditamos, fluimos con plena consciencia sin interferir, sin discriminar, sin juzgar, sin buscar, sin forzar, sin querer cambiar nada, sin estar pendientes del pasado o del futuro y, sobre todo, la posibilidad de acercarnos a nuestro Ser auténtico y universal.

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