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¿Cuál es tu beneficio
por mantenerte en “pausa?

Todos conocemos personas que parecieran estar en “pausa”; personas que, aún teniendo recursos de sobra para salir de una situación incómoda, no lo hacen. Y allí están, anclados en la queja, buscando cómplices que compartan su victimismo o terceros culpables que alivien su responsabilidad.

Pareciera que echar culpas fuera o esperar a que la situación cambie, se articularan como excusas perfectas para mantenerse en esa efímera, pero conocida zona de comodidad.

El modus operandi de la inacción.

Muchos desbordan de ideas, pero carecen de confianza para ponerlas en marcha; otros son inflexibles consigo mismos y no se perdonan las equivocaciones; algunos desisten mucho más fácilmente de lo que persisten, y otros, simplemente, no están dispuestos a tomar decisiones porque saben que elegir siempre significa “dejar de lado”. Cualquier justificación los mantiene quietos o los vuelve al lugar de partida intactos de riesgos.

Por más pequeño que sea el pasito, alejarse de su sitio de confort los lleva a evaluar el coste-beneficio que les supone avanzar. Concluyen casi siempre en que, lo que podrían perder siempre es mucho más significativo que lo que podrían ganar. Así que mejor se quedan con lo que hay, no arriesgan, no ganan, pero tampoco pierden. ¿Es negocio?

¿Qué es lo que tanto temen perder? ¿Por qué es tan difícil para unos dar un primer paso? ¿Qué los mantiene atados a situaciones de las que, en el fondo, desearían soltarse?

¿Y si nos quitamos el camuflaje?

Hablábamos recién de un coste-beneficio, pero sin entrar en detalle. Veamos un ejemplo: José mantiene un trabajo en el que le maltratan psicológicamente y de forma incansable. ¿Cuál es el “beneficio” para él? Pues, a pesar de todo, cobra su nómina cada mes y sin retrasos. ¿El coste? Está claro. Padecer, soportar, contar hasta 1000 y esperar a que el calendario haga lo suyo.

La pregunta es ¿por qué José no cambia? Probablemente, porque no cree en sus propias capacidades y sucumbe al mandato de “trabajo = seguridad económica”. Esa percepción de la pérdida del beneficio lo mantiene en pausa y lo aleja del mundo de posibilidades que con el que cuenta interna y externamente.

Como podemos imaginarnos, con ese y otros tantos pensamientos limitantes, es muy complicado moverse y mucho más avanzar.

Reconocernos para construir los resultados que deseamos..¿cómo?

Una estupenda herramienta para este proceso es el análisis transaccional porque nos permite reconocer nuestros tres estados del yo: Padre, Adulto y Niño. Estos estados de la mente son conductas asociadas a pensamientos y estados de ánimo, que reproducen datos registrados en el pasado. Se refieren a personas, tiempos, lugares, decisiones y sentimientos reales. Los cambios de un estado a otro se manifiestan en la actitud, el aspecto, las palabras y los gestos.

Y como todo tiene que ver con todo, repasemos esos estados y veamos la manera en la que cada evento que transcurre en nuestra vida -incluso en la inacción de la que venimos hablando-, está influenciada por cada uno de nuestros tres estados del yo.

  • Estado Padre: está constituido por una gran colección de grabaciones en el cerebro de acontecimientos indiscutidos o impuestos los primeros años de vida, hasta la adolescencia. Estas reglas se graban como auténticas verdades y está lista para ser reproducida e influenciar las decisiones durante toda la vida.

Pero, ¿qué ocurre cuando esas grabaciones son ineficaces en el presente o contradictorias? ¿Qué pasa con José, por ejemplo, que cree que padecer una situación vale, cuando la “recompensa” es la seguridad económica?

  • Estado Niño: aquí guardamos el conjunto de datos vistos, oídos, sentidos y comprendidos en los primeros cinco años de vida. La mayoría de las reacciones del Niño son sentimientos muy primarios. Es un estado que puede aparecer en cualquier situación. Si nos sentimos acorralados podemos experimentar sentimientos antiguos de frustración, de abandono o de rechazo vividos durante la infancia. Este estado también se muestra en actitudes positivas como la creatividad, la curiosidad, la necesidad de experimentar, etc.

Pero, ¿qué pasa si no sanamos al niño? ¿Qué ocurre con ese alguien que se frustra rápidamente ante el primer error o que se niega a elegir porque una vez lo hizo y perdió a alguien o algo?

  • Estado Adulto: es el estado mental que aprende. Se muestra cuando nos comportamos, pensamos y sentimos de manera adecuada a lo que está sucediendo en el presente, usando todos nuestros recursos disponibles. A través del Adulto, la persona puede empezar a distinguir entre la vida tal y como le fue mostrada y enseñada (Padre), la vida tal y como la sentía, imaginaba o deseaba (el Niño), y la vida tal como la ve por sí mismo (el Adulto).
Todas las personas adultas, con cierto entrenamiento, podemos reconocer en nosotros los tres estados del yo.

Saber identificar cuándo estamos comportándonos con cada una de estas partes es un gran paso para reencontrarnos con nuestra esencia, para soltar mochilas, superar el pasado, salir de donde no queremos estar y comenzar a caminar hacia donde queremos ir. 

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